Pequeños ladrones
Hoy por hoy, no es difícil encontrarle un álter ego real a S., el protagonista de la película El pequeño ladrón. En este caso, se llama Lucas. Y cuenta una historia como tantas
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Dos pequeños ladrones: un personaje de ficción y un álter ego real. Dos cines: el de los años sesenta, que por su compromiso político intentaba acercarse a la realidad para transformarla, y el actual, que simplemente quiere contar historias, pero que en los últimos años ha abordado de manera recurrente problemáticas sociales de distintos países. De estos cuatro elementos está hecha esta nota.
El personaje de ficción, un adolescente de nombre S., protagoniza el film El pequeño ladrón (1999), de Erick Zonca, que se estrenó en las salas porteñas a fines de mayo. El chico real -al que entrevistó la Revista en el Juzgado de Menores Nº 7, con sede en Tribunales- es un par de años menor que S., se llama Lucas y vive en La Boca. Ambos, en sus primeros intentos por enfrentarse con el mundo, emprendieron una carrera delictiva. Son pequeños ladrones en dos sentidos: por la edad y porque no cometieron robos demasiado importantes.
La historia del realizador francés tiene como marco una sociedad desarrollada. Sin embargo, los problemas que acarrea la inmigración y el porcentaje creciente de desocupación que también sufren algunos países ricos hacen difícil la contención de todos los ciudadanos dentro de la ley.
S. vive en Orleáns. Un día, cansado de trabajar en una panadería en condiciones que recuerdan a las del personaje de Chaplin de Tiempos modernos, decide abandonar el puesto y mudarse a Marsella para integrar una banda de ladrones. Quiere dinero y sabe que, si sigue el escalafón que el sistema le ofrece de acuerdo con su posición social, en el mejor de los casos algún día tendrá un trabajo mejor remunerado que el de cajero de supermercado. De eso vive la chica con la que sale, y ella acepta las cosas tal como son.
S. se rebela ante esas condiciones y se va a Marsella, la segunda ciudad más grande del país, donde el delito es parte constitutiva de la vida en sociedad.
Lucas tiene 14 años, pero por su aspecto físico está más cerca de ser un niño que un adolescente. Su carita de ángel, el buzo deportivo, los jeans y las zapatillas deportivas impiden siquiera esbozar en él un perfil de criminal incipiente.
La policía lo apresó en marzo y en abril últimos por dos delitos menores. El primero: junto con un amigo, asaltó a dos chicos en la calle por unos pocos pesos. El segundo: hizo de campana en la puerta de un pool mientras dos compinches, mayores que él, entraban y robaban a mano armada, también por poco dinero.
S. y Lucas no actúan solos. S. se entrena en el delito acompañando a la banda en un par de saqueos en casas de familias acomodadas. El resto del tiempo funciona como empleado de sus jefes. De Lucas sabemos, por lo que él cuenta, que conocía poco a los adolescentes que entraron en el pool. El único punto de contacto con ellos eran los partidos de fútbol en la canchita de Don Pepe, en Barracas, y los encuentros en la casa de uno de ellos en San Telmo. Probablemente sea cierto.
Sobre el entorno de S., la película dice muy poco. Zonca se atiene a una narración objetiva, concisa, rápida. Lucas, por su parte, lleva una vida aparentemente normal para un chico de su edad: vive con su familia -de clase media baja-, va al colegio, juega al fútbol y mira programas de deportes por TV.
La declaración que hizo a la Revista es la misma que presentó ante el juzgado. Así lo confirma el doctor Hugo Barberis, a cargo de la causa. Lucas, escondido detrás de sus grandes paletas, con una timidez y una ingenuidad que ablandan cualquier corazón, asegura que la policía lo atrapó por error, que él iba caminando por la calle justo en el momento en que se producía el asalto. "La policía me armó una causa", dice. Tampoco reconoce haber cometido otros delitos. Su madre, sentada junto a él durante la charla, prefiere creerle. "La policía lo paró a él porque es bajito", dice un poco retraída, mientras da una pitada profunda a su cigarrillo. Y, sin embargo, demuestra claras intenciones de custodiarlo, ahora que pasó un mes en un instituto de menores en San Martín. Su padre y sus dos hermanas estaban muy enojados con él. Sólo la madre lo visitó durante el encierro.
De su experiencia con la ley, Lucas saca algunas conclusiones: "Voy a seguir jugando al fútbol. Si hubiese tomado el colectivo en lugar de ir con los chicos, no habría perdido un mes de libertad. Ahora me voy a cuidar un poco más". S., que casi pierde la vida en su corta experiencia delictiva, retoma el viejo oficio de amasar pan en condiciones tan alienantes como las de la primera vez.
Las dos historias remiten a mundos distintos, pero en el fondo cercanos: tanto en una sociedad con subdesarrollo como la nuestra como en el Primer Mundo francés, la exclusión creciente distingue cada vez menos a sus víctimas. Si a eso se suma la desorientación ideológica y moral de estos tiempos, las posibles salidas parecen difíciles o, al menos, lejanas.
Después de la entrevista con Lucas, la charla siguió con el juez Barberis, que lleva veintisiete años en la justicia de menores. Con la autoridad que le da la experiencia, suelta una observación escalofriante: "El caso de Lucas es estándar. Antes, delitos como los que él cometió se esperaban de un chico de 17, acompañado de alguien más grande. Nos alarma la rapidez con la que ahora hacen carrera, y sobre todo porque a eso se suma que portan armas -dice-. Los chicos no reconocen los límites porque los padres no suelen imponérselos. Tienen un desprecio cada vez mayor por el peligro, por su propia seguridad y, por lo tanto, por la vida ajena."
Barberis empezó a notar el viraje hace alrededor de una década, y especialmente en los últimos cinco años. "Ahora, chicos que no tenían antecedentes se involucran en causas muy graves. El motivo más común de estos problemas es la fragmentación familiar: sobre todo la que se da en los matrimonios formalmente unidos, pero con conflictos internos, y en las familias con serios problemas económicos."
A la incursión más temprana en el delito se suman nuevas características. Dice el juez: "Antes, los chicos se metían en casas deshabitadas o comercios sin gente. Hoy prefieren situaciones donde el riesgo aumenta y la ganancia es menor. Es evidente que no hay registro de la propia conducta, precisamente porque no hay una escala de valores consolidada. Además, se ha corrido el eje de la marginalidad. Uno cree que se trata de marginalidad social o económica, pero no es así. Tuve acceso a un estudio sobre más de 700 casos, que establece que el 54% de los chicos es de clase media o media baja. Lo más curioso es que los de mejor familia delinquen con más sofisticación y frialdad".
Otro tema es qué se hace con los menores que tienen una causa. "En el caso de Lucas, la defensoría se oponía a la entrega, porque creyó que si se lo soltaba iba a perder conciencia del delito. Si se hiciera esto con todos los chicos, necesitaríamos diez institutos. Hay que cuidar que la internación no potencie la marginalidad", comenta Barberis.
Ahora, ¿cómo medir los riesgos que implica la libertad de un chico como Lucas? "La evolución es un interrogante, pero necesitamos poner un límite a su carrera delictiva. El criterio más fácil es encerrarlo. Otro, menos factible, sería continuar el tratamiento del chico afuera. Creo que muchos problemas se solucionarían con una bolsa de trabajo."
Las cárceles argentinas, se sabe, no facilitan la reinserción de los delincuentes en la sociedad. El caso de los institutos de menores no se aleja mucho de esta regla: "El encierro aumenta el resquemor en los chicos -explica el juez-. Terminan pensando que nadie se ocupa de su situación".
S., según cuenta Zonca, logró evitar la prisión y recuperó, por voluntad propia, un lugar en la sociedad. Pero es obvio que ni ese lugar está cerca de garantizar su plenitud, ni la decisión de volver a trabajar fue tan libre.
Por su edad, Lucas no es punible, pero está en observación. Barberis, apenado, se resigna ante los hechos: "Si en dos meses hizo dos robos, tenderá a recaer. Y lo que es peor, la perspectiva de ir a juicio no suele paralizar a los chicos". En su cara sombría se lee la preocupación de muchos.
El cine como generador de conciencia
En los años sesenta se planteó la posibilidad de que el cine -como otros lenguajes artísticos- pudiera tener una intervención efectiva en la dinámica social. Películas tan diferentes como La hora de los hornos, de Pino Solanas, o La chinoise, de Godard, referían a un estado avanzado del capitalismo, en el que la exclusión social crecía a paso firme. El tema persiste en el cine contemporáneo con otras formas -Pizza, birra, faso; Recursos humanos, Mundo grúa o el film de esta nota-, pero la exclusión aumenta a pasos agigantados.
La Revista habló con Octavio Getino (coautor del guión de La hora de los hornos), Andrés Di Tella (cineasta dedicado a documentales de tema político) y el teórico Ricardo Parodi, sobre las diferencias entre ambos cines y la posibilidad de crear hoy conciencia desde la pantalla.
Octavio Getino
"Pienso que hay dos razones que fundamentan la presencia de un cine de problemática social. Una es el mercado: hay una necesidad general de la gente de enfrentarse con imágenes en las que reconozca sus problemáticas; converge con esto la inquietud de muchos cineastas de intentar dar desde lo individual una visión que no dan los políticos ni buena parte de la intelectualidad.
"Después de la caída del Muro de Berlín se le dio un nuevo crédito al modelo neoliberal, pero su desarrollo frustró muchas expectativas y esto fue lo que llevó a una reflexión crítica.
Pienso que, dentro de la cultura audiovisual, el cine es quizás el medio más efectivo para contribuir a una mirada nueva sobre la cuestión política. Históricamente, el cine participó en una visión crítica, y hoy puede seguir siendo una herramienta para ayudar a recuperar lo que somos y lo que queremos ser.
"Para que el cine sea político tiene que operar en la realidad. El cineasta que quiera incidir sobre esa realidad tiene que trabajar desde la comprensión de lo que él es y de lo que puede hacer, y de lo que el otro es y puede hacer. El cine político tiene que llevar la realidad hacia lo deseable desde lo posible.
"Hace unos años, la gente dejó de ir al cine y, en consecuencia, dejó de estar en la pantalla. Entonces, el primer reduccionismo fue hacer un cine para la clase media; el segundo, hacer un cine para cineastas y críticos. Si se pierde de vista la realidad concreta, se fracasa.
La televisión no es ajena a esta temática. Con Okupas, Stagnaro supo establecer puentes de comunicación entre la marginalidad y los que la condenan, con el fin de discutir y lograr una comprensión mutua de esta problemática. Y ahora los productores independientes empiezan a ver en estos cineastas una posibilidad de enriquecer el lenguaje de la TV."
Andrés Di Tella
"Entiendo el cine como el relato de un viaje hacia otro lugar, como un viaje hacia el otro. Y veo que una parte importante del cine actual tiende a hacer ese viaje en busca de historias en los márgenes de la sociedad. El cine de hoy le cuenta a la gente de clase media cómo vive otra gente que está cerca, pero que resulta exótica, como los delincuentes y otros marginales. Esto produce un extraño fenómeno de identificación.
"Así que, no por nada, hay un cruce mayor en estos años entre el cine de ficción y el documental. Esto se puede ver en el Dogma 95, o en el uso de cámaras digitales, que permiten salir a la calle sin luces, o mezclar actores con no actores, y escapar así de la artificialidad.
"Creo que hoy el cine puede generar conciencia social. El modo actual de crear conciencia es diferente. La posibilidad de meterse en la vida de los marginales y mostrarlos por medio del cine ayudó a que mucha gente cambiara su manera de verlos.
"La polarización social en países como el nuestro, así como la inmigración en Europa, abre un gran campo de imprevisibilidad en cuanto a temas y problemáticas.
"Todo está en cambio, y esto nos lleva a preguntarnos si los parámetros que usábamos hasta hace un rato nos sirven para entender qué es lo que está pasando ahora. Si bien es cierto que el cine siempre tuvo la vocación de explorar todo lo nuevo, hoy hay una sensación de que lo nuevo viene de los márgenes. Esto pasa sobre todo en Europa.
"En la Argentina, en concreto, el nuevo cine posee mucha mayor capacidad de observación, se fija en el modo de comportarse de la gente antes que en el cómo debería comportarse, al revés del cine de los años 70 y 80, que se armaba para justificar una idea."
Ricardo Parodi
"Los nuevos realizadores comparten un descreimiento del discurso político, lo cual lleva a una producción de imágenes que transitan más por el lado descriptivo que por el del deber ser. Ya no se persigue un objetivo de concientización, porque tampoco se puede sostener una verdad con mayúsculas. Pero creo que esta renuncia a una direccionalidad política es en sí otra ideología.
"Por otra parte, no sé si hay tantos films de problemática social en la producción total del cine contemporáneo. "Creo que las posibilidades de enunciación hoy son mucho más amplias. Lo que aparece como problemática social es un intento de construcción de otra representación. Es lógico que en este propósito de encontrar un rasgo común identificatorio haya un intento de reencuentro con algo familiar, a partir del registro de ciertos giros idiomáticos, de gestos corporales, conductas y actitudes que también estaban ausentes en otras formas de representación.
"Ya en los años 60 se planteaba que, aunque uno realizara la película más subversiva del mundo, si este discurso era institucionalizado perdía toda efectividad.
"Lo más interesante del cine político contemporáneo se hace fuera de los circuitos comerciales: gente que sigue filmando en 16 mm, en Súper 8 y se niega a que su discurso sea remantizado como un producto más por el aparato institucional.
"En los años setenta, muchos realizadores promovían el hecho de que uno pasara al acto después de ver el film. Hoy los chicos ven una película como La hora de los hornos como si fuese un largo videoclip.
"No me parece extraño que lo social aparezca en un contexto donde todo es imagen. Y aparece en el sentido de suplir el vacío dejado por el cine político, pero a condición de convertirse en un reencuentro de una palabra común entre el espectador y el realizador."
S. vive en una sociedad desarrollada, pero eso no le garantiza evitar la exclusión y la marginalidad Octavio Getino, Andrés Di Tella y Ricardo Parodi






