
Puro biógrafo
Todos los que me conocen saben que el cine y la historia son mis dos amores posibles (los imposibles no cabrían en el poco espacio de esta columna). El cine y la historia son una pareja algo desavenida, debido a que a veces aquel no ha sido muy fiel con la honorable y anciana dama. De alguna manera es comprensible: el cinematógrafo es un hijo del fin del siglo diecinueve, la historia le lleva algunos milenios de edad y no hace falta decir los inconvenientes que debe afrontar una veterana en su relación con un jovencito alocado, producto derivado del teatro, mentiroso por naturaleza y recreador, y a veces falsificador, de la cruda realidad. Nacido en la cámara oscura de los fotógrafos antiguos, el biógrafo fue primero documental y después mutó a entretenimiento masivo, creando monstruos sagrados para difundir su imagen por el mundo. Vampiresas e ingenuas, héroes y villanos, cowboys, gauchos o mariachis, gángsters, extraterrestres, espadachines, karatecas, santos y demonios se sucedieron en alocado desfile, llevando solaz y diversión a millones de atribulados seres en su breve paso por este valle de lágrimas. Pero casi desde sus comienzos en blanco y negro, sin sonido y con cámara ligera, la historia fue la musa inspiradora de esas cintas, vistas, películas o como quieran llamarse aquellos cuentos relatados en imágenes. Desde la historia contemporánea, mostrando ferias mundiales o gobernantes visitando países vecinos, hasta la evocación de sucesos del pasado, dándoles el toque ficcional que, desacartonando al personaje célebre, lo pusiera lo más cercano posible a la naturaleza humana del espectador que pagaba la entrada para compartir los avatares de un rey o un estadista, un asesino o una heroína. Juana de Arco en la hoguera de utilería, el duque de Guisa asesinado por diez espadas sin filo, Lincoln cayendo fulminado por una bala de fogueo en un palco teatral, San Martín cruzando los Andes, malones de indios en la pampa argentina o en las llanuras de Texas, María Antonieta enfrentando la guillotina con dignidad y Dalila cortando las crenchas a Sansón eran figuras recurrentes en el cine, y héroes de ficción y leyenda, como D´Artagnan, Robin Hood o Juan Moreira, vivían bajo la piel de astros rutilantes, para delicia y admiración de los pueblos. Todo muy lindo, pero el jovencito irreverente llamado cine se tomó sus libertades a veces rayanas en lo grotesco. La Salomé de Rita Hayworth en la tecnicoloreada versión de la Columbia de los años cincuenta no era una pecadora sensual al borde del incesto encaprichada con el Bautista -que al rechazarla refugiado en su santidad firma su sentencia de muerte-, sino una chica monísima perseguida por el sátiro de Herodes, desprotegida por su propia madre -la pérfida Herodías-, enamorada de un centurión romano con sienes entrecanas muy sentadoras para un afiche de Gomina Brancato (Dios, qué antiguo soy) y que baila la danza de los siete velos (obviamente de nylon tan a la vista que provocaban la risa) para ¡salvar al Bautista!, sin saber que el pobre ha sido degollado con antelación a su danza digna de Bailando por un sueño -pero mucho más recatada por la rígida censura de los códigos hollywoodenses de la época- por orden del perverso Herodes, interpretado por el genial Charles Laughton. Todo, con un sentido del humor que trascendía la pantalla, con guiños que decían sin hablar algo como "miren lo que tengo que hacer para pagar mis impuestos" y, no contentos con tanta falsedad, los guionistas terminaban la historia de esta Salomé con la huida del palacio pagano, junto a su centurión, para convertirse ambos al cristianismo y mezclarse entre la multitud de seguidores de Jesucristo, escuchando de rodillas la palabra sagrada, mientras la cámara hacía un travelling con grúa que terminaba en los cielos rojizos del estudio A de la Columbia. ¿Cómo no iba a enojarse la vieja historia? Pero ya se sabe, es lo que le pasa a cualquier señora con un jovencito.
El autor es actor y escritor






