
Para muchos, la atracción del viejo por la nena se alteró por una nueva debilidad: las MILF.
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Por Nicolás Artusi.
Mientras que el síndrome El graduado (o American Pie, para las generaciones más cercanas) prolonga un mito edípico pero trasladado a la madre de otro, la ciencia de la vida cotidiana alumbra una nueva sigla: MILF, o "Mothers I’d Like to Fuck" (¿hace falta traducción?). Se dirá que estas cincuentonas o sesentonas espléndidas están por todos lados, fajadas en sus equipitos XS, leoninas en esas melenas que la convención peluqueril habrá recomendado recortar ya en años más fértiles. Se las verá hipererotizadas aun en la menopausia, excitadas como quinceañeras trémulas, liberadas más que sus hijas, que exigen un apto médico como permiso para dejarse tocar una teta, y desesperadas por quemar ese último cartucho, reinas las MILF de un país gerontofílico, donde "sex symbol" es un título vitalicio, aunque se haya llegado a la edad de ser abuela: Moria o Alfano.
La prensa generalista ocupará centimil con otra bolunota (esta vez, "Existe la fórmula de la pareja feliz"), después de que el European Journal of Operational Researh haya publicado que esa fórmula impone que la mujer debe ser más joven que el hombre para lograr un matrimonio exitoso. Mala suerte para la MILF promedio, en fijación constante por hacerse de un treintañero. Pero si el estudio cientificista o la tradición literaria (de Lolita para acá) celebran el vínculo de maduro con jovencita, una actualización de la guerra de los sexos pone al hombre en desventaja frente al desafío de la diferencia de edad: la veterana se despreocupa del pánico escénico a la hora de los hornos, pero el veterano tiene todo para perder.
Dicen que Sartre decía que, después de los 50, sus virtudes amatorias se limitaban a ser un esmerado "masturbador de clítoris". Un saber sexual & popular celebra que, con los años, ella gana en experiencia y él, en posibilidades de fracaso. Y si a la MILF le tocará ser celebrada como una mujer vital aun en la decrepitud, una tradición del humor glandular le dedicará al hombre el apodo de "viejo verde".
¿No nos estarán pidiendo demasiado? Confieso que, con insana curiosidad, siempre me detengo a observar esos matrimonios maduros en los que él parece disminuido en todas sus habilidades prácticas y ella, ay, ella, estimulada y tónica, con el culo enhiesto, rubia donde en la cabeza gemela abundan las canas, y siempre en complicidad con el empleado joven, acusa: "Dejalo, le agarró el viejazo".
Señores, somos víctimas. Reclamemos para nosotros el derecho a una madurez experimentada pero jamás patética. Adoptemos como lema la cita de la francesa Valérie Tasso, ex prostituta y autora de Diario de una ninfómana: "Un cretino, con la edad, se hace más cretino; pero un inteligente, con la edad, se convierte en un sabio".
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