Por qué "más" no es siempre "mejor"

Miguel Espeche
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28 de febrero de 2015  

Los chicos "van por todo". Están hechos para querer, desear y pedir. Es ley de vida que así sea, ya que el "no" corre por cuenta del gremio paterno, que sabrá administrar -mejor o peor- los afanes infantiles. Por eso lo que ven, cuando les gusta, lo quieren ya. Los chicos no se dan cuenta de las implicancias de lo que ese deseo "angurriento" significa. Su amiguito va a fútbol, él quiere ir a fútbol. Pero vio también que está bueno saber dar patadas voladoras, por lo que sería genial ir a karate y, a la vez, como agregado de sus padres, para no ser tan "duro", podría estudiar guitarra para desarrollar el lado artístico, ya que, se sabe, es importante que las criaturas de Dios sean completas en su desarrollo. Por eso, aunque las horas sean tan sólo 24, se hace todo, pero todo, para el bien de esos atosigados niños.

Pero la verdad es que eso de estar con agendas apretadas no es propio sólo de esos chicos que, luego del doble turno en el colegio, se suben a esa suerte de remise que es el auto de sus padres y van a cumplir con la extensa lista de actividades extraescolares que, se supone, sumará a su calidad de vida. Con sólo mirar su propia agenda, los padres se darán cuenta de que se corrobora aquello de "predicar con el ejemplo" y que los chicos están siguiendo los pasos de sus progenitores cuando extienden su jornada con taekwondo, arco, hockey, o lo que sea, al punto de preocupar a psicólogos, pediatras y docentes por la sobrecarga de actividades en chicos que, convengamos, debieran estar jugando y "paveando" como manda el sentido común.

Más no es siempre mejor. Y es bueno que el juego sea el juego, sin intereses ulteriores ni un concepto de productividad que contamine lo esencial de la infancia. Recordemos lo que decía Jaime Barylko: "Los padres son culpables de sentirse culpables". Si se siente que los chicos no están contentos con lo que son y lo que tienen, más que sumar actividades, habrá que revisar si es tan así o si se ha infiltrado el bichito de la culpa, que hace que los padres crean que su deber es "llenar" ese "vacío" demandante que son sus hijos, para no ser malos padres, abandónicos y esas cosas que aterran a los actuales e ilustrados progenitores.

El bienestar no se compra, se genera. Y la diversión sigue igual principio. Los chicos pueden quedarse en casa, sabiendo que el "estoy aburrido" los obliga a crear lúdicamente, sin afanes productivistas ni ambiciones de llenar vacíos que no existen.

Y luego viene lo de siempre: la intimidad con los chicos. Un ratito por lo menos. No para cumplir con el rol, sino para "estar" nomás. Eso los chicos lo valoran más que nada. Y los padres, cuando la agenda no lo invade todo, también.

El autor es psicólogo y psicoterapeuta

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