Perdió a dos amigas por problemas de peso y creó un método para sanar desde la mente
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Tiene recuerdos de una infancia feliz junto a su abuelo y a su padre que le transmitieron la pasión por la aventura y el amor por las alturas. Por eso, en cuanto tuvo la edad suficiente, no dudó en cumplir con las 40 horas de vuelo que le permitían obtener su licencia de piloto monomotor. Pero fue en la adolesencia cuando surgió en ella una preocupación constante y angustiante por su cuerpo. "Coincidió con el inicio de las salidas con los chicos, el querer estar linda y ser aceptada, sumado a la presión social que hace un culto a la delgadez. Ahí empezó mi sufrimiento y mi viaje por cuanto médico y tratamiento para adelgazar estuviera a mi alcance", recuerda Pinky Zuberbuhler (50).
En esa época las pastillas para bajar de peso estaban "de moda" y Pinky quería mantener la silueta aunque fuera alto el costo que su cuerpo tuviera que pagar. Por todos los medios intentaba mantenerse por debajo de los 50 kg pero tenía facilidad para subir de peso y ganaba rápidamente lo que lograba bajar. "Cuando era joven y tenía unos kilos de más, iba al médico que me recetaba anfetaminas, unas pastillas que te sacaban el hambre y te aceleraban. ¿Cómo no íbamos a bajar? Al dejarlas, volvía a subir todo y más que antes. Era el famoso efecto rebote. Llegué a tener 20 kg de sobrepeso: o me comía todo, o no comía nada. Hice todas las dietas habidas y por haber".

No era la única de su círculo de amistades que recurría a esa herramienta de fácil acceso pero de resultados peligrosos. "Recuerdo que una de las chicas que también tomaba pastillas sufrió un brote psicótico. Y cuando terminamos el colegio, una de las amigas con las que veraneaba se suicidó. Años más tarde supe que había padecido bulimia. Pero en ese entonces no se hablaba de la enfermedad y tampoco había contención".
Fueron hechos que la marcaron profundamente. Y decidió que tenía que aportar su granito de arena para que otros no pasaran por lo mismo. Estudió en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires y se recibió de nutricionista. Aprendió a nutrir el cuerpo. Y de ahí en más no dejó de formarse. Se especializó en nutrición deportiva, en mindfulness, investigó sobre la inteligencia emocional y se definió como una eterna aprendiz.
Sin embargo, en 2008, los ataques de pánico se presentaron como una angustia de muerte que, luego de largas noches oscuras, la cambiaron para siempre: su mirada se hizo más profunda. "Mis ataques de pánico surgieron luego de un viaje, aparecieron miedos no enfrentados, miedos que no sabía que tenía. Fue el comienzo de un viaje de autoconocimiento increíble. Sentía pánico a la oscuridad, tenía taquicardia, diarrea e insomnio. Empecé a ir a un psiquiatra, me recetó un ansiolítico -que no tomaba porque quería ser valiente- pero que llevaba a todas partes como amuleto de seguridad".

Pinky asegura que esa etapa fue una de las peores de su vida. Y, sin embargo, acalara que hoy agradece esos ataques de pánico, porque la llevaron a conocerse, a conocer el funcionamiento cerebral y a descubrir que el hombre no debe ser esclavo de sus pensamientos. "No somos los pensamientos. Ni siquiera son mis pensamientos, son solo pensamientos aprendidos, escuchados, heredados, son del pasado, no son míos. Aprender a diferenciarme de mis pensamientos a través de la meditación fue mi sanación".
Pronto se dio cuenta que podía trasladar aquella experiencia a sus conocimientos sobre nutrición y ofrecer un tipo de ayuda diferente. Fue entonces que descubrió los circuitos de recompensa cerebral. "No logramos adelgazar definitivamente, porque tenemos hábitos, circuitos neuronales inconscientes, que se activan automáticamente. Primero hay que detectarlos y luego crear hábitos nuevos. Entonces además de nutrir el cuerpo, hay que aprender a entrenar la mente y es finalmente cultivando el espíritu a través de atributos como la inteligencia, la voluntad, la atención y la intención como logramos reintegrarnos completamente".

Escribió dos libros "Nutrición del alma" y "Vivir desde el alma" y fundó un centro ("Nutrición del alma") que aborda en forma integral la problemática del sobrepeso. Se define como una enamorada del potencial humano e insiste en que somos seres humanos ilimitados con inteligencia y voluntad para lograr lo que nos propongamos. "Nuestro cerebro es entrópico. Eso quiere decir que es muy eficiente, una vez que algo le funcionó, sigue el mismo camino siempre, no frena a pensar en nuevos caminos. Es como una huella neuronal. Por ejemplo, si cada vez que llego cansada del trabajo, voy directo a la heladera, lo sigo haciendo por mas que mi objetivo sea adelgazar".
Así, está convencida de que no importa qué comemos, sino cómo comemos. Por eso, una de sus recomendaciones es evitar las creencias cerradas sobre lo que engorda, lo que no engorda o cuántas calorías tienen los alimentos. "Si uno piensa que algo que come lo va a hacer engordar, seguro va a aumentar de peso. Lo ideal es tener una visión benévola con uno mismo, agradecer los alimentos, bendecirlos. Hay que tomar conciencia de que comemos para vivir y de que el cuerpo necesita todo pero, fundamentalmente, necesita buenos hábitos", concluye.

El deporte siempre la conectó con la naturaleza y con su mente activa. Corrió la maratón de Nueva York, hizo el Cruce Columbia (un desafío de tres días que une en 100 kilómetros Chile y Argentina) y el Tetratlón de Chapelco, entre otras competiciones. Además de correr, alienta a sus "paz-sientes" (como cariñosamente los llama) a moverse y salir de su zona de confort. Este año, su trayectoria y pasión por el deporte la llevaron a ser conovocada como la nutricionista oficial del Summit Aconcagua 2018, un proyecto solidario diseñado para alentar la vida sana y el deporte con 12 participantes símbolo de resiliencia y superación.
La voz del especialista
María Agustina Murcho es licenciada en Nutrición por la Universidad de Belgrano. Se desempeñó como nutricionista en el Hospital Privado Modelo de Vicente López y el Sanatorio San Lucas de San Isidro. En este audio explica la diferencia entre comer por hambre y comer por ansiedad.
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