
Las consecuencias de subir las escaleras infinitas de la pirámide de Teotihuacán: preguntas existenciales y dilemas físicos.
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Por Nicolás Artusi
Un escalón más y después otro. Uno más. Otro. Uno más. Ahora sí, el último. ¿Otro más? Llego a la cima de la pirámide del Sol y la vista infinita desde la altura me hace creer que soy un dios: por suerte, el cansancio de las piernas y la presión de las sienes dan testimonio de mi insignificancia. No sé cuánto subí (como en toda empresa humana, aquí también es imposible ponerse de acuerdo: algunos cuentan 245 escalones y otros, más de 260), pero aun en mi integridad atlética me fatigo. A 40 kilómetros de la endemoniada Ciudad de México y a 2.200 metros sobre el nivel del mar, la escalera empinadísima de la pirámide parece una palestra para escaladores sin vértigo y desde acá arriba la gran avenida central se aprecia en toda su magnitud, innombrable para el supersticioso: se llama Calzada de los Muertos y, con toda lógica, de aquellos que pasearon sus cuitas y dilemas por esta calle no quedan ni los restos.
Hace 2.000 años, Teotihuacán era una de las mayores ciudades del mundo y su nombre, en idioma náhuatl, significa “ciudad de los dioses” (el turista tipo sería susceptible a una clase de delirio místico que provoca la visita a esta tierra sagrada: se cree un dios). Todavía no se sabe bien quiénes fueron sus cientos de miles de habitantes, solo que estuvieron aquí en los primeros siglos de nuestra era y que un mal día, acaso ahuyentados por un cambio climático o una sequía prolongada, simplemente se fueron. La ciudad no fue atacada por un pueblo invasor ni existen evidencias de una gran catástrofe natural, como la que padecieron los sufridos pompeyanos cuando al Vesubio se le ocurrió escupir bolas de fuego. En la cima de la pirámide estoy apenas 70 metros más cerca del sol, pero siento su calor con mayor potencia y, en el descanso que sigue al esfuerzo impar de subir un escalón más y después otro, miro desde las alturas la pirámide de la Luna, la ciudadela, la pirámide de la Serpiente Emplumada o el palacio de Quetzalpapálotl, y me pregunto cuáles habrán sido los pensamientos íntimos de los hombres y las mujeres teotihuacanos que recorrieron esas avenidas majestuosas ahora vacías. ¿Se preguntarían el sentido de la vida? ¿Se preocuparían por enfermedades imaginarias? ¿Se rebelarían ante los designios de un dios colérico o injusto? ¿Tratarían de quitar la mancha de una alfombra o padecerían los humores de una suegra infumable?

El apocalypto colectivo extinguió una madeja infinita de problemas personales. Pero queda la pirámide del Sol como una prueba de piedra del espectáculo del tiempo: su implacable efecto destructor aniquiló a todas las personas de una civilización imponente, de las que nadie recuerda nada, pero no pudo con ella. En su justeza metafísica, la pirámide sigue ahí como testimonio de que todos seremos polvo, pero incluso así dejaremos huella, y en el silencio atronador de las alturas nunca me parecen más ciertas que ahora las palabras del poeta: los verdaderos paraísos son los paraísos perdidos.





