
Plata, plata
Acusada de pervertir, de ensuciar, de tapar o de disimular verdades. De avara, de egoísta. Siempre sospechosa. El estigma sobre la plata es tan caro que ni toda ella lo ha podido pagar.
Para muchos, querer ganar plata es la decadencia de la ambición noble, es el fin de las buenas intenciones y de la auténtica preocupación por el bien común.
Los que tienen plata son inmorales por no repartirla a los pobres, son fríos, calculadores y faltos de sensibilidad social.
No tener plata, en cambio, da derechos inagotables. A recibir compasión, dádivas y reconocimiento entre muchas otras cosas que "corresponden".
Está muy difundida una asociación casi automática del concepto de plata al de la corrupción de las personas en la obtención y uso del dinero. Y entonces no hay quien merezca mayor discriminación ni menor compasión que aquel que tiene mucha plata.
Contrariamente al prejuicio instalado, la plata es una herramienta que se ideó para la justicia, para hacer más ágil y preciso el intercambio comercial que se regía por el trueque. Su uso fue aceptado universalmente como medida de valor. Un valor que cada cosa habría de ganarse según un criterio racional preestablecido.
La plata no discrimina. Un billete de diez vale diez para un joven o un viejo, un nativo o un inmigrante, una persona de cuerpo atlético u otra que vive postrada.
La plata hay que ganarla. La sola necesidad de un hombre no alcanza ni le da derecho a obtenerla. Por ello, cuando alguien la consigue en buena ley, debiera ser un mérito y no un desprestigio.
Está ciertamente extendida la práctica de obtener dinero por vías corruptas, de utilizarlo con fines extorsivos, autoritarios, arbitrarios. También las prácticas lamentables de ostentar, de malgastar o de determinar precios al tun tun. Pero la villana no es la plata ni es deshonrosa la ambición económica.
Existe un gran descrédito del dinero porque está regido por principios que proceden de la razón y no de los sentimientos, como si fuera cruel todo lo que no se afilia a la lógica de las emociones. Como si la justicia, la resolución de la pobreza o de cualquier problema pudieran conseguirse sólo con el corazón.
Por supuesto que no sólo con plata se salvan el hombre y el planeta entero. Pero su existencia no puede subestimarse: el desafío es la conquista legítima para ponerla al servicio de los fines más nobles que cada uno elige.
Como toda herramienta, se puede utilizar para bien o para mal. Por eso sería conveniente eliminar el estigma negativo que carga la plata, educar para conocer sus riesgos así como para asumir su responsabilidad y predicar más fuerte las bondades de este medio en la construcción del bien.
Suele decirse despectivamente de las empresas que quieren ganar plata. Es una suerte si eso las mueve a generar valor para recibir a cambio dinero que servirá para fines productivos, beneficiando a individuos y a la sociedad. Lo malo es cuando una ambición voraz lleva a conseguirla sin respetar las vías justas para obtenerlo y entonces aparecen el robo, la explotación, la denigración. Pero no es la pretensión de obtener dinero la culpable de esos males, sino los medios injustos que una moral degradada está dispuesta a utilizar con ese fin.
Generar trabajo digno y pagar a cada uno lo que merece tiene consecuencias directas y beneficiosas en la vida de la gente. Más que los discursos conmovedores de ayuda gratuita que no construyen el bien, lo regalan. Y los regalos son buenos en tanto son extraordinarios, en tanto no vulneran el valor de la conquista.
La plata es buena como medio, no como fin. Interesarse por ella no intoxica el corazón ni nos vuelve materialistas. Lo físico y lo espiritual hacen la mejor dupla en la tierra.
Desacreditar el valor del dinero no castiga a los abusadores ni beneficia a los trabajadores. En cambio, fortalecer la idea del dinero como medio legítimo y justo para intercambiar valor por valor es fortalecer la cultura del trabajo, del mérito y de la razón.
El bien común no se consigue con el regalo de alguien. Se construye con el trabajo de hombres que sepan cómo hacerlo, cómo ganarlo. Y requiere de un corazón tal vez menos estereotipado que el de telenovelas, pero que lata igual de fuerte.
La autora es periodista de la Redacción de LA NACION






