
Récord de ostras en Toronto
Abrir 38 en un minuto, la mejor marca de un barman
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A lo largo de muchos años de viaje he tenido la oportunidad de conocer a personas que se destacan por tener la habilidad de realizar actividades que no son tan comunes u ordinarias. O que tienen o sienten una pasión por algún producto en particular. Mi amigo, que tan educadamente me recibía en su restaurante, es un amante de las ostras. No sólo eso, también figuró en el libro Guinness de los récords.
Pero les cuento la historia desde el comienzo. La cita se dio en la ciudad de Toronto, una de las metrópolis más importantes de Canadá. El lugar se llamaba Starfish Oyster Bed & Grill, extremadamente acogedor y con una clientela de lo más ecléctica y con un punto en común: un refinado gusto por los bivalvos. El dueño detrás de la barra, pelo casi por los hombros, una túnica negra de cocinero con su nombre y una sonrisa orgullosa. Claro, Shucker Paddy es capaz de abrir 38 ostras en tan sólo un minuto. Para hacerle justicia a las matemáticas, una ostra cada 1,5 segundos. Y estaba a punto de demostrármelo. Patrick McMurray es un simpático torontoniano de risa fácil. Su familia ha vivido durante generaciones en el mismo barrio donde se encuentra su lugar y, desde que tiene uso de razón, le han gustado las ostras.
Con algunos ahorros y mucho ímpetu decidió abrir su pequeño boliche y darle rienda suelta a su pasión. Aparentemente la aventura resultó positiva ya que ahí me encontraba yo, acodado y con un trago enfrente por recomendación de gente informada, rodeado por una banda de fanáticos (sí, de fanáticos) que se habían dado cita para ver al Shucker (el abridor) en plena acción. Con la pinta de una estrella de Hollywood y un aire de confianza levantó la mano y todos nos callamos. El oráculo de Delfos de las ostras nos iba a aleccionar con sus conocimientos.
Lo que podría haber sido una aburridísima charla resultó ser un divertido racconto de su aprendizaje junto a una explicación sobre los diferentes tipos de ostras con las cuales él trabajaba y ofrecía a sus clientes. Todo esto regado cada dos palabras por un buen sorbo de cerveza, que eran imitados al instante por todos nosotros. Paddy –aquellos familiarizados con sobrenombres irlandeses habrán escuchado que corresponde a Patricio–, era un encantador de serpientes. Sabía con precisión cómo manejar a su audiencia y preparar el momento cumbre. Poniéndose un guante especial, su delantal preferido y una gorra de baseball me invitó a pasar atrás del mostrador y dándome un abre ostras me pidió simpáticamente que probara abrir una, con cuidado de no lastimarme.
Lejos de sentirme el conejillo de Indias (el cual era) me lo tomé muy a pecho. Con seriedad tomé el instrumento en mis manos (dicho sea de paso, este había sido patentado por Paddy), agarré la que parecía más fácil y puse manos a la obra con celeridad, lo que fue recibido con silbidos y chanzas. Nuestro anfitrión, lejos de sentirse decepcionado por mi pobre actuación, me felicitó por querer hacer las cosas bien y educadamente me invitó a retirarme.
Colocó un cronómetro con grandes números sobre la barra, escogió una canción bien arriba y rockera de su iPod, levantó sus manos pidiendo atención y comenzó a abrir ostras. Su cara de concentración, la velocidad de las manos y la habilidad quirúrgica para abrir sin dañar los moluscos eran increíbles. Nuestros gritos subían en la escala, acompañando y alentando a Paddy en su titánica tarea. 5, 9, 14, 26... así uno de los mozos vociferaba a grito pelado la cantidad abierta. Cuando faltaba sólo un segundo para abrir la trigésimo octava ostra y empatar su propio record, levantó la jarra de cerveza y recibió una de las grandes ovaciones que presencié en mi vida.






