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Historias que inspiran

Perseverancia. La historia de Pablo, de fan a telonero de Slash

Leonardo Ferri
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15 de mayo de 2019  • 16:34

A comienzos de la década del ‘90 los adolescentes eran muy distintos a los actuales. Ni mejores ni peores: diferentes. Un mundo sin Google, sin sistemas de mensajería instantánea, sin teléfonos celulares y sin Spotify que albergaba jóvenes menos ansiosos. La paciencia resultaba clave para todo, porque para buscar información, para comunicarse o para escuchar música siempre había que ejecutar una tarea previa: conseguir un diario o una revista, escribir una carta (o hacer un llamado) o ir a comprar un disco. Las cosas no llegaban: se las iba a buscar. Pablo Name pasó por todas las etapas del ejercicio de la paciencia desde que vio por primera vez a Slash, su ídolo y último gran héroe de la guitarra. Porque entre aquel primer contacto a través de un video y el primero cara a cara pasaron 20 años; y porque aquella primera charla con el tipo que más admiraba implicó imponerse a sí mismo una espera extra.

¿Cómo fue el primer encuentro con Slash?

Fue en Ezeiza, cuando fuimos a buscarlo al aeropuerto. Me dijo que le gustaba mi remera. No una, dos veces. Era negra y con un estampado de Bettie Page. Me pidió que se la regale y yo le dije que no, porque era una de mis remeras favoritas. Y él me ofreció cambiármela por una de las suyas.

Una negativa extraña en el contexto de una primera charla con tu ídolo de toda la vida...

Soy bastante serio cuando trabajo, pero por dentro el fan explotaba, no lo podía creer. Yo mismo lavé y planché la remera, y se la di. El día del show me llama al camarín. Entro y ya estaba todo lookeado, con su galera y la remera, y me dio una de las suyas. Era una remera de El Padrino. Él usó la de Bettie Page esa noche en el teatro Vorterix, la misma noche en que se subió a cantar Lemmy de Motörhead.

El 5 de diciembre de 1992, con apenas 13 años, Pablo se perdió la fiesta de fin de año de la escuelita de fútbol para quedarse en el buffet del club viendo el primer show de Guns N’ Roses en River. Los días previos circularon algunas fake news precoces: que Axl Rose iba a prender fuego sus botas al volver a su país, que la banda había quemado una bandera argentina en un show. Una adolescente se suicidó en un contexto familiar jodido, pero el periodismo decía que fue porque su papá no la dejó ir al show. Un allanamiento intentó encontrar drogas en el hotel. Un presidente los calificó de "forajidos". Rose dio una entrevista exclusiva vestido con la camiseta del seleccionado nacional, pero no dijo que la Argentina tiene el mejor público del mundo ni que nos ama: dijo que se la puso porque se la regalaron, y que le había parecido un buen gesto pacificador. El rock todavía podía ser impredecible.

Seis meses después, el 16 de julio de 1993, los Guns volvían al país para cerrar una gira que llevaba más de dos años. Hacía mucho frío y Pablo ya tenía 14, era más grande. Estaba con Oscar, su papá: Pablo había comprado dos entradas con unos ahorros que tenía. La previa había estado buena: ambos compartieron videos de la banda, comentaron las canciones, se entusiasmaron. El día del show Pablo estaba emocionado: la sensación de la música fuerte en un estadio, miles de personas disfrutando, la banda desplegándose de una forma mágica. Un antes y un después en su vida, y la sensación de poder llevarse el mundo por delante. "Yo no sé de qué manera, pero quiero hacer esto", le dijo a su papá. Oscar no le compró una guitarra: le dijo que se la tenía que ganar, y lo que sí le termina comprando es un equipo para pasar música en pequeños eventos sociales. Viernes, sábado y domingo musicalizaría algunas reuniones, y con la plata que haría Pablo podría devolver la plata del préstamo y juntar para la guitarra.

Hoy Pablo agradece esas lecciones que le enseñaron el valor del esfuerzo. Su primera guitarra -una FAIM Les Paul, "lo máximo a lo que podía llegar con la plata que tenía y lo más parecido a lo que tocaba Slash"- la pudo comprar después de mucho ahorro y de restaurar una batería que encontró tirada en un volquete, que vendió por $100, exactamente lo que le faltaba. Al poco tiempo consiguió una guitarra española. "Estaba rota, desafinada y le faltaba una cuerda, pero yo creía que tocaba el final de ‘Patience’, la primera canción que aprendí", dice.

Sueños y objetivos

Pero una cosa es el sueño y otra cosa es el objetivo. Pablo siguió tocando arriba de los discos, se compró revistas con tablaturas y armó una primera banda que se llamó Piel y Huesos, con su gran amigo Sebastián Bertini. Que esas 60 o 70 personas que fueron a su primer show en un quincho en un cumpleaños se transformaran en más y que él pudiera dedicarse a la música era sólo un sueño. El objetivo, en cambio, era mucho más realizable: "vivir de esto", como le había dicho a Oscar. Como cocacolero, vendedor de merchandising, guitarrista, manager o productor.

Su fanatismo por GNR lo fue acercando a quien después le ofrecería un trabajo, Daniel Chino, uno de los directores de MTS Producciones. Un legendario show de Gilby Clarke en el Roxy (en el que estuvo Charly García) lo puso en el radar de la seguridad: lo echaron cuatro veces del VIP, donde se había colado para charlar con el guitarrista. Después de tanto frecuentar el ambiente terminó siendo una cara conocida para el Chino, que le ofreció trabajar para él. Name ganaba $1400 en una agencia de publicidad, pero aceptó irse por menos de la mitad. "Había que sufrir para hacer lo que quería", dice. Y así terminó trabajando con Steven Adler, con Clarke, con Duff McKagan, con Velvet Revolver y después con Slash. El 80% sociable de los Guns.

Cara a cara con Slash

Ya en su actual trabajo tuvo la oportunidad de establecer una relación con Slash. "La negativa a darle la remera fue más que nada una manera de ganarme su respeto, de ser lo más profesional posible", dice. "Nunca me mostré como fan, ni siquiera hasta ahora. Creo que igual lo debe saber, porque muchas veces hablamos sobre cosas que él no recuerda pero yo sí, entonces supongo que ya se habrá dado cuenta", ríe.

Pablo compartió con Slash las giras de 2011, 2012 y 2015, y ambos establecieron una relación de la que prefiere no dar demasiados detalles para no violar esa intimidad de la que el propio guitarrista lo hizo parte. "Sí nos escribimos, cada vez que viene nos vemos, intercambiamos ideas de guitarras, de música… A Slash siempre lo sentí como si fuera un amigo del barrio, por su sencillez, por su amabilidad, por su onda, su sarcasmo, su buen humor. Es tímido e introvertido y no le gusta estar con gente que no conoce, por eso todo esto tiene otro valor", dice.

Lo que Pablo quizás no imaginó es que aquel deseo de "vivir de esto" terminaría con el nombre de su banda junto al de su ídolo. Neuroína -la banda de rock and roll vintage y moderno que integra- será el acto de apertura en los shows que Slash ft. Myles Kennedy and The Conspirators dará el 15 en Rosario, el 17 en el teatro Gran Rivadavia y el 18 en GEBA. "La gira actual no la hizo MTS Producciones, pero Slash nos invitó a participar. No pude creerlo hasta que lo vi en los afiches, y medio que todavía no lo creo. Sinceramente es un sueño hecho realidad porque siempre lo quise, más allá de conocerlo a él", admite, dejando hablar un poco al fan.

Hoy telonero, ayer fan, Pablo ya no toca con una FAIM porque desde hace un año tiene una Gibson Les Paul Honeyburst. Había pasado por otra Gibson totalmente negra, que el propio Slash decoró con uno de sus dibujos y que por eso ya no sale de su casa. "Con el tiempo esas cosas se fueron dando, pero desde aquel momento con 14 años, quise enfocarme en esto. Después vas conociendo gente, abriendo caminos, recibiendo palazos, sufriendo, dejando cosas de lado, tomando elecciones que te alejan de algunas cosas pero te acercan a otras… Fue lo que pasó, y estoy conforme con todas ellas. Y en parte se lo agradezco a mi viejo, porque bien podría haberme dicho que no vaya, que eran unos violentos, unos forajidos… Podría haber pasado eso, pero mi viejo me alentó. Seis meses después se murió, pero me dejó un lindo legado", dice. Una enseñanza de que con paciencia -eso de lo que habla la primera canción que aprendió a tocar- las cosas llegan.

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