
Porno chic: ¿el retorno?
Ganan credibilidad las mujeres que eligen sugerir antes que exhibir
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Para sorpresa general, en su reciente colección de verano, Yohji Yamamoto ha explorado el tema de lo sexy. Las prendas que imaginó, construidas con su rigor y su delicadeza habituales, poseen una sensualidad misteriosa, como se debe, y civilizada, como ya casi no se estila. Después del desfile, Yamamoto dijo a una periodista: "Mostrar el cuerpo es muy delicado. Cuando se lo muestra demasiado, se vuelve nada". Enorme verdad, pero quizá demasiado sutil para montones de profesionales de la moda que sólo ven y entienden lo que está subrayado o en mayúsculas o en negrita. A menos que elijan ignorarla a sabiendas, ya que, según un lema famoso, sex sells, el sexo vende.
En cualquier caso, toda una franja de industriales y diseñadores, y la habitual prensa cómplice siempre ávida de novedades, aun cuando no son tales, sino puro corta-y-pega, parece abocada a resucitar un gran momento del marketing de moda: ese dudoso fenómeno iniciado en la segunda mitad de los años 90 que se llamó porno chic.
Gucci es la marca que nuestra base de datos mental asocia de inmediato a esta conjunción de moda de alto precio y erotismo barato. La operación fue llevada a cabo por Tom Ford, diseñador texano, en complicidad con una estilista parisiense, Carine Roitfeld, catapultada entretanto al empíreo del fashionismo. En lo visual, la ropa era una revisión desde el lujo vistoso –brillo, cueros, metal, satén, terciopelo, paños– de un cierto chic fluido muy Nueva York (el Halston de los 70) y de la nitidez sastreril italiana (el Giorgio Armani de toda la vida), sometidos con malicia a sustracciones sugestivas en forma de escotes, tajos y recortes. Para esas mujeres, pensaba uno, que jamás se desvisten solas.
La gran astucia comercial consistió en asociar esta panoplia, a través de publicidades sistemáticamente transgresoras, a una atmósfera de decadencia cinco estrellas, una dolce vita posmo, que cautivó a un público pudiente, pero no refinado cuya mayor ambición estética no era lo elegante, sino lo cool. Y justamente la explicitación de lo sexual era considerado entonces el colmo de lo cool. Apreciarlo con un debido dejo de ironía garantizaba la pertenencia al club, aclaremos: para nada exclusivo, de los supuestos cancheros.
Tras un largo hiato, Tom Ford ha vuelto ahora a la moda mujer. Su opción sigue siendo la anexión de elementos eróticos a un guardarropa fácil y fastuoso. A una gala en Los Ángeles en honor de Ford las dos chicas malas del momento, Miley Cyrus y Rihanna, previsibles como la canícula en diciembre, llegaron ambas de pechos alegremente al aire, resaltados por un entramado de bandas de cuero en onda bondage los de la una, tras una transparencia bordada de pedrería púrpura en onda bataclana los de la otra.
Pero dos pop stars no hacen un verano. Predigo sin temor al papelón que salir a cenar en lolas no devendrá tendencia. En la realidad diaria ganan credibilidad sin perder seducción las mujeres que en la gestión de sus encantos eligen sugerir antes que exhibir, aludir antes que subrayar, sin pacatería pero sin piratería.
En tiempos de crop tops escuetos y aguerridos, y de minis de cuero al ras del traste y de transparencias y encajes de lo más desabrigados se hacen imprescindibles una notable cuota de cautela y un gran sentido del equilibrio –o del editing–. Darse en espectáculo no es signo de autonomía. Tampoco desde una pasarela.
Sabemos que chic y sexy están hechos para fusionarse. En una crónica por venir veremos cómo lo logran maestros como Yohji Yamamoto.
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