Hoteles, museos, chicas modernas y recuerdos de cuando la ciudad era una fiesta: un recorrido por el nervio que atraviesa el sector más distinguido de la capital francesa.
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En ciertos lugares, como la rue Saint Honore, París podría existir en blanco y negro, con la belleza congelada de las fotos viejas. En esos lugares se ve otra ciudad, llena de detalles: arcos, columnas, capiteles. La ciudad de los hôtels particuliers. La de los patios íntimos, los balcones, las balaustradas y los faroles de hierro. En ciertas esquinas, como la de Saint Honoré y la rue Castiglione, con la austeridad de la Place Vendôme enfrente, París parece antigua. Por unos instantes, claro. Sólo hasta que pasa esa chica parecida a Natalie Portman en una Vespa reciclada, con look de revista Vogue y un iPod nano fucsia.
París es chic, trendy, hip, cool y otros raros adjetivos nuevos, según pasan los años y las modas. Pero las tendencias no despintan los siglos de elegancia. La rue Saint Honoré atraviesa los tiempos y también dos barrios, los arrondisements octavo y primero, y va cambiando el nombre y el paisaje en su recorrido. Entre las iglesias St. Philippe du Roule y la Madeleine, donde St. Honoré es Faubourg y es más cara que nunca, están los locales de Hermès, Gucci, YSL, Versace, Sonia Rykiel y, un poco más allá, Colette, la tienda de lifestyle que marca tendencia en el mundo. En sus tres pisos tiene la ropa y los gadgets, libros y discos que hay que tener. Si hoy está en la vidriera de Colette, mañana estará de moda.
En este tramo de Saint Honoré se ve la sede de la presidencia de la República, el Palacio del Elíseo, donde hace unos meses se casaron Nicolas Sarkozy y Carla Bruni. Los hoteles más lujosos y aristocráticos de la ciudad también son vecinos del barrio: el Crillon en la Place de la Concorde, Le Bristol, en el número 112 del Faubourg Saint Honoré, y el Ritz, en la que para muchos es la plaza más linda –para otros, la más obvia– de París, la Place Vendôme. Al Ritz venía Proust a observar el comportamiento de la nobleza. Tan seguido que uno de los primeros ejemplares de En busca del tiempo perdido fue dedicado al maître d’hôtel de aquellos años, Olivier Dabescat. A Chanel, el Ritz le gustó a tal punto que trasladó allí su residencia. Y Hemingway, que solía pescar con don Charles Ritz, llegó un día muy afligido al bar del hotel. Acodado en la barra, le contó al barman que su cuarta mujer, Mary Welsh, lo retaba porque siempre llegaba con olor a alcohol. Entonces, el barman le preparó un trago especial y al día siguiente apareció el escritor con una sonrisa: "¡Bravo! Bloody (la maldita) Mary no sintió nada", festejó.
Los orígenes de la rue Saint Honoré se remontan a 1715, cuando, después de la muerte de Luis XIV, la corte dejó Versalles y se instaló nuevamente en París. Al tiempo, marcas que pronto serían de lujo, como Lanvin, ya estaban en esta calle. En 1889, Jeanne Lanvin comenzó como costurera en el número 22 del Faubourg St. Honoré. Tenía apenas 22 años. Hoy, su marca es un referente de la moda francesa.
Un circuito por este corazón de la ciudad evoca la figura del flâneur, ese personaje urbano que disfruta de caminar, observar y descubrir la ciudad descrito por Charles Baudelaire en los tiempos de oro de la rue Saint Honoré.
Cuando Cocteau, Debussy, Modigliani y Picasso caminaban por acá seguramente no había ni tantas librerías ni los cientos de títulos disponibles hoy en día. Aunque el cuadragésimo aniversario del Mayo Francés ya pasó, todavía está en las vidrieras el libro que escribió el líder del movimiento estudiantil, Daniel Cohn-Bendit, Forget 68. En aquellos tiempos, París todavía se veía en blanco y negro.
Un poco más allá, en la rue Beaujolais y frente a los jardines del Palacio Real, el Grand Véfour es un símbolo de París y también un restaurante creado en 1784. Allí comieron, en diferentes épocas, Napoleón, Victor Hugo, Jean-Paul Sartre, la novelista Colette y otros grandes de la política, la literatura y las artes de Francia. Hoy, el paisaje arquitectónico del siglo XVIII y la cocina de Guy Martin conviven armoniosamente (80 euros el almuerzo y 200 la cena). Sin embargo, ni el peso de la historia ni los famosos ravioles de foi gras con emulsión de trufas que prepara el chef han sido suficientes para la tradicional y exigente Guía Michelin. El Véfour, que tenía 3 estrellas, este año perdió una. Y posiblemente Guy Martin ya haya comenzado su lucha personal para recuperarla.
En el mundo de los mejores chefs, estas estrellas son una gloria y un tormento, un sueño y una pesadilla. Muchos piensan que Martín lo conseguirá porque sabe cómo hacerlo. Esta no es la primera vez que el Grand Véfour pierde una estrella. Cuando Guy Martin tomó a su cargo la cocina del restaurante, en 1991, hacía tiempo que tenía dos. Y en 2000, Martin conquistó la tercera estrella Michelin. Como si una tempestad hubiera arrasado con todo lo construido, tiene que volver a empezar.
En este paseo también hay galerías de arte, en las que la mayoría de los veintinueve millones de turistas que recibe París cada año no entra. Son galerías lujosas como palacios, que en la vidriera exponen cuadros que podrían estar en el Louvre (que, a propósito, también queda por aquí, donde Saint Honoré se pega a otra vecina distinguida, la Rue de Rivoli).
En una ciudad con 141 museos, 37 puentes, 200 iglesias y 6.500 años de historia posiblemente el tiempo no alcance. Uno podrá ir o no al restaurante de Alain Ducasse en la Torre Eiffel, a un concierto de música clásica o a Euro Disney, pero seguramente, si va a París, caminará por la rue Saint Honoré.
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