
Resentidos
El resentimiento es mal consejero. Eso lo sabemos y lo repetimos a cada instante, pero pocas veces nos paramos a pensar cuáles son las causas que, en cada caso, llevan a una persona o a un grupo de personas a estar resentidas. Cuando la razón fundamental de ese rencor patológico, que se transforma en deseo de venganza y destrucción, es la ambición material frustrada de alcanzar un status, una posición social y económica más elevada, el resentido es nada más y nada menos que un mediocre envidioso que mejor haría en canalizar toda esa bronca en una lucha concreta y sana para lograr sus objetivos que seguir alimentando el odio hacia los demás. Pero cuando el resentido nace, crece y se educa en un ambiente desesperanzado, de miseria permanente y postergación sistemática de toda posibilidad de superación dentro del trabajo, el esfuerzo y el respeto a sus elementales derechos, la cosa es diferente, y no se puede meter a este individuo en la misma bolsa con los arribistas que, a tiros, golpes y agresiones, quieren instalarse a la fuerza en el "gran mundo". Está el modelo gángster del cine negro norteamericano de los años 30, hijo de la Gran Depresión económica, cuyos padres inmigrantes (italianos, judíos o irlandeses) naufragaban en un mar de miseria, pero seguían defendiendo el "sueño americano" que, al menos, les había permitido subsistir y comer todos los días, aunque fuese poco, y miraban espantados la caída de sus hijos rebeldes que, por querer alcanzar el brillo de los ricos, terminaban mordiendo el asfalto duro y húmedo luego del tiroteo final. Ese arquetipo atravesó siglos, países, costumbres, posguerras y crisis económicas aportando al imaginario popular la figura del "resentido social, criminal y feroz". Pero, como todo arquetipo hecho de generalizaciones simplistas, es sólo una cara de la frustración. El permanente avasallamiento de las libertades, la tramposa oferta de oportunidades que toma la forma de lotería o ruleta rusa y la corrupción de los poderosos son los mejores aliados para el resentimiento social, y todo lo que se haga para mejorar ese aspecto lamentable de nuestras sociedades será poco. La inclusión social requiere un trabajo mucho mayor en tiempo y esfuerzo que su opuesto, la exclusión, que con un par de decretos de necesidad y urgencia puede dejar en la calle a millones de personas. Pero también suele darse la situación en la que una demagogia discursera seudoprogresista produzca una catarata de corruptelas clientelistas que perjudiquen al honrado que da trabajo y estimulen a los vivos de turno a tirar de la soga de los supuestos beneficios, hasta cortarla y sumergir a la sociedad en un caos.
Y luego, entre muchos otros casos, está el "resentido a la fuerza". Una persona que tiene trabajo, casa, familia, amigos, sueños y deseos. Un individuo que sólo necesita que el medio de transporte que lo lleva de su casa al trabajo y viceversa se parezca más a un vehículo que a un infierno de impuntualidades, incomodidad, hacinamiento, robos, hurtos, violaciones y abusos; que pide que lo dejen ganarse la vida como pueda y que, en medio de la ira, la bronca y la amargura, se pregunta: "¿Qué hice yo para merecer esto?". Y seguramente la respuesta será: "Nada, simplemente, nada".
De ese pobre ciudadano que no puede llegar a tiempo a los otros más pobres aún, que hace rato no saben lo que es la bendición de un trabajo en blanco decentemente remunerado, hay una enorme gama de resentidos de distinta naturaleza, origen y condición. No condenemos desde nuestra cómoda posición privilegiada a todos por igual. No emparejemos con el rasero de la generalización a tanta gente que clama por las oportunidades que cualquier sistema mínimamente humanista debe ofrecer a sus ciudadanos. No se puede alentar la violencia, pero tampoco se deberían ignorar o confundir sus lamentables causas.
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El autor es actor y escritor







