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5 de diciembre de 2018  • 00:00

Cuando atardece, las callecitas laberínticas de las milenarias ciudades italianas se llenan de vida y energía. En lugares tan distintos de la geografía de la península, como puede ser Milán, Venecia, Torino, la Verona de Romeo y Julieta, Roma o Florencia, apenas cae el sol los italianos salen de sus casas y oficinas, para encontrarse y compartir alrededor de las mesas dispuestas en veredas y terrazas al aire libre. Allí, la tradición es sentarse y beber un aperitivo junto a un stuzzichini, una suerte de canapé con productos típicos de la zona, desde un pan tostado con un delicioso prosciutto di Parma a unas aceitunas en aceite de oliva y pepperoncino. Un verdadero antipasti italiano. En ese momento se abren las primeras botellas de Martini Prosecco, el famoso spumanti italiano, número uno en el mundo. Botellas que seguirán descorchándose a lo largo de la tarde y de la noche, ya junto a una cena veraniega, comenzando con un delicado carpaccio de lomo y terminando con una contundente cotoletta alla milanese.

En los últimos años se vive una revolución del Prosecco a nivel mundial. Este éxito se debe al estilo que muestra el spumanti italiano: es fresco, ligero, fácil de beber y de disfrutar, sin exigir ceremonias innecesarias. Un vino blanco repleto de burbujas, elaborado en el noreste de Italia a base de la uva Glera, respetando las reglas estrictas de su denominación de origen.

Pero hay mucho más detrás de esta bebida: para un italiano, el Prosecco es parte intrínseca de su cultura, el máximo exponente de lo que ellos llaman la dolce vita, una búsqueda constante de disfrutar cada momento del día.

Para un extranjero, abrir una botella de Prosecco es comprar un pasaje al corazón del espíritu italiano, sin moverse de su ciudad. Su aroma a flores y frutas nos lleva de inmediato a esas callecitas del centro histórico de Milán, entre modernos locales de la mejor moda y las iglesias de piedra con siglos de vida. Una de las bebidas más versátiles que se puede disfrutar sola, en una copa de espumante o también con hielo. La experiencia es única y, por suerte, fácil de repetir: en apenas unos minutos, tan sólo descorchando una botella de Prosecco, es posible imaginarse en Italia. Un viaje delicioso a bordo de las mejores burbujas italianas.

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