Philippe Starck: “Busco crear un futuro lo más bello posible ”
Hacedor de objetos inesperados que se volvieron icónicos, el parisino diseñó desde un yate millonario y hoteles hasta artículos de uso cotidiano. Autodidacta, trabaja 18 horas diarias rodeado de música y perfume, y... desnudo
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NUEVA YORK
"Creo que en la Argentina hombres y mujeres fueron creados exclusivamente para el sexo.” Me lo dice Philippe Starck, contundente. Jasmine Abdellatif, su mujer/mánager/administradora de los tiempos que dedica a periodistas y cable a tierra a sus excentricidades, lo mira con cierta sorpresa. Parece que a esto ni ella se lo esperaba, pero Starck sigue encantado. “¿Y los polistas argentinos? ¡La pesadilla universal de los maridos del mundo entero! Todos tenemos esta imagen de que algún día nos vamos a encontrar en la misma sala con un polista argentino –por definición espléndido, chic, posiblemente rico– y nuestra mujer nunca más nos volverá a mirar. ¡Lo peor es que la entenderíamos perfectamente!”
Hace más de una década y media que Starck, diseñador detrás del Faena en Puerto Madero, no viaja a la Argentina, pero dice que recuerda Buenos Aires perfectamente. “Imposible de olvidar porque es la ciudad más sexy que conocí en mi vida; las mujeres más bellas, pero también los hombres. Los porteños huelen a pasión con un poco de lluvia y un poco de locura. Bastante locura. Es como si hubieran sido puestos en la Tierra sólo para realizar todo tipo de actividad sexual.”
Pero la Argentina es más que Buenos Aires. ¿El resto del país es asimismo una sex-machine?
Lo que me llamó la atención fue la Patagonia. Allí el olor es a un vacío paradójicamente rico y contundente, a un verde sin agroquímicos y con rosa mosqueta. Es el olor de la dimensión, del largo y del ancho infinito. A diferencia de Buenos Aires, que es tan concreto, la Patagonia tiene un olor abstracto a la tierra interminable, pero que es tremendamente sugestivo. Es sensual de una manera mucho más sutil.
Que el tema de los olores salte tanto en la conversación con Starck no es casual. El motivo del encuentro del diseñador que saltó a la fama en los 80 al ser contratado por François Mitterrand para rediseñar los departamentos privados del Palacio del Elíseo y que desde entonces ha tenido diseños expuestos en el Musée National d'Art Moderne y el Musée des Arts Décoratifs, el MoMA en Nueva York y el Design Museum en Londres es el lanzamiento de su primera línea de perfumes.
“En realidad soy bastante autista, si no me crees preguntale a mi mujer”, confiesa, y ella, siempre atenta, asiente. “Ahora hablo porque es lo que tengo que hacer cuando sale un producto, pero si no ando en la mía todo el tiempo y lo que menos me gusta de mi trabajo es ocuparme de la prensa”, agrega con una gran sonrisa que quita todo tipo de agresividad a sus palabras. Además, lejos de ser los típicos entrevistados que se ponen en piloto automático y responden generalidades desinteresados cuando están de gira promocional, Starck no sólo se muestra visiblemente entusiasmado cuando le cuento que soy de un medio argentino: también está más que dispuesto a hacer confesiones personales sobre el origen de su interés por las fragancias.
“Todo empezó con el divorcio de mis padres cuando yo tenía 6, 7 años. En la burguesía francesa cuando una mujer se divorcia, sus padres típicamente le ponen una tienda de perfumes, que es exactamente lo que hicieron mis abuelos. El tema es que claramente no conocían bien a su hija.”
¿Por qué?
Era monísima y lo único que quería era estar afuera coqueteando con los hombres y tener novios nuevos. Teníamos cero clientes, pero mis abuelos dejaron un tocadiscos con una selección de música clásica exquisita. Yo pasaba las horas ahí, solo en lo depósitos, entre la música y los perfumes semiabiertos. Era como una droga, me hacía volar. Luego aprendí que el olor es la forma más directa de algo externo al interior de nuestro cerebro. Pero en esa época no la pasaba nada bien. No tenía amigos en la escuela. No entendía a la sociedad y ya veía a la escuela como un símbolo de la sociedad. Mi única escapatoria era la imaginación. Y, aunque fue un período doloroso, aprendí a usar el olor para transformar mi imaginación en creatividad.

¿Hoy lo sigue usando?
Cuando soy productivo trabajo unas 18 horas diarias rodeado de música y perfume, muchas veces desnudo. Mi mujer y yo tenemos una serie de cabañitas en distintas partes del mundo donde periódicamente nos encerramos. No vamos a cócteles, no vamos al cine, no tenemos televisión. Sólo leo y trabajo sin gastar energía en otra gente. Son los períodos en los que estoy aislado los que me permiten desarrollar tantos proyectos por año. Luego hay una época en la que tengo que estar con la prensa, los clientes, o los ingenieros y el equipo de especialistas que van a desarrollar mis productos. Yo no uso la computadora, pero le doy instrucciones verbales a mi equipo junto con bocetos, y por más complejo que sea el proyecto, entienden perfecto lo que yo quiero plasmar. Es que en francés hablo de manera muy precisa. En inglés, en cambio soy una vaca.
“Una vaca” supongo que es el equivalente starquiano a decir que habla “como un perro”. La realidad es que tienen un acento muy fuerte, y se vuelca a su mujer para que lo corrija en la traducción de alguna palabra, pero todo esto es también parte de su mística que fascina a los anglosajones. Aunque, ocasionalmente, da lugar a situaciones bizarras.
Por ejemplo, quedó casi como un mito urbano cuando un columnista de GQ, publicó que Starck le dijo: “Lo más importante en la vida es un pene. Sin un pene el hombre no puede hacer nada”. Después resultó que Starck había querido decir que lo más importante y sin lo cual no se puede hacer nada es happiness (la felicidad), pero con el fuerte acento galo y la “h” silenciosa, happiness sonó como a penis, “un pene” en inglés.
Dado que las referencias al sexo pueden ser evidentemente parte de cualquier charla con Starck, esto no resultaba particularmente llamativo; pero sí resultaba paradójico dada la visión tan crítica que tiene el diseñador sobre el género masculino.

“No me gustan los hombres. No respeto a los hombres. Me parecen estúpidos. Me parece que ya fueron. Si a mí me va bien en el trabajo es porque soy altamente femenino. Estoy casado con una mujer divina y tengo cinco hijos, esto no tienen nada que ver con el sexo. Pero creo que lo único que puede salvar a los hombres es reconocer lo femenino que llevan dentro. Mi perfume es un ejemplo de eso: luce para hombres, pero adentro tiene un destello rosado. Creo que representa lo que puede salvarnos; reconocer y usar ese destello es lo que puede darnos un poco más de tiempo útil cuando el futuro es de las mujeres, que cada vez nos necesitan menos.
Pero ¿qué tienen de tan maravilloso las mujeres?
Obviamente, no soy el primero que lo dice, pero es el misterio. El que no haya forma de que los hombres las entendamos. Y eso nos deja fascinados. Es el misterio absoluto. Aclaro que dentro de todo soy de los que más cercanos han estado a las mujeres. Todos somos productos de las mujeres, pero yo más que nadie. Casi no hablo con hombres en mi vida cotidiana, y nunca hice nada de lo que hacen los hombres. El otro día fui por primera vez a un partido de fútbol. Era en Lisboa, con unos 700 mil tipos gritando a lo loco. Yo estaba que me quedaba dormido del aburrimiento, fui porque me pareció que es algo que hay que hacer al menos una vez en la vida. Pero no lo repito.
¿Aunque le ofrezcan un contrato multimillonario para diseñarle la camiseta al equipo, por ejemplo?
Yo respeto el poder de la pasión. Personalmente, me parece muy raro, pero respeto que haya gente que sienta que lo que pasa en un campo verde define el futuro de la humanidad, o lo que hacen ciertos atletas para poner una pelota en el arco; respeto que haya gente que por hacerlo bien sea considerada un dios, y la manera en la que esto es el sueño de millones. Pero no es mi mundo. El club más famoso del mundo ya vino a pedirme que les haga las camisetas, pero les dije que no. Hubiera sido, simplemente, una impostura.
¿Siempre es tan consecuente con sus principios?
Soy un vegetariano comprometido salvo cuando voy a Buenos Aires.
Philippe Starck nació en París en 1949. Su padre era un ingeniero aeronáutico de quien aprendió que a la creatividad hay que agregarle rigor. “Si querés que un avión despegue, tenés que crearlo; pero para que no se caiga, tenés que ser riguroso”, explica. De él también dice que tomó el modelo de una profesión donde hay que utilizar la cabeza para poner pan en la mesa para los hijos. Su madre, antes de tener la tienda de perfumes del divorcio, se dedicaba a la pintura. Hizo un paso por la famosa École Camondo de Diseño, pero a los 19 años armó su propia empresa de venta de objetos inflables cool y fue básicamente autodidacta el resto de su vida.
“A los jóvenes diseñadores yo les recomiendo que no le presten atención a nadie más, que no crean nada de lo que leen en las revistas; que no miren televisión. Lo único válido es estar frente a uno mismo, tener una visión propia e ir tras ella”, dice a La Nación revista.

En sintonía con esto, con sus primeros ahorros Starck se tomó dos años para recorrer el mundo porque consideraba que era el mínimo indispensable para una buena educación. “Cuando se viaja así no se está frente al mundo, se está frente a uno mismo –señaló–. Dos años frente a uno mismo constituyen una buena educación.” Claro que Starck siendo Starck, nunca se puso una mochila al hombro: declara que “siempre amó la elegancia, aún cuando no tenía dinero”, y que ser mochilero es la antítesis.
En la actualidad, su visión de los viajes sigue siendo bastante particular. “Viajo porque estoy obligado, pero lo odio. Soy el peor turista del mundo. Nada me interesa. Nunca visito museos ni galerías de arte. Soy el rey del room service”, declaró recientemente a una publicación de viajes británica.
Incluso cuando lo entrevisté en Buenos Aires en 2000, se declaró un gran conocedor de la ciudad a pesar de haber pasado sus cinco visitas encerrado en un cuarto de hotel (“la gente me la transmite: los veo vibrantes, un mestizaje resultado del mejor cóctel de raza, tierra y cultura”, me había explicado).
Todo para él es, simplemente, mirarse a sí mismo, y esa filosofía evidentemente le funcionó: con ella creó objetos inesperados que se volvieron icónicos como los cepillos para inodoros que lucen como espadas (Excalibur, 1993), los matamoscas con caras humanas que se paran solos (Dr Skud, 1998), el exprimidor que parece o una araña o una nave espacial (Jucy Salif, 1990), o las sillas Luis XVI en plástico transparente (Louis Ghost Chair, 2002). Fue ganador del premio a la excelencia de la Escuela de Diseño de Harvard y nombrado Oficial de las Artes y las Letras por el gobierno francés.
Su estilo subversivo y sus comisiones cada vez más ostentosas lo convirtieron en la celebridad más reconocible del mundo del diseño. En los últimos años, diseñó desde el yate de 200 millones de dólares del oligarca ruso Andrey Melichenko hasta un puerto para vehículos espaciales en Nueva México para la compañía de turismo espacial de Richard Branson. Estima que tiene unos 200 proyectos por año. Pero perfumes no había hecho hasta ahora. “Trabajar con algo tan abstracto como el olor me hizo dar cuenta qué vulgar es lo material”, dice.
Y por supuesto que tenía que innovar radicalmente allí también. Además de un perfume para hombres y uno para mujeres, hay un tercer perfume. No es exactamente “unisex”, ni para un “tercer sexo” ni para quienes se están cuestionando su sexualidad. Todas esas ideas le resultan, evidentemente, gastadas. En cambio, dice que su tercer perfume está pensado para aquél que está “más allá”.
“Como diseñado por un alienígena”, dice, no del todo en broma. Las fragancias estarán disponibles a partir del año próximo en la Argentina.

“Desde que nací me sentí que yo no pertenecía a nada, que siempre estaba sobrevolando lo que pasaba. No era una sensación necesariamente agradable, pero quise transmitir desde el olfato ese recuerdo del más allá. La nariz que estaba a cargo pensaba que era una “misión imposible” estilo Tom Cruise, pero le fui diciendo exactamente lo que quería, que es para lo que soy bueno. No en términos de aromas concretos sino de ideas. Quería el olor del vacío mezclado con la nostalgia feliz; el olor del color gris y la tristeza positiva; el de la fertilidad que sale de las sombras. El resultado es el olor del espacio entre cosas maravillosas, que es algo maravilloso en sí…”
Jasmine me hace señales de que se acaba el tiempo. Mientras su marido luce el clásico look Starck “no me importa la elegancia cuando es para mí mismo” –jeans negros arrugados, campera de nailon gris con buzo con capucha con muchos lavados debajo, zapatillas, la barba de hace dos días, el pelo como recién salido de la cama–, ella es todo lo contrario. Tiene altos pómulos y ojos negros que perforan; el pelo en una cola de caballo tirante y ropa de corte severo pero impecable. Es el cuarto matrimonio para el diseñador, y está claro que funcionan en una especie de ying y yang, o “policía bueno/policía malo”. Él es la estrella que se muestra dulce y humano, ella es la directora de comunicación de su firma que le sopla las cifras del negocio cuando él las olvida, traduce los términos del inglés al francés que a él se le escapan y está muy alerta a que las entrevistas se manejen con la precisión de un sofisticado instrumento de relojería –idealmente algunos de los superfuturistas que diseña su marido.
Aún así, Jasmine ofrece hacerme una pequeña sesión de fotos con Starck. Sorprendida, acepto, y mientras posamos haciendo extraños gestos con las manos (su idea, naturalmente), sigue algo más la charla.
Starck me dice, por ejemplo, que trabajó en millones de proyectos, pero que, más allá de la estética y el elemento de diversión, siempre es el costado político de ellos el que le interesa. “Objeto a objeto puedo explicar cuál es el objetivo político de todo lo que he hecho.”
Con los perfumes, obviamente, hay algo de borrar fronteras. Incuso en las imágenes promocionales todo es tan nuboso que es muy difícil reconocer el sexo del modelo que es la imagen. Starck dice que esta falta de definición es especialmente importante para el perfume de mujeres. “Yo miro las publicidades en los medios y siempre son unas chicas espectaculares. Están muy bien, pero son imágenes que no tienen nada que ver con las mujeres que conozco en la vida real –y creeme que conozco chicas muy lindas. La publicidad en general quiere imponer un modelo u otro modelo de belleza cuando, como decíamos, el elemento femenino clave es el misterio. Y en el centro de ese misterio hay algo masculino también. Lo que hace falta son imágenes donde todo el mundo pueda verse reflejado.”
Le pregunto si fue difícil convencer a sus clientes de toda esa teoría. Starck responde que no porque él no es una diva, sino que cada decisión está dispuesto a explicarla en detalle. Y que sólo toma comisiones donde se siente que hay un calce perfecto para su estilo. “Tiene que ser una historia de amor”, dice respecto al trabajo conjunto tanto con los clientes e inversores como los técnicos y especialistas que van a convertir sus ideas en productos para la vida real “para que nazcan niños lindos la mamá y el papá tienen que estar enamorados”, es una máxima al respecto que suele utilizar.
Cuando lo entrevisté en el año 2000 dijo que creía que el futuro del mundo estaba en América latina, en la Argentina en particular. ¿Lo sigue creyendo?
Fui demasiado ambicioso con ese comentario. Con lo que el mundo cambió desde entonces, no me animaría a pronosticar nada a nadie, todos tomamos conciencia que todo lo que creíamos eterno puede colapsar en cualquier momento. Mi visión del mundo, como la de tantos, cambió mucho desde entonces: ahora lo único seguro es lo incierto, y somos todos frágiles.
¿Y cómo se diseña para una era de incertidumbre?
Yo creo que la obligación moral de cada uno es seguir haciendo su trabajo de la mejor manera posible y asi participar de la historia. Tener algún tipo de visión y desarrollarla con coraje, obstinación, honestidad y elegancia en las relaciones con los terceros. Entre todos hay que crear un futuro lo más bello posible y yo pongo mis pequeñas herramientas de diseñador al servicio de eso. Puede ser una idea estúpida, pero es todo lo que sé y siento verdadero.

1949
Nace el 18 de enero en París. De su padre, ingeniero aeronáutico, aprende que a la creatividad hay que sumarle rigor
1969
El diseño de una estructura inflable de Starck llama la atención de Pierre Cardin, que lo lleva a trabajar con él
1983
El presidente François Mitterrand lo contrata para rediseñar los departamentos privados del palacio del Eliseo. Es su gran salto a la fama
1984
Diseña el Hotel Costes en París. Le siguen el Delano (Miami), Royalton (Nueva York), Sanderson (Londres) y Fasano (Río)
1990
Realiza sus objetos más famosos, como el cepillo-espada (1993), el exprimidor (1990) y las sillas Luis XVI transparentes (2002)
2004
En Puerto Madero se inaugura el Faena Hotel + Universe con su diseño
2012
Publica su libro Impression d'Ailleurs, de entrevistas con Gilles Vanderpooten, y diseña el yate de Steve Jobs
El futuro
Con más de 200 proyectos por año en su cartera, en 2017 se lanzarán en la Argentina los tres perfumes que diseñó
FOTOS Cortesía PYD Perfumes y Diseño y AFP






