
Pelota vasca y los consejos del gran Erlantz

Salí de San Sebastián en una gris jornada de principios de primavera. Decían los que saben que estas lluvias eran los últimos vestigios de un invierno que había sido bastante mojado.
Había tomado la autopista que me llevaba de Donostia a Bilbao, las ciudades más importantes del País Vasco junto a Vitoria, y tenía ante mí el magnifico espectáculo de la topografía vasca.
Durante los pasados días había tenido la oportunidad de recorrer San Sebastián de punta a punta y en esas provechosas horas disfruté enormemente de todos sus aspectos, haciendo foco fuerte, por lo menos en esa visita, en la gastronomía. Pero Bilbao ya me esperaba junto a todos sus secretos e historias. Para ello tenía una importante reunión ya prevista y coordinada para conocer de una manera privilegiada uno de los museos mas espectaculares e importantes del mundo: el Guggenheim.
Pero antes de relatarles mis horas este templo de la cultura e inmediaciones, quiero contarles de una parada que hice en el medio de la ruta.
Es que había un aspecto de la vida cultural de esta región que no me quería perder: la pelota vasca, deporte típico de aquellos pagos. Para eso ya me estaban esperando en el frontón de Larrabetzu, un pequeño pueblo con apenas poco más de 2000 habitantes ubicado en el Valle de Asúa y cuyo nombre significaría abundante parte inferior del pastizal.
Salí de la autopista, tomé un modesto y pintoresco camino regional y siguiendo las certeras indicaciones de los carteles, estacioné frente al edificio del frontón e hice mi ingreso.
Me esperaba Erlantz, quien con un sonoro aupa Ivan, ongi etorri me dio la bienvenida.
Parados al lado del terreno de juego de más de 30 metros de longitud, con sus altas paredes y los asientos a lo largo de la cancha para los fanáticos de este deporte que aquí en este lugar podía recibir casi al 15 por ciento de los habitantes, observé lo que infinidad de veces había visto por televisión.
Erlantz había preparado a modo de exhibición todos los adminículos para practicar este deporte y sólo faltaba poner manos al asunto. Y cuando digo manos era literalmente eso.
Porque esta es una recia disciplina en la cual la pelota se golpea e impulsa, en una de sus variedades, con la palma de la mano.
Lo que parece fácil por la televisión, cuando uno esta cómodamente sentado en su sillón preferido, difiere de lo que sucede en la realidad.
Porque este juego hay que, idóneamente, comenzarlo de pequeño para ir acostumbrando la mano al impacto de la pequeña pelota hecha con goma, látex, lana y cubierta de piel de cabra.
Les puedo asegurar que ya al escucharla picar en el suelo hacía que me doliera el alma.
Y mientras mi anfitrión le arreaba leches (o sea que golpeaba la pelota fuertemente) al asunto con mucha parsimonia, yo comenzaba a vendarme la mano a la manera tradicional, con tela y esparadrapos.
Preparado, técnicamente, estaba. Perdón, perdón. He utilizado la palabra incorrecta. Vestido y acondicionado, si. Con ganas, sí. Preparado, tenía mis dudas.
Al llamado del colega entré al terreno de juego. Allí Erlantz me dio simples consejos para facilitar mi desempeño: “Que no se trata de fuerza, bueh, un poco sí. Sino de armonía (sí, sí, seguro, dije, mientras observaba el más de metro noventa y dos manos como remos del colega), acompaña con el cuerpo el golpe y verás que todo sale bien”.
Y así, como si fuese un niño soñando con llevarme la famosa txapela (boina del campeón), en el Frontón Astelana (la catedral de este deporte), creyendo tener dentro de mí el espíritu de Retegui II o de Atano III (los dos más grandes manomanistas de la historia), olvidé los consejos de Erlantz y, como dicen los españoles, le di una ostia (golpe) a la pelota como si en en eso fuese mi vida. Todavía me sigue doliendo.






