
Patricia Palmer
Ama el aprendizaje: ejerce la docencia, pero también se define como estudiante crónica. Ahora presenta Cuerpos, en el teatro Del Nudo, donde dirige y actúa acompañada de un interesante elenco
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1. La química de las parejas es un misterio… para los de afuera. Mi padre era economista y filósofo, un catalán de ideas anarquistas que venía del horror de la guerra. Mi mamá, en cambio, era una nena bien de acá, hija única, y no había vivido nada. Pero cada uno fue el complemento perfecto del otro.
2. En mi casa, me inculcaron valores que por un lado me salvan, pero que también me trajeron problemas: fui educada en una burbuja donde la honestidad y el honor eran la regla general, y la vida me fue enseñando duramente que eso tiene más que ver con la utopía que con la realidad.
3. Me llevó tiempo reconciliarme con mi imagen. Mis hermanas siempre fueron rubias y muy llamativas, y yo crecí sintiéndome la fea de la familia y convencida de que eso me quitaba posibilidades en la vida. Después, años después, entendí que las personas pueden ser lindas de muchas maneras distintas.
4. Comprendí, después de casarme y separarme muy joven, que hay compromisos que sólo podés asumir al madurar. Yo fui al matrimonio llena de ideas románticas, sin conocer bien a la otra persona… Sólo con los años pude formar una verdadera pareja. A mi hija no le pasó lo mismo: lleva ocho años de novia y dos de convivencia; si se casan, no será a ciegas.
5. A los 18, 19 años, creía que podía cambiar el mundo. Ahora tengo un descreimiento total de la política y las ideologías. Creo que ese sueño terminó.
6. Siento que mis hijos Paula y Joaquín me ayudaron a centrarme, a ser quien soy. Yo había hecho teatro en Mendoza, pero a los 24 años, cuando me lancé a trabajar en Buenos Aires, estaba sola con Paula; eso me evitó dispersarme y engancharme en pavadas, porque tenía un objetivo claro.
7. Aprendí a no estar tan pendiente del resultado, y a disfrutar más el proceso creativo. Eso, en el teatro, porque en la tevé el rating siempre te corre. A mí, todavía me hablan de “Ilusiones, que iba tan bien…”, pero yo sé que si los números cierran no se levanta un programa. En la televisión, lo que aprendí es que la responsabilidad total no es mía, y disfruto de la parte que sí me toca.
8. El autor de Cuerpos, James Saunder, se pregunta sobre la vida, la muerte, el amor. Los temas eternos. Trabajar con ese material me obliga a repreguntarme todo, y a animarme a alguna respuesta.
9. Creo en el esfuerzo, y también un poco en la suerte. Mi primer trabajo teatral en Buenos Aires fue un reemplazo de Susú Pecoraro, en El taller del orfebre. Me vieron en el bar de Canal 7, sabían que era actriz, pero les interesó que tuviese el físico de ella, por el vestuario. ¡Y el calzado! Tuve la misma suerte que Cenicienta: la bota de Susú me iba bien.
10. Algo que me enseñó la vida, y mi propio temperamento irritable, es que el enojo tiene que ver con uno, no con el otro. Cuando uno explota, es porque no supo poner los límites a tiempo.



