
Pensar para vivir
Sobre la filosofía, o el asombro de ser parte de un misterio
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En los años 60 del siglo pasado, dos cantantes entonces populares (Jolly Land, en la Argentina, y Dora María, en México) entonaban una y otra vez una canción cuyo estribillo machacaba: Total para qué / te vas a preocupar/ las cosas como vienen/ se tienen que tomar. Así se debía enfrentar, según la propuesta, desde una ruptura sentimental hasta una operación de vesícula, pasando por el apriete de un prestamista o el naufragio de un proyecto muy soñado. La idea, lejos de caducar, se mantuvo y se extendió en el tiempo. No estoy para pensar, No la compliques tanto, Dame algo más liviano (si se trata de un libro, una película o una obra de teatro), Dejate de tanta filosofía, son frases cotidianas que la alientan y reafirman.
¿Qué significa tanta filosofía? ¿Cuánto es mucho? ¿Cuánto es poco? En realidad, la filosofía nació con el primer ser humano que se asombró ante el mundo en que vivía y ante los fenómenos de ese mundo. Y se consagró con esta pregunta: ¿por qué existe todo lo que existe pudiendo haber sólo la nada? De ahí para abajo y hasta aquí, desde el momento en que contamos con un cerebro capacitado para reflexionar, evaluar, dudar, comparar, imaginar, recordar, intuir y anticipar, la filosofía nos acompaña. El escritor y periodista turinés Dino Segre (1893-1975), conocido como Pitigrilli, solía decir que "si das con una buena mujer serás feliz, y si no, te volverás filósofo, lo que siempre es útil para el hombre". Pero en verdad las dos cosas son viables. Construir un buen amor y pensar en la vida que se vive. Más aún, es probable que exista una profunda conexión entre ambas.
En sus deliciosos y siempre estimulantes Ensayos escogidos, con los que inauguró ese género, el sabio humanista Michel de Montaigne (1533-1592) insistía en que la filosofía proviene de la conciencia de finitud. No nos haríamos preguntas sobre la vida si ésta fuera eterna. En ese caso podríamos cantar a coro con Jolly Land y Dora María. Pero aunque nos entreguemos a una absoluta pereza mental (lo que no deja de ser una manera de desperdiciar el don del cerebro), aquella certeza sobre nuestro final no dejaría de estar presente. Afortunadamente, cabría agregar, ya que ella nos lleva a valorar nuestros amores y nuestros logros, a desarrollar propósitos, a hacernos preguntas gracias a las cuales la vida se convierte en una travesía siempre apasionante. No se trata de cuánto tiempo se vive, decía Montaigne, sino de la intensidad y profundidad de esa experiencia. Y eso depende, agregaba, de la intención de cada uno. Cuando nos hacemos preguntas sobre la vida única e intransferible que vivimos y convertimos la experiencia cotidiana en una exploración de respuestas, estamos conjurando el temor instalado por la conciencia de finitud. No evitamos la finitud, desde ya, pero hacemos de la vida una experiencia real, un árbol con raíces y no una hoja al viento.
Filosofar, en definitiva, es pensar en el mundo y pensarse en él, como parte del mismo y de sus fenómenos. Es pensarse entre otros, con otros. Es asombrarse de ser parte de un misterio y es responder a ese asombro haciendo de la propia vida una respuesta a las preguntas que se nos abren cuando vivimos despiertos. Immanuel Kant (1724-1804), uno de los grandes pensadores de todos los tiempos, advertía que no se puede aprender filosofía. Sólo se puede aprender a filosofar, decía. Y no hay otra manera de hacerlo que caminar hacia los interrogantes que vienen hacia nosotros en lugar de escapar de ellos. Filosofía no es vivir para pensar, sino pensar para vivir.
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