
Primer mundo al estilo europeo
Un rápido repaso de ciertas costumbres absolutamente naturales en las principales ciudades de Europa nos deja ver cuán lejos estamos todavía de ellas. No sólo por poderío económico: también por razones de cultura, urbanidad y buenas costumbres
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Europa es un deparador de grandes emociones de tipo cultural, llámense museos, catedrales, callejuelas, estatuas y demás. No es difícil extasiarse frente a tales portentos. Casi es obligatorio, pero el continente también depara otro tipo de emociones, sobre todo al visitante latinoamericano o de algún otro compendio de países en desarrollo. Son, también, emociones de tipo cultural, pero de un tono diferente, pues nadie puede comparar la Victoria de Samotracia o el Guernica con caca de perro embolsada.
Es que, simplemente, el visitante argentino no puede creer que existan los baños para perros; más increíble aún es que la gente -sus perros, mejor dicho- los use. Es emocionante, aunque no hasta límites de lagrimeo, ver que en Europa no existe la libertad de vientres que gozan los Fido o Sultán de la Argentina, y que transforma las calles en un asco.
Es decir, en Europa, o en buena parte de ella, existe la libertad de vientres, pero resulta muy cara. Si Fido se libera en Londres, su dueño deberá pagar una multa de 25 libras, unos 42 dólares. Para la caca de Fido están los dogs toilette -espaciosos rectángulos de arena- o el recurso de la bolsa y el tacho de basura. Estos dog toilette están en algunos de los parques de la capital inglesa, y se usan.
"Algunas veces hemos tenido que aplicar una multa por este tema -confía un guardia del Holland Park, en el centro de Londres-. Pero, realmente, no es algo muy común."
La lucha paneuropea contra la caca de perro es un buen ejemplo de lo educados que pueden llegar a ser en este continente. Es una lucha enfática que tiene su fundamento en estadísticas como la de París, donde las saludables mascotas legan a la humanidad 16 toneladas de caca por día. En París también hay varios baños para perros, pero en la capital francesa han ido más allá y han soltado a las calles unas máquinas, comandadas por operarios, que la clásica picardía francesa ha denominado motocrotte (motocaca) y que se encargan de recolectar este tipo de desechos.
Los ejemplos sobran; en Luxemburgo, por caso, las peatonales del centro abundan en unas máquinas que expenden bolsas, previa introducción de unas monedas, para ser utilizadas por los que pasean a sus mascotas con fines gastrointestinales.
A veces, esta lucha sin cuartel puede generar situaciones que parecen excesivas. En un añoso bosque de Rheinfelder, en Suiza, casi no hay señales que indiquen la presencia humana, a excepción de unos angostos senderos de tierra y de unos aparatos metálicos pequeños, verdes, que contienen rollos de bolsas de plástico listas para que la caca de perro no arruine tan virginal paisaje, ya un poco arruinado por esos mismos aparatos.
No es la panacea, Europa. Hay calles sucias, como algunas de Amsterdam. Hay gente malhumorada, como la que atiende en varios negocios de Madrid. Hay bastante contaminación visual en las grandes ciudades, aunque nunca como en Buenos Aires, hay baños sucios y hay gente que fuma donde no debería. Y hay casos aparte, como el de Italia: si uno viaja en tren por toda Europa notará que arriban y parten en el minuto indicado, pero, cuando se llega a Italia, los propios carteles de horarios de las estaciones contemplan oficialmente la demora; la demora ha sido institucionalizada.
Entonces, Europa no es la panacea de la educación, pero se hace evidente, al menos, cierta voluntad de respeto por los demás, por el espacio público, por el medio ambiente. La prueba está, por ejemplo, en la extendida política de reciclaje de residuos. En París hay, cada tres cuadras, un enorme tacho listo para recibir vidrio. Es algo que ocurre en todo el continente; en Barcelona son tres los tachos, y hospedan cartón y papel, vidrio y tetra brik. Lo sorprendente de Cataluña es que esta tríada de tachos está, incluso, al costado de rutas que pasan por vastos descampados.
En Madrid también proliferan estos tachos y allí se puede ver cómo son capaces de llegar al colmo del civismo: es usual que muchachos un tanto llenos de alcohol, que acostumbran amontonarse en las plazas de la ciudad, depositen allí las varias botellas que han vaciado.
En el caso de París, la gente, incluso, echa sus restos de vidrio en el tacho entre las 7 y las 22 como lo solicita un cartel, para evitar que el ruido de vidrios rotos moleste a los vecinos. "No, nunca vi que nadie tirara las botellas después de las 22", declara un policía que realiza la ronda nocturna. Como yapa, el Ayuntamiento de la capital francesa destina, por cada tonelada de vidrio reciclado, veinte francos (casi tres dólares y medio) a la lucha contrar el cáncer.
En varias ciudades europeas, tanto grandes como mínimas, los habitantes deben desprenderse de sus desechos convenientemente discriminados: vidrio, papel y orgánicos, plástico y metal.
Hay otra sorpresa europea que es un poco deprimente para el argentino, y más que nada para el argentino de Buenos Aires. El contraste es desalentador. Mientras que las pobres bicisendas porteñas están colmadas de autos estacionados, en Holanda hay una soberbia red de caminos para bicicletas -que incluyen carteles con indicaciones, como las de las rutas para automóviles- y un código de circulación que les da preeminencia por sobre los otros medios de transporte. El pedaleo es, en Holanda, un ejercicio de civismo y buenas costumbres.
Las bicisendas de Holanda cuentan con semáforos que regulan el tránsito y que son absolutamente respetados. De todos modos, si algún pícaro cruza con luz roja deberá pagar 40 guilders (unos 20 dólares) de multa; si el pícaro es menor de 16 años, abonará 20 guilders.
En esta nota se ha mencionado la cuestión de los trenes europeos, que constituyen un dechado de puntualidad. Pues bien, no sólo los trenes. También los colectivos urbanos. Esos que en Buenos Aires demoran un tiempo incierto o que nunca llegan y después aparecen de a tres, para no sentirse solos. En la ciudad alemana de Aachen, por ejemplo, junto a cada parada de colectivo hay un cartel electrónico que indica el minuto exacto en el que arribará el transporte.
Es cuestión de esperar y se ve cómo el colectivo llega a la hora exacta que marca el cartel, cómo aguarda un minuto en la parada y cómo, cuando ha cumplido su tiempo de espera, se va. No hay incertidumbre, como tampoco la hay en el subte de Madrid, que posee en todas -pero todas- las estaciones de su vastísima red carteles electrónicos que informan cuánto tardará en llegar el próximo convoy.
Un área en la que siempre se hace evidente el grado de educación es la de los discapacitados. Y en Europa se los trata muy bien. En Madrid y en Amsterdam los semáforos no se limitan a regular el tráfico de las calles sólo mediante luces, algo que a un ciego no le aporta mucho. Por los ciegos es, justamente, que los semáforos de ambas ciudades incluyen una señal sonora, clara y potente, que hace que puedan prescindir de la clásica ayuda para cruzar la calle.
En Holanda los miman hasta el extremo de motorizarlos. En cualquier lado -calle, supermercado, tienda, etcétera- se puede cruzar uno con gente que se desplaza en una especie de carrito o de autito pequeño sin techo, con motor, y a una velocidad similar a la de la caminata. Tanto un inválido como una persona con dificultades para caminar recibe ese minicoche gratuitamente, financiado en parte por el Estado y en parte por su seguro de salud. Lo único que debe hacer es probar que no puede caminar o que no lo hace con total normalidad.
En las calles de Holanda suelen verse coches que circulan por las calles y que son mucho más pequeños que los autos tradicionales. En su parte trasera llevan un cartelón amarillo que indica que su conductor es un discapacitado. Este auto no es gratuito, pero en parte lo financia el Estado. Estos autos tienen prioridad sobre los de los conductores capacitados físicamente. En Luxemburgo también tienen deferencias con los discapacitados. En los estacionamientos de autos siempre hay uno o dos lugares destinados únicamente, y esto es riguroso, a ellos. Todos los discapacitados con coche portan una tarjeta que los acredita como tales y, entonces, no deben pagar por poner el coche allí.
Hay otros ejemplos de educación. No existe ciudad europea grande que no tenga problemas de tráfico, pero igual se las arreglan para ser amables. Amables como los semáforos de Londres, ciudad cuya circulación de coches resulta insoportable. Varios de los aparatos del centro de la capital inglesa poseen un botoncito mágico que es un bálsamo para el peatón apurado, pues apretándolo el tiempo de espera se reduce en un minuto.
Pero, así como el sistema de tráfico respeta al peatón, el peatón respeta el sistema de tráfico: este botón, según se puede observar apostándose un buen rato junto a un semáforo, no es apretado a mansalva, indiscriminadamente; muy pocas veces se lo usa, en realidad, y sólo se recurre a él cuando parece haber mucho apuro de por medio.
Un aspecto sorprendente de las calles europeas es que se puede cruzar sin tener que recurrir al rezo previo. No hay que encomendarse a Dios. Pongamos el caso de Francia: para acceder al carnet de conducir hay que respetar rigurosas condiciones, entre las que figura un código de circulación. Este código especifica que el conductor, por más que el semáforo lo habilite para continuar su marcha, debe frenar el coche y ceder el paso apenas el peatón ponga un pie, un miserable pie, sobre el asfalto.
Esto podría quedar en la mera formulación teórica y los automovilistas franceses podrían arrearse un par de seres humanos por jornada, pero cumplen la regla con elocuente convicción. El conductor frena el coche y, sin chistar, sin amagues de nervioso acelere, deja pasar al maleducado que no esperó la venia del semáforo. Que levante la mano el corajudo, el titán que se anime a cruzar una calle de Buenos Aires con un semáforo que le vede el paso.
La buena educación puede llegar a extremos nunca vistos. En Francia hay una ley que se respeta sí o sí: después de las 22 no se puede hacer ruido -ni música, ni parranda, ni gritos- en los departamentos. Esta norma se cumple con rigor, pero ha obligado a profundizar en la sutileza legal.
Ocurre que hace algunos años se planteó un problema que generó polémica: ¿cómo considerar el molesto -molesto para los demás- ruido generado durante los encuentros amorosos? El tema era ambiguo y varios jueces fueron generando, con sus fallos, jurisprudencia al respecto, hasta que se llegó al consenso en torno de una postura: el nivel sonoro de las prácticas sexuales sería punible o no de acuerdo con su intensidad y duración. Berretines de gente educada.
Perlitas civilizadas
- En Alemania, el que cruce una calle cuando el semáforo no se lo permita deberá pagar una multa equivalente a 25 dólares.
- La ciudad de Barcelona es pródiga en fuentes que no sólo son bellas, sino que, a diferencia de muchos de los bebederos de plazas porteñas, cumplen con su cometido: proveen agua al sediento. Todas funcionan, sin excepción, a pesar de que muchas superan los 80 años.
- En algunas ciudades de Francia, como en la pequeña Saint Omer, existen los semáforos, por supuesto, pero así y todo el Ayuntamiento paga empleados para que se planten en medio de la calle y cuiden los sectores en los que los niños suelen cruzar al salir de la escuela.
- En Holanda no se pueden arrojar papeles en las calles y, vista la pulcritud de las ciudades -salvo Amsterdam-, se cumple. El que no lo haga deberá pagar una multa de 15 dólares. La policía es especialmente celosa en los sectores cercanos a los negocios de comidas rápidas.





