
Decano del periodismo policial en la Argentina, Ricardo Ragendorfer es un narrador extraordinario: un personaje de Raymond Chandler en la Buenos Aires del siglo XXI. Compinche de Enrique Symns desde los 8O, relató algunos de los casos más salientes y desnudo las miserias de la Policia Bonaerense sin abandonar, jamas, la bohemia.
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Por Juan Carra / Fotos de Gaspar Kunis
Ricardo Ragendorfer corre por la calle Malabia. Todavía nadie lo llama “Patán”. Tiene 10 años, recién sale de la escuela y va directo al kiosco de diarios que queda camino a su casa, donde suele pasar las tardes leyendo. Sentado, todavía con el guardapolvo, hojea todo lo que puede. Se queda prendido a las grandes historias de criminales. Las páginas bañadas en sangre lo hipnotizan. Revista Así, el diario Crónica. Por sus manos pasan las notas que cuentan la muerte del Che en Bolivia. De eso se acuerda perfecto y le sirve para fechar la anécdota: 1967. Una de esas tardes Luisito, el kiosquero, le alcanzó un ejemplar editado en papel pulp de El hampa porteña, de Gustavo Germán González. El mítico cronista que firmaba como GGG en el viejo diario Crítica fue el huevo de la serpiente. “Me fascinó ese libro, me acuerdo que me lo compré y lo leía una y otra vez”, cuenta Ragendorfer con la fascinación de aquellos que tienen el don para narrar historias.
“Siempre me pregunto si la vida imita a la literatura o la literatura a la vida”, dice mientras busca con la mirada algo que solo él puede ver, a cinco décadas de aquellas primeras lecturas. “A diferencia de otros laburantes, yo capaz salgo a la mañana y en vez de ir a una oficina me meto en una especie de novela negra. Lo que uno escribe no es el expediente que esclarece un crimen, sino el informe de una aventura de un día de picnic en las zonas más oscuras del alma humana”.
<b>CERDOS Y PECES PORTENOS</b>
Falta poco para el mediodía, el sol calienta los adoquines de San Telmo y Ragendorfer se recorta en la claridad de la puerta del cafetín Aconcagua. Las mesas de fórmica verde están vacías. Tiene una camisa oscura remangada, pantalones de jean, la mirada franca, cristalina. Recorre el salón como si fuera el más negro de los detectives de los años 30. Se sienta y le acercan un café: negro, corto. El televisor detrás de la barra de acero inoxidable vomita un reguetón de moda. Arriba de la mesa dejó un Página/12 doblado. De entre sus páginas saca un libro:
“El otro día me olvidé de contarte una anécdota con Enrique”, me dice mientras sonríe y agita una edición amarillenta de Expreso Nova de William Burroughs. Enrique es Symns, el famoso “señor de los venenos” que supo ser el monologuista de los Redondos y que compartió con Ragendorfer la redacción de las revistas El Porteño y Cerdos y Peces y la del diario Sur. “Sería el año 91 y nos tomamos un ácido. Estábamos en la casa de él, por acá en San Telmo, nos entra a pegar y Enrique andaba leyendo este libro y utilizaba como señalador un boleto de colectivo, de los que tenían numeritos. Entonces los suma y el resultado le da 23. Abre el libro en esa página y a las pruebas me remito…”. Ragendorfer me muestra la página señalada, casi al pie el texto dice: “¡Ojo, Patán!”, y más adelante: “¿Qué tal, Enrique?”. Al día siguiente, dice, se compró el libro para chequear que todo fuera real. Enrique decía: “Es el viejo Burroughs que nos está mandando un mensaje”.
Anécdotas como esta son recurrentes cuando Patán habla de Enrique. Se conocieron en el 85. Era de noche, Patán entró a tomar un café en un bar por Anchorena y Charcas; en la mesa de al lado, estaba Enrique Symns. Cruzaron unas palabras, hablaron de periodismo, enseguida Symns le propuso que escribiera una nota sobre el primer corazón artificial que se había realizado de forma experimental en Estados Unidos. “Frankenstein tiene penas del corazón”, fue el título de la crónica y su debut en El Porteño. “Con Enrique nació una gran amistad que excedía la vida de redacción y las noches de no redacción. Es una época que me gustaría recordar más, pero me resulta imposible por los estados en los que terminábamos”.
<b>LOBO SOLITARIO</b>
En las mesas del Aconcagua arranca La maldición de Salsipuedes, su primera incursión como autor en la ficción policial. Como lector, el género lo cautiva desde chico y lo lleva bajo la piel: cuando habla se le cuelan frases de Chandler, Hammett y otros autores célebres. Como personaje, acompaña al detective Mariani –protagonista de las novelas de su colega y amigo Martín Malharro– como informante y contacto con el submundo del hampa.
En Cartas marcadas, novela póstuma de Malharro, el detective Mariani necesita datos sobre una mujer que apareció asesinada en un hotel de la Panamericana y el caso quedó en la nada. El detective recurre a su fuente: Ragendorfer. Se juntan un mediodía, en Barracas:
Mariani lo miró detenidamente, estaba igual que siempre, la cabeza redonda, la pelada lisa y blanca y los ojos celestes entrecerrados como si estuviera siempre pensando en otra cosa. Sabía que era el mejor cronista policial de la Argentina, un tipo ducho, profesional y con códigos. “Un lobo solitario muy bien informado”, como lo definió un buchón de la Policía Federal.
Así es el hombre que le puso el cascabel a la “maldita policía” de Duhalde y que hoy sigue pateando el asfalto para contar historias.
<b>CINE EN CONTINUADO</b>
La memoria de Patán es prodigiosa para bucear en sus recuerdos de cronista. Le basta un disparador para meterse en cada relato con un nivel de detalle asombroso. Distinto con su vida personal donde sobrevuela los temas. No dice mucho pero tampoco pierde el humor ácido que lo caracteriza.
Hijo único de un ama de casa “madre judía sobreprotectora” y de un padre contador, sus padres llegaron muy jóvenes, casi niños, en 1938 a La Paz, Bolivia. Partieron desde Austria, corridos por el nazismo. En esa pequeña comunidad judía crecieron, se conocieron y tuvieron a su hijo Ricardo. Pero como todo en la historia de Patán, siempre hay más para confirmar que su vida fue delineada por algún guionista de cine. “En el 55, mi viejo compra con unos amigos un aserradero y había un administrador heredado del dueño anterior. Con el tiempo supimos que ese hombre no era otro que Klaus Barbie, el jefe de la Gestapo conocido como el Carnicero de Lyon”, cuenta. Mientras entrecierra los ojos se pregunta si no habrá estado en brazos de ese asesino.

Quizás en ese origen exista una clave para entender el gusto que Ragendorfer tiene desde chico por la lectura. Después de pasar a los 9 años –ya viviendo en Buenos Aires– por el Tarzán de Edgar Rice Burroughs y por las Aventuras de Rin Tin Tin, encontró en su casa un libro sobre Operación Garibaldi, esa que el Mossad, en mayo de 1960, ejecutó en suelo argentino para capturar a Otto Adolf Eichmann, el jerarca nazi responsable de la “solución final”.
Como muchos de los de su generación, el cine en continuado fue tan influyente en su pluma como la literatura: las tardes en soledad en el cine Rosedal de Palermo eran su lugar en el mundo. “Fue al primer lugar que viajé solo en colectivo”, cuenta. Veía tres películas seguidas: una de vaqueros, algún policial y una de autor. “Tal vez ahí se me haya pegado el hábito de escribir de una manera algo cinematográfica”.
Literatura, cine, ajedrez. Esas eran las tres pasiones que Ragendorfer tenía mientras cursaba la secundaria entre el 71 y el 75. Terminó en el Nacional Belgrano. Ahí empezó su militancia política en la izquierda peronista después de ver Estado de sitio, de Costa Gavras, a los 15 años.
<b>DEL AZAR EN EL EXILIO</b>
La historia de Ragendorfer puede construirse con ese reguero de tinta que dejó ejerciendo el oficio menos pensado. “Ni siquiera soñaba con ser periodista. La idea de ser escritor me horrorizaba. Carecía absolutamente de vocación”, recuerda.
El 24 de marzo de 1976 lo encontró estudiando en Filosofía y Letras y militando. El exilio se transformó en un escenario inesperado, tenía apenas 19 años. El destino: México. Su novia ya había emigrado hacia allí. La llegada fue acogedora. Una beca de estudio lo mantuvo durante un tiempo, pero no duró mucho. Empujado por el destierro y la necesidad, llegó al periodismo. “Me hicieron contacto con Carlos Ulanovsky, que trabajaba como jefe de redacción en la revista Interview. A la semana salió mi primera nota”, recuerda.
Patán tuvo que resolver un sumario un tanto insólito propuesto por los editores: el ruido en la ciudad. El ingenio se impuso a la lógica: consiguió un decibelímetro en el instituto alemán de sordera y se dedicó a medir la contaminación sonora y a contar una historia con eso. “¡Puta, soy periodista!”, pensó al ver su nombre estampado en el papel.
<b>PATÁN: UN PERIODISTA DE CRIMINALES</b>
Desde la secundaria, gracias a su compañero Jorge Cherniacovsky, Ricardo Ragendorfer es para casi todo el mundo: Patán. Igual que el perro que secunda a Pierre Nodoyuna en sus fechorías en Los autos locos, el dibujo animado de Hanna-Barbera. La risita –la misma que remata cada una de las anécdotas– es la marca que los une.
Dentro del periodismo policial argentino es una especie de mito viviente. Un tipo que siempre suena como fuente para cualquier caso policial: si hay un secuestro extorsivo, lo llaman para que cuente cómo se estructuran las bandas; si hay un caso de gatillo fácil, cuenta en radio y televisión la historia de la “maldita policía”; si la cosa viene con algún tema de la dictadura, habla de servicios e infiltrados.

“Ragendorfer no es un periodista más. Es el maestro del periodismo policial en la Argentina desde hace, por lo menos, 20 años”, dice Javier Sinay, periodista de policiales y ganador del premio García Márquez en 2015. “Nadie entiende mejor que él cómo funciona la dinámica del género: él puede hablarles, a través de su trabajo, a sus pares –quienes lo leemos admirados– y al público lector en general, que encuentra en sus trabajos muy buena información. Él puede diseccionar el crimen y encontrar las raíces políticas de cada caso. Puede narrar con la gracia y el talento de un Hammett. Y puede hipnotizar al bar contando anécdotas oscuras y graciosas. Ragendorfer es el jefe”.
Patán llegó al periodismo policial por una operación del azar. De vuelta en la Argentina, ya en democracia, recaló en San Telmo. “Algunos vecinos se dedicaban a ciertas actividades no muy legales. Me fascinaban las historias que me contaban y por eso empecé a hacerles entrevistas”, cuenta en un cafetín del corazón de ese mismo barrio.
La primera de esas crónicas la publicó en El Porteño. “De profesión delincuente” era el título y retrataba la vida de un dealer, de un especialista en salideras, de un barrabrava y de una mechera. Cada testimonio llevaba de separador un verso alusivo de González Tuñón. La marca de Patán comenzaba a fraguarse y se consolidaba con una serie de notas en Cerdos y Peces, que terminó convirtiéndose en la sección Vidas Ejemplares: con la ayuda del archivo y de la literatura, reconstruía la vida de pistoleros de los años 50 y 60, “la época de oro de la delincuencia argentina”, con personajes como Juan José “Pichón” Laginestra.
Para el periodista especializado en policiales Osvaldo Aguirre, “Ragendorfer es un mito tremendo, él marca un nuevo camino para la crónica. Resume las dos grandes vertientes de la crónica policial en la Argentina. Por un lado, la tradición de Walsh: el hecho de que el libro de Ragendorfer se llame La secta del gatillo, retomando el título de la serie de notas que Walsh hizo sobre la policía de la provincia de Buenos Aires no es simplemente un gesto retórico, sino que habla de una visión política sobre la cuestión policial. Por otro lado, la tradición de la crónica de impacto, sensacionalista, proponiendo un periodista que desafía algunas convenciones y que transita una zona gris entre policías y delincuentes. Un ejemplo de esto podría ser cuando Ragendorfer presencia la autopsia de Rodrigo, casi una cita a GGG”.
Cuarenta años después de sus lecturas en el kiosco de diarios, Patán homenajeó a su mentor en una crónica para la revista Caras y Caretas, que forma parte del libro Historias a pura sangre. En ella dice:
En el haber de GGG también se cuenta el hecho de haber rescatado de la injusticia a algunos inocentes. Tal fue el caso de María Poey de Canelo, acusada de haber envenenado a su amante, el concejal radical Carlos Rey. En ocasión de la autopsia, GGG se disfrazó de plomero y de ese modo logró colarse en la morgue. Aquella misma tarde, Crítica salió a la calle revelando el enigma con un explosivo titular: “No hay cianuro”.
Cuando Patán cubrió la necropsia del cantante Rodrigo Bueno en el marco de un juicio por filiación, disfrazarse de plomero no era una buena opción. Mejor fue hacerse pasar por perito de parte con la complicidad del abogado Miguel Ángel Pierri. La crónica en primera persona se publicó en El Porteño, en octubre de 2000, y desde entonces forma parte de la tradición del periodismo policial argentino.
El periodista Rodolfo Palacios suma un nombre al binomio de influencias: “Los que rendimos culto al oficio de cubrir noticias policiales siempre quisimos ser como Ragendorfer, una mezcla bendita de Roberto Arlt y Rodolfo Walsh, pero con estilo propio”.
A Patán no le gusta usar la palabra “delincuente” y dice que la función de los periodistas no es andar por la vida esclareciendo crímenes. “Eso lo tengo bien claro, no como algunos colegas”, remata.

<b>UNA MESA EN LA PAZ</b>
La Paz fue uno de los cafés clásicos de la avenida Corrientes. Entre mediados de los años 40 y principios de los 70 fue el reducto de artistas e intelectuales de variadas vertientes. Con el golpe del 76, las desapariciones y el exilio de muchos de los habitués, cayó en desgracias. La reapertura en el 83 fue para muchos un reencuentro simbólico con una atmósfera que se creía perdida. A Patán, La Paz le quedaba cerca. Y en esas mesas pasaron miles de historias.
“Siempre veía a cuatro o cinco tipos, presumiblemente escritores, que paraban ahí. Una noche iba caminando y veo a uno de ellos, absolutamente borracho, peleando a brazo partido con toda la dotación de un patrullero. Entre cinco trataban de meterlo adentro. Entonces corrí hasta el bar para avisarles a sus contertulios. Ese tipo era Miguel Briante, los otros eran Rodolfo Fogwill, Osvaldo Lamborghini y Jorge Di Paola. Me hice muy, muy amigo de todos ellos. Esos tipos tenían una enorme influencia sobre mí, yo me sentía absolutamente feliz de estar con ellos. Escribía cosas para deslumbrarlos”. En esa época también se hizo amigo de Adolfo Bioy Casares: se juntaban todos los jueves a ver el programa de Benny Hill en canal 11.
<b>LOS PUÑOS PROHIBIDOS</b>
Eduardo Luis Duhalde fue quien lo llevó al diario Sur, ese proyecto que el Partido Comunista armó para disputar los lectores progresistas con Página/12, y que se desmoronó junto con el Muro de Berlín. Ragendorfer y Symns habían sido convocados para hacerse cargo de la sección Policiales. Un poco antes de arrancar, en una entrevista, se fueron de tono en las declaraciones. “Dijimos cualquier cosa: que estábamos a favor de algunos delitos, que los lectores no se asombren si advierten en algunas notas ciertas apologías. Eso fue lo más suave”, recuerda Patán. Perdieron la jefatura. Patán se quedó en la sección y ahí tuvo su primer mano a mano con un editor riguroso: Juan Carlos “Chacho” Novoa.
El primer encuentro fue ríspido. Patán debía escribir sobre un asalto y se permitió jugar con las metáforas. “Vació los inquilinos de su cargador”, escribió haciendo alarde de su pluma como forma de describir una serie de disparos. Novoa lo llamó para ponerle los puntos. “Era un tipo cincuentón, tanguero, peronista y de mal genio. Me verdugueó y entonces le dije que lo esperaba en la esquina”, cuenta Patán imaginando la escena a la distancia. Los dos salieron caminando de la redacción. En el camino a la esquina pasaron por un bar. “¿Tomarías una copita?”, propuso Novoa. Y Patán aceptó masticando la bronca que pensaba descargar en el mano a mano. Una copa llevó a la otra, y la otra a otro bar. La noche terminó alrededor de unos suntuosos platos de puchero. Mientras comían, Novoa sacó una fotocopia de la nota de Patán acribillada de observaciones. “De algún modo, en ese momento sentí que nació una gran amistad y con los años me di cuenta de que fue tal vez el único maestro que tuve en el periodismo”.

<b>EL TÚNEL DE LOS HUESOS</b>
–No es el coche más indicado para nosotros.
–¿Cuál es el problema?
–Que vamos a pasar tan desapercibidos como una tarántula en un plato lleno de leche.
–Esa frase se la robaste a Chandler.
–No. La saqué de una película sobre la fuga de unos presos.
El diálogo es entre Urtaín, el periodista detectivesco que trata de dilucidar el crimen de Salsipuedes, y El Palomo, uno de sus secuaces en la aventura. La película de presos de la que hablan no es ni más ni menos que El túnel de los huesos, dirigida por Nacho Garassino y basada en una de las crónicas que Patán escribió para Página/30 en 1992. La historia cuenta que en 1991 siete presos escaparon del penal de Devoto después de cavar un túnel desde la enfermería hasta la calle. En el film, Patán hace un cameo. La frase de la tarántula es la línea de diálogo que él le dice a Raúl Taibo en su debut como actor, echando mano a una línea del libro Adiós, muñeca, de Raymond Chandler.
Durante la fuga, los presos se toparon con una tumba colectiva que, se presume, pertenecía a los detenidos asesinados en marzo de 1978 en la famosa Masacre del Pabellón Séptimo. Dos de ellos hicieron una promesa a esos huesos: si lograban escapar, darían a conocer lo que vieron. Ragendorfer fue el elegido para hacerlo.

“En realidad, ellos querían que la hiciera el Cura Pérez, un pistolero que estaba preso en Devoto y que era nuestro corresponsal en la cárcel cuando estábamos en diario Sur, pero para él no corría el tema de la reserva de la fuente”, explica.
En la película, el actor Jorge Senan fue el elegido para interpretar a Patán. Se lo ve rapado, camisa abierta; al calor de diciembre se le suma una lluvia torrencial. El Patán de ficción les pega a las teclas de una máquina de escribir con el ritmo de un periodista, lejos de la técnica de los mecanógrafos. Una botella de whisky, libros, un grabador. La voz metálica de un hombre que confiesa: “La promesa de contar esta historia se la hice a los muertos”.
Uno de los partícipes de la fuga fue la Garza Sosa, lugarteniente del Gordo Valor en la famosa “superbanda” dedicada a reventar camiones de caudales en la década del 90. Una vez estrenada la película, cuando La Garza compartió el living de Susana Giménez con Taibo, le dedicó unas palabras a Patán: “Este muchacho Ragendorfer es muy respetado en el ambiente”, dijo en el prime time de Telefe.
<b>LA ÚLTIMA REDACCIÓN</b>
Miradas al Sur fue la última redacción que lo tuvo a Patán como parte del equipo estable. Junto a Raúl Arcomano y a Sebastián Hacher, llevaron adelante las secciones de Lesa Humanidad y Delitos y Pesquisas. “Siempre nos sentamos uno al lado del otro. Lo recuerdo escribiendo su nota los días sábados, el día del cierre, con los anteojos casi sobre la punta de la nariz. Se levantaba 20 veces, para ir a fumar. A veces, volvía corriendo, porque se le había ocurrido un giro gracioso, un diálogo redondo. En esos casos, leía en voz alta esa parte de la nota y la coronaba con su risa característica”, cuenta Arcomano.
Si hay algo en lo que coinciden todos los que conocen a Patán es en que se trata de un brillante narrador oral. Cecilia Fumagalli, jefa de redacción de Caras y Caretas, lo recuerda sentado junto al staff de la revista contando los entreveros de cada crónica. Rodolfo Palacios dice que días atrás, en una cena que compartieron con Luis Ortega, Patán pasó la noche contando historias fascinantes. “Habló de su pasión por el cine, de las historias de Buñuel, de Godard, de la capacidad de observar, de la calle y de buscar la letra chica y pintoresca del expediente. Su tono de voz, la pausa justa, la mirada iluminada, los gestos. Escucharlo y verlo fue asistir a una representación única”.
Ahora Patán habla sin titubear. Se mete en los laberintos de su memoria como si tuviera amarrado a la cintura el hilo de Ariadna. Habla y gesticula. Mira al infinito buscando los rostros de los amigos. La luz del mediodía le da en la cara mientras cuenta y revuelve el café hasta marearlo. Ya se tomó dos en menos de una hora. Café, como diría Chandler: la sangre de los hombres cansados.






