
Paul Bettany: con el dolor en el cuerpo
Fue convocado por Ron Howard para interpretar al numerario albino del Opus Dei en la polémica versión cinematográfica de El código Da Vinci. El actor cuenta el penoso proceso de transformación por el que debió pasar para convertirse en Silas
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LOS ANGELES.– Quizá su nombre no se asocie rápidamente con un rostro ni con una imagen conocidos. Paul Bettany lo sabe, pero no le preocupa pasar inadvertido; de hecho, le divierte fisgar en las reacciones de quienes leen atentamente el afiche de la película El código Da Vinci y van afirmando con su cabeza: "Tom Hanks; Audrey Tautou, la chica de Amélie –como certificando de quiénes están hablando–; Ian McKellen, Paul Bettany –pausa– y Alfred Molina. La pausa, esa que Bettany imita con una profunda respiración, pronto desaparecerá. Lo sabe, no le inquieta, y ante la mirada de quien tiene enfrente dice categórico: "Sí, el que hace de Silas soy yo". Silas, el monje torturado, el albino de ojos rojizos que lleva en el muslo un cilicio (malla de metal con puntas) para mortificar su carne. El malo de la película, el numerario del Opus Dei, el que comete los asesinatos por orden del obispo Manuel Aringarosa.
Las imágenes, esas que muestra el trailer y que pueden verse en los cines o en algunos sitios de Internet; y las otras, aquellas a las que accedió un grupo de periodistas en Los Angeles como anticipo del estreno mundial de El código Da Vinci en el Festival de Cannes, confirman la fama con la que Bettany convive en el mundillo cinematográfico: Paul "se roba" las escenas que comparte con sus compañeros. Ya lo hizo con Heath Ledger en Corazón de caballero, con Russell Crowe por partida doble en Una mente brillante y en Capitán de mar y guerra, y recientemente con Harrison Ford en Firewall. ¿Por qué no lo haría con Tom Hanks?
Se ríe y en un tono seductor, el mismo que mantuvo durante toda la entrevista con la Revista, afirma: "Son sólo cosas que se dicen; por favor, no lo repitan demasiado, a ver si todavía lo terminan creyendo". Le gusta coquetear con la fama, sólo coquetear, porque sabe que alcanzarla tiene su costo. "No me interesa tener que ponerle precio a mi vida personal", dice serio, y habrá que creerle.
De perfil bajo a pesar de su metro noventa y de estar casado con la bellísima Jennifer Connelly, este londinense de 34 años ¿padece? los foros de opinión acerca del film, las discusiones acerca de su elección para el papel de Silas y a los enemigos acérrimos de la novela de Dan Brown, los que aunaron bandera en contra de los actores de la versión cinematográfica.
Obviamente, siempre hay buenas razones para aceptar un papel de estas características, y para el actor inglés la razón cae de madura: "Imaginá que llama Ron Howard (el director del film y de títulos tales como Una mente brillante), te ofrece un papel como el de Silas para trabajar al lado de Tom Hanks en la versión para el cine de la novela más polémica de los últimos años y que, además, leyeron millones de personas en el mundo entero. ¿Te negarías?" El silencio puede más.
Dice que no está interesado en escalar posiciones en Hollywood, y cuando habla de dinero sólo lo hace para defender el fondo familiar. "Lo mejor de ganar dinero, tanto para Jennifer como para mí, es poder invertirlo en nuestra familia, en el tiempo que compartimos."
El día en que se casó, el 1º de enero de 2003, hizo un pacto con su mujer, el mismo que meses después reafirmarían con el nacimiento de Stellan (nombre que le debe al actor y buen amigo Stellan Skarsgard). Luego de adoptar a Kai, el niño de la relación anterior de Jennifer con el fotógrafo David Dugan, la familia Connelly-Bettany estaba lista para asumir el compromiso: "No trabajar al mismo tiempo; en casa siempre debe quedarse uno de nosotros, lo que nos facilita movernos y viajar cuando precisamos estar cerca del otro. De hecho, ya me di todas las vacunas que se necesitan para viajar a Sudáfrica; allí está Jennifer filmando con Leonardo DiCaprio. Este es el año Connelly", asegura, mientras juega con su tradicional alianza.
En el nombre del Señor
"… Silas, el imponente albino, cruzó cojeando la verja de entrada a una lujosa residencia… El cilicio que llevaba atado al muslo se le hundía en la carne, pero su alma se regocijaba por el servicio que le prestaba al Señor. «El dolor es bueno»."
"No pretendo juzgar al personaje; no lo hago. Lo que intenté desde el comienzo fue meterme en su cabeza, buscar las razones por las que actúa de esa manera. Revisando su pasado, el que existe en la novela y el que no –explica–. Me deshice de todos los prejuicios, de los comentarios y de las miradas hacia este personaje. Si no, resultaba imposible meterse en el cuerpo de Silas."
–Entonces, ¿cómo es el Silas que componés en el film?
–No muy distinto del de la novela. El está convencido de que hace el trabajo de Dios. Es consciente de que asesinar es un pecado, pero sabe que, ante todo, debe proteger la Iglesia Santa Romana. El está seguro de que llegará al paraíso, que se sentará a la mano derecha de Dios; por eso se autoflagela, siempre en busca de redención. En realidad, Silas es manipulado por Aringarosa. El albino es el arma; Aringarosa, el que aprieta el gatillo. Allí está (alza el dedo índice hacia Alfred Molina, el actor que le pone el cuerpo y que espera su turno para ser entrevistado. Sonriente, Molina hace el gesto de quien dispara un arma). ¿Ves?, esto es así. Me manipula; siempre lo hizo.
–¿Sos un hombre religioso?
–Puedo definirme como un católico caduco, como esos hombres que recibieron una educación católica, pero que en algún momento dejaron de practicarla o de interesarse en ella.
–¿Ser un "católico caduco" facilitó las cosas a la hora de encarar una película de este tipo?
–La película no tiene que ser juzgada como un ensayo filosófico, histórico o religioso, sino como un film que se basó en un best seller y que no es más que un buen thriller con dosis de suspenso. Es cine de puro entretenimiento, con una buena historia detrás, un buen director y un buen elenco. En ningún momento se buscó ofender a nadie. Es cierto que Howard decidió ser fiel a la novela; si no, no tendría demasiado sentido pagar millones de dólares para luego hacer otra cosa.
Para que este inglés, devoto admirador de Humphrey Bogart, se viera finalmente como Silas –pálido, albino, de ojos rojizos y con cicatrices en buena parte de su cuerpo– debió soportar eternas horas de maquillaje y ciertos sacrificios. "En un momento no sabía si me estaba transformando en Silas o en la protagonista de Memorias de una geisha –bromea sobre su palidez–. Luego trabajaron en mis cicatrices; mis venas fueron pintadas y resaltadas; después llegó la hora del pelo. Para transformarme en albino comenzaron a teñirme el pelo, pero la reacción a la tintura no fue nada buena: me quemó el cabello y el cuero cabelludo. Finalmente se decidió que usara un postizo, pero ahí no terminó todo, porque para que quedara bien no hubo otra opción que afeitarme la cabeza."
"… Cerró las persianas, se desnudó y se arrodilló en medio del cuarto. Bajó la vista y examinó el cilicio que le apretaba el muslo… Esa correa de piel salpicada de púas metálicas que se clavaban en la carne como un recordatorio perpetuo del sufrimiento de Cristo… Ahora Silas centró su atención en la cuerda de gruesos extremos anudados… Cerró los ojos y se azotó con ella por encima del hombro… Siguió azotándose una y otra vez. Al cabo de un rato empezó a sangrar…"
La autoflagelación no es algo que a Bettany le interese explorar demasiado, pero sí reconoce que todo hombre tiene una forma de purgar sus culpas y sus dolores más profundos. De alguna manera, el propio Bettany lo hizo, y tocó fondo. La muerte de su hermano Matthew, de 8 años, cuando Paul sólo tenía 16, fue lo que lo empujó a un camino de autodestrucción, del que prefiere no hablar, pero que sí expone en su página oficial, a partir del relato de su padre, Thane Bettany. "[Matthew] Cayó de un gran hormigón, lo que le causó una fractura masiva en el cráneo. En el hospital fue asistido durante varios días por una máquina, pero nos comunicaron a su madre y a mí que el cerebro estaba muerto, por lo que decidimos desconectarlo." La culpa hizo que el matrimonio no soportara el dolor. Al tiempo, Paul, el hijo mayor, abandonó la casa. Se instaló en Londres, donde se ganaba la vida en las calles tocando la guitarra. "Siempre pensaba en Lennon, en ese hombre que a través de la música supo exorcizar sus demonios y ofrecer las más bellas canciones." Pero la música no alcanzaba para sublimar sus peores pesadillas. La cocaína, en cambio, sí. "Fue un momento muy difícil." La actuación llegó a los 19 años, y sólo cuando estuvo a punto de perderlo todo decidió salir. "Suele decirse que son pecados de juventud. No lo sé, pero hoy veo la vida de otra manera."
–¿Todavía espantás demonios con la guitarra?
–No sólo espantaba demonios: siempre fue una buena compañera de seducción; por eso Jennifer prefiere los shows acústicos e íntimos. Dice que me veo sumamente sexy con la guitarra.
Por Fabiana Scherer (Enviada especial)
Perfil
- Nació en Harlesden, al noroeste de Londres, el 27 de mayo de 1971. Su padre, Thane Bettany, profesor de drama, actor y bailarín; su madre, Anne Kettle, cantante.
- De chico no le gustaba la escuela y nunca terminó de leer un libro hasta los 19 años. Su primera pasión fue la guitarra, con la que sobrevivió de joven en las calles londinenses.
- Estudió en el Drama Centre de Londres. Debutó en los teatros del West End con la producción An Inspector Calls, dirigida por Stephen Daldry. Luego pasó una temporada con la compañía teatral Royal Shakespeare. En cine debutó con Bent (1997), de Sean Mathias.
- Durante el rodaje de Una mente brillante conoció a Jennifer Connelly. En 2003 se casó con ella y ese mismo año tuvieron a Stellan. Adoptó a Kai, el hijo de Connelly con el fotógrafo David Dugan. Juntos viven en Brooklyn, EE.UU.
- Su filmografía incluye Corazón de caballero, Una mente brillante, Capitán de mar y guerra, Dogville, Wimbledon y Firewall. Pronto se pondrá en la piel de un boxeador en una producción británica.





