París era una fiesta, pero la alegría duró poco
PARÍS.-Me hubiera gustado escribir sobre esos miles de franceses y extranjeros que el jueves por la noche se congregaron en los rincones de esta ciudad con vista a la torre Eiffel. Esos que organizaron picnics, se aseguraron buenos lugares y miraron durante más de media hora cómo este símbolo parisiense y nacional, rodeado por los fuegos artificiales, se convertía primero en champiñón, luego en fuente y se rodeaba de azul, blanco y rojo, los colores de la bandera francesa.
Hubiera evocado a esa pareja de franceses del sur de Francia que por primera vez veía el espectáculo en vivo y confirmaba que la experiencia es mucho más emocionante que a través de la televisión. A ese grupo de amigos que se preguntaba cuánto habrá costado el show para luego aseverar que la belleza legitimaba cualquier presupuesto. A esas estadounidenses que estaban en París sólo por unos días, que de yapa asistían a este programa y que no querían que se termine. Al padre que sostuvo casi todo el tiempo, y no sin esfuerzo, a su hijo de 7 años en brazos para que él también pudiera disfrutar de esas luces que transformaban el paisaje de la ciudad. O a las familias que se juntaron en balcones privilegiados y lo vieron en privado.
Hubiera contado que todos los jóvenes parisienses piensan en un eventual atentado, que muchos confiesan dudar hoy en día cuando les toca asistir a un evento masivamente concurrido, y que algunos optan por declinar invitaciones, aunque todos reivindican la importancia de seguir viviendo sin pánico y de no modificar sus costumbres, "porque si no los otros habrán ganado". Hubiera agregado que en la vuelta a sus casas en bicicleta, caminando o en subte, se los veía entusiasmados por la noche animada y pacífica que acababan de pasar.
Los puentes, con el reflejo del Sena, y las zonas en altura de París, como Montmartre, son algunos de los mejores lugares para celebrar el 14 de julio; la ciudad se convierte en una marea humana. Es un día de fiesta, feriado, que culmina con este espectáculo que todos aprecian y que comienza más de doce horas antes con desfiles de lo más protocolares, en los Campos Eliseos. Francia está orgullosa de demostrar su fuerza y, en un trabajo de gran fineza, logra ser patriótica sin caer en nacionalismo ni ideologías políticas. "París es una fiesta" era el tema de este año de los fuegos, en reacción a esa actitud parisiense de levantarse rápidamente luego de cada tragedia.
Me hubiera gustado escribir sobre todo esto, hasta que se impuso el ataque terrorista de Niza. La alegría y la tranquilidad duraron poco.
De la misma manera que París demostró que podía controlar un evento masivo -la Eurocopa- en esta coyuntura sin lamentar una sola víctima, Niza podía confiar en sus medidas preventivas. Es allí donde se celebra, en febrero, el tercer carnaval más frecuentado del mundo después de Río y Venecia, y es donde llegan y de donde se van los invitados del Festival de Cannes, dos situaciones que la obligan a estar alerta y a contar con un dispositivo de seguridad específico. Es, además, la ciudad más vigilada de Francia, con más de mil cámaras de video instaladas por todos lados por la municipalidad. Los ejercicios de anticipación no alcanzaron. Y es ése el verdadero miedo.






