
Relaciones humanas, mas alla del amor
Acostumbrarse a considerar los deberes y derechos de cada quien y realizar una evaluación adecuada en cada situación puede mejorar los vínculos entre personas. Una práctica que no está reñida con los afectos y cuya regla básica es: No le haga a los demás lo que no quiere que le hagan a usted
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Un joven lo va a visitar al filósofo Jean Paul Sartre y le plantea el siguiente dilema: ¿debo abandonar a mi madre, que fue abandonada por mi padre colaboracionista y acaba de perder a mi hermano en la guerra, para unirme a las filas de la Resistencia? ¿O debo cumplir con mis deberes filiales, a costa de ignorar mi deber patriótico de participar en la guerra?
El joven sabía que su madre vivía para él, y que su alejamiento -tal vez su muerte- equivaldría a hundirla en la desesperación. También se daba cuenta de que todo lo que hiciera por su madre la ayudaría a vivir, mientras que todo lo que hiciera en la lucha armada podría disolverse como agua en la arena y no serviría a propósito alguno.
Se confronta frente a dos modos de actuar: uno concreto, inmediato, pero dirigido hacia solo un individuo; el otro casi hacia la humanidad, pero tan, tan ambiguo e impersonal...
Y el reverso de la moneda: dos mujeres van a ver al rey Salomón. Las dos habían dado recién a luz en la misma casa y en el mismo momento. Uno de los bebes muere. Frente al monarca, cada una de ellas acusa a la otra de haber puesto a su bebe muerto en la cuna de la otra, reclamando cada una de ellas ser la madre de un recién nacido al que una nodriza mece entre sus brazos. El rey, tras una fachada de absoluta y fría imparcialidad, ordena que traigan una espada para partir al niño en dos: cada una de las madres, justicia mediante, se llevará su parte. Una de ellas parece satisfecha con el fallo. Pero la otra, sin pensarlo, exclama en un grito: No, dénselo a ella, pero no lo maten.
La imparcialidad salomónica parece reñida con los sentimientos que experimentamos ante esa misma imparcialidad. Lo habitual es pensar que una condición básica de la moralidad es la imparcialidad. Ahora bien, si por una parte la ética exige de nosotros que tratemos a todos de manera semejante y, por otra, sentimos y mostramos nuestra preferencia hacia nuestros seres queridos: ¿la ética y nuestros afectos no entran en conflicto?
Sentimientos y vida ética
Es cierto que el deber de comportarnos con imparcialidad nos frena de tratar a una persona de manera diferente si no existe una buena razón para hacerlo (por ejemplo, si un director de cine tiene que buscar a un actor para que protagonice la vida de Martin Luther King, ¡no lo vamos a acusar de racista porque busque un actor negro!). Y explica por qué es aberrante toda forma de discriminación, ya sea la del misógino que odia a las mujeres como la del xenófobo que odia al que no es como él. Y por si esto fuera poco, en la lotería de la vida algunos salen más favorecidos que otros: hay quienes nacen con una salud de hierro, y otros que parecen haber sido traídos por la cigüeña más de Bosnia que de París; quienes vienen al mundo en elegantes clínicas con cursos previos para embarazadas, y quienes dan su primer grito en medio de la nada, con la matrona del lugar por todo equipo médico.
Pero si la suerte juega un papel impensable en la vida de cada uno, una conducta ética supone tratar de disminuir esa falta de justicia cósmica, por llamarla de algún modo. Sin embargo, en las relaciones personales que entablamos en la intimidad de la familia y de los amigos nos olvidamos de la imparcialidad: cuidamos y hacemos cosas por ellos que no haríamos por nadie más. Si no fuera así, si nuestros sentimientos hacia los seres queridos debieran responder a nuestro deber de ser imparciales, puestos en la situación de tener que salvar a una, y sólo una persona que se está ahogando en medio del mar, no sabríamos a quién salvar, si a nuestro mejor amigo o a un ilustre desconocido.
Después de todo, que alguien trate mejor al amigo de su infancia que a un desconocido es un acto parcial que, desde otro punto de vista, resulta imparcial: permite que todos tratemos a nuestros seres más queridos mejor que a los desconocidos.
Parecería, entonces, que la imparcialidad de la ética no está tan reñida con los afectos. Podría ser, por el contrario, que nuestros sentimientos hacia los seres queridos nos preparen para una vida ética.
Si podemos reconocer qué cosas son importantes para los demás, si podemos no hacer a los demás lo que no queremos para nosotros...
Es otra forma del principio básico que anima toda regla moral: No le haga a los demás lo que no quiere que le hagan a usted. Aprendimos en nuestra familia, desde nuestra tierna infancia, a identificar y reconocer las necesidades de los demás. Y debemos admitir que las relaciones de afecto y los proyectos personales son la condición de una vida con sentido.
Pero justo es reconocer que esta descripción no siempre concuerda con lo que sucede en las mejores familias. Los lazos familiares son demasiado complejos. Y a veces, parafraseando a Borges, no nos une el amor, sino el espanto, y a veces, sólo a veces, es por eso que nos queremos tanto.
De hijos a padres
Gregorio, un chico norteamericano de 12 años, pidió ser adoptado por los padres que lo habían criado y con los que había vivido toda su vida. La justicia lo autorizó a que se divorciara de sus padres biológicos.
A veces, los tribunales tienen que decidir si deben quitarle la patria potestad a los padres y dar en custodia al menor, pero en ese septiembre de 1992 fue un chico el que inició la acción legal. Por primera vez no se trataba de un adulto que querella a otro adulto con el niño como trofeo, sino del chico en contra de sus padres. Gregorio reclamó que había sido abandonado por su madre cuando ésta lo dio voluntariamente en custodia, y luego no lo visitó, ni lo llamó, ni le escribió durante dos años. Su padre no protestó, pero su madre -con quien Gregorio vivió durante sólo 7 meses- luchó por conservar sus derechos.
El nudo de la cuestión: ¿deben los chicos ser reconocidos como personas con sus propios derechos, intereses, necesidades y deseos, que pueden ser diferentes y hasta confrontar con los de sus padres, por lo menos en ciertos casos en que la familia no ha servido como sostén de contención?
Se han dado muchas razones de por qué los padres deberían tener autoridad sobre sus hijos. A veces se piensa que los chicos pertenecen a sus padres por sus lazos biológicos, y por este origen los padres sienten hacia sus hijos un natural cariño, los comprenden mejor que cualquiera y deciden siempre lo mejor para ellos.
Pero este cuadro idílico se resquebraja en cuanto pensamos cómo están constituidas hoy las familias. Como mínimo, una familia está conformada por un adulto y un chico, y el adulto es responsable de la crianza del niño. Ese adulto es un padre psicológico, legitimado por medio del afecto y el cuidado. Y así como es importante que los chicos tengan padres responsables que cuiden de ellos, también es cierto que no hay prueba de que solamente los padres biológicos puedan ser buenos padres.
No obstante, no se trata tanto de cómo las cosas deberían ser, sino de cómo son. Hay quienes piensan, en consecuencia, que al menos habría que repensar la naturaleza del concepto de familia, de manera tal que los vínculos familiares se estructuren sobre la base del respeto entre todos sus miembros, evitando el dominio de algunos sobre otros.
Cuidar al otro
¿Hasta qué punto están obligados los hijos adultos a cuidar de sus padres? ¿Y en qué se funda ese deber? La idea corriente se centra en la reciprocidad como fundamento de nuestras obligaciones filiales hacia padres ancianos, pero ¤ esto tiene sus bemoles...
¿Por qué los hijos deberían sentirse en deuda con sus padres? Hay quienes piensan que, al fin y al cabo, son los padres los que deciden tener hijos. El hijo no elige nacer y, por su mera existencia, no le debe nada a sus padres. Quienes piensan así reconocen que las obligaciones hacia los padres son legítimas sólo cuando padres e hijos están unidos por una genuina relación de amor o de amistad: en la amistad, los amigos se comportan por los sentimientos que los animan, no por los beneficios que recibirán en compensación en un futuro. Y en la amistad, quien sea capaz debe ayudar al que necesita, pero una vez que la amistad terminó nada se debe.
Por otra parte, hay quienes creen que pensar así es alejarse demasiado del sentido común: los deberes hacia los padres son excepcionales precisamente porque son vinculantes, aun cuando los hijos no hayan aceptado estas obligaciones en forma voluntaria y libre. Nuestros deberes filiales no se corresponden con cuánto hicieron nuestros padres por nosotros cuando éramos jóvenes. Ellos se basan, fundamentalmente, en la naturaleza de la misma relación y en lo que la sociedad legítimamente espera que los hijos adultos hagan por sus padres.
También podemos preguntarnos si aquello que de acuerdo con las convenciones sociales se espera de nosotros es válido en una sociedad cada vez con más adultos mayores. ¿Acaso la gratitud no puede ser desplazada por nuestras obligaciones parentales, al menos cuando ambas entran en conflicto? Esto es especialmente válido en el caso de las hijas mujeres que, tironeadas por maridos, hijos y sus propias aspiraciones, son quienes por lo general se hacen cargo de sus padres.
En familia
En Italia, un hijo adulto de treinta y pico querella a sus padres por alimentos. El juez falla a su favor.
Hasta hace pocos años, era impensable esta menorización de los adultos jóvenes. La gente alcanzaba la independencia apenas iniciada la segunda década, ya sea casándose o yéndose a vivir sola. Hoy, la adolescencia se ha extendido, y el límite en que los jóvenes llegan a ser adultos parece cada vez más lejano: en un principio fue recibirse, luego conseguir el primer trabajo, después el irse a vivir en pareja (o el matrimonio). Y esa línea oculta muchas veces un pacto de silencio: ante el temor del síndrome del nido vacío que sufren los padres, los hijos siguen quedándose en el hogar.
En cuestiones de ética y relaciones humanas, especialmente familiares, en la actualidad hay que considerar que existen familias biológicas o adoptadas, nucleares -padre, madre y chicos- y extendidas -que incluyen tíos y tías, abuelos, etcétera-. Las hay con una figura parental solamente -por lo general materna-. Y las hay de separados, juntados y vueltos a juntar -con toda la cohorte que esto implica: el marido de mamá, la mujer de papá, los hijos con los primeros maridos, etcétera.
Pero por respeto a la institución familiar, que pese a todos los modernismos conserva su lugar, tal vez llegó el momento de replantear los vínculos familiares desde otro lugar, a sabiendas de que la familia, la de entonces, ya no es la que fue.
En suma, se trata de temas sobre que (ver recuadro Preguntas) hay que reflexionar en profundidad.
La autora es doctora en Filosofía (UBA) y magister de Bioética por la Monash University (Australia). Docente e investigadora del Departamento de Filosofía (UBA) e investigadora externa de la Universidad Nacional Autónoma de México
Preguntas
Para pensar y debatir
- ¿Tienen los mismos derechos los chicos pequeños que los adolescentes?
- Los hijos mayores, ¿tienen el deber de cuidar de sus padres ancianos? En ese caso, ¿cuál es el fundamento de ese deber?
- ¿Qué clase de factores pueden ser un límite moralmente justificable para que se cumpla con este deber?
- ¿El grado de obligación varía según la conducta de los padres en el pasado? ¿Por qué?
- Las obligaciones hacia los padres, ¿deben ser compartidas por todos los hijos por igual?
- ¿Cuándo finalizan las obligaciones de los padres de la generación intermedia hacia los hijos adultos?
- Los límites hacia los hijos adultos, ¿deberían ser explicitados y pactados entre padres e hijos? ¿O es una decisión de los padres?
Para saber más
- Asociación Permanente por los Derechos Humanos. www.apdh.com.ar
- Asociación Conciencia www.concienciadigital.com.ar .
- Asociación por los Derechos Civiles www.derechoscivilesorg.ar .
- Centro Nacional de Organizaciones de la Comunidad (Cenoc). www.cenoc.gov.ar
Próximas entregas
- Domingo 14: Etica y sexualidad.
- Domingo 21: Etica en el trabajo.
- Domingo 29: Etica, pornografía y medios de comunicación.






