Yoga en cárceles y villas: respirar y dar de nuevo

Cómo armonizar el cuerpo eliminando el estrés, el cansancio, el enojo, la ansiedad y la depresión.
Cómo armonizar el cuerpo eliminando el estrés, el cansancio, el enojo, la ansiedad y la depresión.
El yoga y otras disciplinas afines tienen especial efecto en cárceles, barrios marginales y contextos desfavorables. ¿Técnica efectiva o escape místico? Sus defensores más fervorosos proponen aplicarlos en las escuelas y en las reparticiones públicas.
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12 de mayo de 2017  • 10:57

Por Carmina Balaguer / Fotos Francisco Pignataro y Denise Giovanelli

La tercera vez que Geraldina visito a Marcelo, salió del penal con un símbolo Om tatuado en el antebrazo izquierdo. Fue un sello de amor, en tinta china y entre rejas, inspirado en esta expresión del sánscrito, la lengua clásica de India. Sus almas entonces se elevaban en una unión suprema, en el sonido más primario, y quedaban en contacto dentro y fuera de la cárcel. Era el año 2012 y en ese momento Marcelo Algarin tenía 35 años. Estaba en la Unidad 48 del Penal de San Martín ­–un centro de alta seguridad– y llevaba 11 penales en sus espaldas con 12 años de prisión. Aún le quedaban tres para cumplir su condena, pero algo en su vida volvía a empezar. En parte, gracias a ese tatuaje.

El cambio comenzó en la misma Unidad 48, cuando fue trasladado al pabellón que seguía las prácticas de la Fundación El Arte de Vivir, la organización sin fines de lucro fundada en 1981 por Sri Sri Ravi Shankar, que tiene el objetivo de fomentar una sociedad libre de estrés y de violencia. Marcelo se sumó a los ejercicios de yoga y meditación propuestos por esta ONG y empezó a respirar, en todos los sentidos. El pabellón –exclusivo para los internos que elegían seguir este programa, con pautas de convivencia sin violencia y meditación diaria– es uno de los ejemplos de cómo el yoga, que está vinculado con las clases altas y medias urbanas, comenzó a atravesar las comisuras de la sociedad. También, de la responsabilidad que asume como agente potencial de cambio a partir de sus múltiples virtudes. La principal: está al alcance de todos y de forma gratuita.

El Programa de Vulnerabilidad de El Arte de Vivir incluye penales, barrios marginales, centros de rehabilitación de adicciones, refugios de mujeres y alivio en zonas de desastres naturales, entre otros. En todos los casos, se trabaja a través del yoga y del Sudarshan Kriya. Esta técnica está basada en un patrón específico de respiración que tiene el objetivo de armonizar el cuerpo y las emociones, eliminando el estrés, el cansancio y las sensaciones de enojo, ansiedad y depresión. Erica Maryncak, coordinadora de voluntarios en Argentina, Paraguay y Uruguay de El Arte de Vivir, asegura que lo que se imparte en estas técnicas limpia a la persona ante cualquier circunstancia, “equilibra su sistema inmunológico y balancea su sistema nervioso. Por eso no indagamos ni trabajamos desde la interpretación. No nos importa qué hizo esa persona, qué dejó de hacer o por qué motivo está en el penal. Cuando la persona se vuelve menos violenta o con menos pensamientos de violencia, el individuo se siente fortalecido y, así, el entorno empieza a transformarse”.

Saludos al sol

Para Marcelo, respirar vino de la mano de otras prácticas revolucionarias en su vida, como el estudio de la carrera de Sociología, la escritura y la lectura de libros que transformaron su manera de ver el mundo: Antes de Adán, de Jack London y textos de Hermann Hesse, Jiddu Krishnamurti y Deepak Chopra. “Yo me agarraba a todos los salvavidas posibles. Quería encontrar la manera de salir”, explica. Y, en esa prueba de ensayo y error, apareció Geraldina Gaetano, que por aquel entonces tenía 33 años. Marcelo participaba en uno de los cursos avanzados diseñado para cárceles, brindado por Ismael Mastrini, coordinador del Programa de Cárceles para toda Latinoamérica y quien tiene la costumbre de instalarse dentro del penal cuando imparte las capacitaciones, durmiendo en las mismas celdas que los internos, compartiendo el baño y la comida con ellos. “Esto les impacta –dice Ismael–; se produce un cambio interesante porque me vuelvo un par, ya no pueden tener excusas de hacer lo que hacen por estar en una cárcel”.

Meditar puede llegar a fomentar el diálogo y ayudar a proponer acciones de cambio
Meditar puede llegar a fomentar el diálogo y ayudar a proponer acciones de cambio

Ismael, quien trabajó cuatro décadas como abogado y decidió cambiar su vida a los 60 años, cerrando su estudio y dedicándose de lleno a la coordinación del programa, realiza algunas modificaciones de la práctica cuando la imparte en contextos no tradicionales. “Es fundamental moverlos para que se puedan relajar, que logren limpiar la cabeza de todo lo que traen. Es necesario sacarlos de contexto, cansarlos, hacerlos sentir bien, que cierren los ojos, ya que a veces ni pueden”, explica. Es por esto por lo que antes de la respiración, plantea un fuerte trabajo físico, con caminatas a ritmo de rock, juegos e intensos saludos al sol.

Una noche antes de terminar uno de estos cursos, Marcelo rompió el pacto de silencio que debían cumplir todos los internos. Se pasó la noche charlando con Ismael, con quien compartía celda durante la capacitación. Juntos, analizaron la vida, el futuro y el amor. “Tranquilo, alguien va a venir”, recuerda que le dijo al que en ese momento era su maestro. La frase fue premonitoria, Geraldina tardó solo unas horas en hacerlo: el día siguiente decidió acompañar a su madre al penal, quien casualmente era voluntaria de la fundación y se encargaba de compartir algunas viandas entre los presos. Al final de una meditación, su voz se cruzó con la de Marcelo, a quien conocía desde los 13 años –eran vecinos–, pero con quien había perdido contacto. Ese reencuentro fue el inicio de una relación sentimental que sostuvieron por tres años entre rejas. El símbolo Om –que Marcelo también se tatuó en su antebrazo– se convirtió en una esperanza.

“Yo encontré el amor adentro”, recuerda Geraldina, que pasó a ser una visitante asidua del penal y empezó a meditar. “Lo que había conocido afuera no se parecía a esto”. Geraldina y Marcelo recuerdan esos duros años de espera mientras caminan juntos por Villa Lanzone, en José León Suárez. Ambos visten ropa ligera, luciendo sus tatuajes al desnudo, todavía intactos en los antebrazos. Es un día de calor extremo, de un aire que aprieta el pulmón. Los acompaña Ezequiel Galiano, de 30 años, que vive en el mismo barrio y que fue también interno en el Penal de San Martín durante seis años y medio, aunque durante un período distinto del de Marcelo.

Con ganas de devolver al mundo aquello que han aprendido, tanto Marcelo como Ezequiel se están formando como instructores del método que practicaron dentro del penal, y ahora ofrecen cursos de yoga y respiración a chicos y adultos en situación de calle. “Es una experiencia de vida que nosotros tuvimos y que no queremos que los chicos la pasen el día de mañana. Es ahora que hay que trabajar con ellos, dándoles valores y contención, que es en realidad lo que necesitan”, cuenta Ezequiel.

Política de reconversión

Marcelo y Ezequiel están contentos con este servicio que brindan al barrio: la ONG vuelve una vez por semana para hacer seguimiento. Están seguros que meditar fomentará el diálogo entre los vecinos y ayudará a proponer acciones de cambio para solventar problemáticas como, en este caso, un gran basural que genera algunos problemas ambientales. Sin embargo, el horizonte es largo y confiesan caminar a pulmón, a veces sin ni siquiera tener recursos para comprar las viandas que entregan a los chicos y sabiendo que, cuando ellos y los voluntarios regresan a sus casas, los chicos quedan de nuevo en manos de la calle. Proyectos como estos ayudan, pero terminan dependiendo del esfuerzo de sus voluntarios.

Nadia, instructora de El Arte de Vivir, acude a algunos de estos encuentros. Llega a Villa Lanzone en su propio auto, con su propia nafta y regresa a casa pagando los 30 pesosde peaje de su bolsillo, a medida que agarra fuerte el volante y murmura hacia sí misma la palabra Seva –una parte del yoga que invita a realizar servicio desinteresado–, como si fuera un mantra. La fundación le cubre todo, dice, pero ella decide hacer servicio en su totalidad. Hace unos años, Nadia se sintió inspirada por una entrevista que vio en la televisión acerca de respirar y, desde entonces, dice haber experimentado una nueva vida. “El nivel de transformación es tanto adentro como afuera. Delinquir contra los propios códigos también es un delito y muchos sentíamos que no éramos nosotros mismos”.

El yoga es un camino milenario que requiere compromiso y al que se llega por elección
El yoga es un camino milenario que requiere compromiso y al que se llega por elección

En una capacitación de voluntarios para el Programa de Cárceles, Érica Maryncak comenta a los asistentes que antes de poner el pie en un penal, cada uno debe sentirse agradecido. “Cuando termina la jornada, tu corazón está grande. Quien más se lleva sos vos”, aclara. Habla sobre una pequeña tarima frente a una cincuentena de candidatos. Todos escuchan desde sus sillas de meditación blancas. La sala está impecable y desde este clima nadie se puede resistir a entregar su agenda a este programa, que tiene presencia en cinco penales de Buenos Aires y en cuatro proyectos penitenciarios alrededor de Argentina. Pero hay muchos más penales donde el yoga no llega, con internos que no meditan y redenciones que se pierden. Algo que invita a pensar si sería válido aprobar una ley de reducción de penas a cambio de practicar yoga.

Es innegable el valor de esta disciplina como camino de liberación y bienestar, así como el impacto positivo que la técnica ofrece de por sí. También, el esfuerzo que hacen estas iniciativas al salir de sus entornos de seguridad, ensuciándose las manos en terrenos desconocidos, conflictivos y desafiantes. No solo hay una exposición por parte de los equipos voluntarios, sino una labor admirable al sostener la energía de una clase en estas circunstancias. Pero el yoga es un camino milenario que requiere compromiso y al que se llega por elección, tanto si estás de un lado como del otro, ya sea por desesperación o por querer saciar una búsqueda espiritual, que no todos los seres humanos tienen y que tampoco es necesario que la tengan. No hay que olvidar, además, que en Occidente practicamos una de las ocho ramas del yoga –las asanas o posturas físicas–, que son la preparación para lograr un estado de conexión vital mayor. Y muchos de los comportamientos esenciales para que el yoga tenga un buen efecto –como lo es la práctica de una alimentación vegetariana, que permite un estado de pureza física previa a la iluminación– no se pueden aplicar en estos contextos.

Entonces, ¿debería ser el yoga una política de reconversión? Podría serlo, pero bajo muchas incertidumbres: que el Estado imponga una técnica que, aun siendo exitosa, tiene bases hinduistas en un país mayormente católico; que se entrometa en las creencias de los ciudadanos llegando incluso a las escuelas; o que subvencione eventos masivos como el de la llegada de Sri Sri Ravi Shankar al país en 2012, bajo el riesgo de que un camino espiritual se termine convirtiendo en un espacio de propaganda política. En cualquier caso, el Estado sigue sin ofrecer soluciones de contención y sin preguntarse cuáles son las causas de la violencia que el yoga puede –y quiere– redimir.

Por los barrios

Juan Pablo Restrepo –licenciado en Filosofía y profesor de yoga colombiano– brinda clases de yoga en la Villa 31 Bis desde hace dos años y está convencido de que la gran dificultad de llevar la disciplina en estos contextos es creer que la técnica de por sí va a transformar, que va a generar un impacto o que va a hacer decrecer la violencia. “El yoga ayuda, pero lo que transforma es la relación que se teje entre las personas”, asegura. “La miseria del yoga puede ser creer que tienes una herramienta y que vas a mejorar al otro, sin escuchar nada del otro lado, ni saber qué espiritualidad o qué estrategia de sobrevivencia existe”, dice.

Juan Pablo se implicó en este proyecto por “querer aprender de la villa misma, de la gente y de la sabiduría que existe, una sabiduría de sobrevivencia y de resistencia”, admite. Además, detectó que el yoga tiene el riesgo de convertirse en una herramienta con la que se puede evadir cualquier situación dificultosa. Su propósito es brindar la técnica sin quedarse en la pequeña paz que uno descubre, más bien viviendo la realidad a pleno y fortaleciéndose dentro de ella.

Daniela Soto e Inocencia Aguirre, dos de las alumnas del grupo de mujeres de Villa 31 Bis, lo reciben en una de las puertas del barrio para caminar juntos hasta la clase. Cruzan pasillos de tierra y un sinfín de conversaciones se confunden en la calle. Es domingo y los vecinos se agrupan bajo el sol, a compartir la sobremesa y escuchar música, disfrutando de su día de descanso. Todo lo que pasa afuera se vive adentro, en la clase, en cada uno de los estiramientos, saludos al sol y ejercicios realizados en pareja. También en la meditación final, que aspira a entregar un momento de silencio al grupo mientras los muros de la sala siguen resonando a ritmo de cumbia.

A modo de empoderar a las participantes, cada una de las alumnas pasa al frente a mostrar una de las posturas o a cantar el mantra de cierre, guiando al resto. La clase finaliza con una ronda de mates, café y dulces, dando espacio a la palabra. Es momento para contar cómo están, una reflexión que Juan Pablo considera esencial. “Para estas mujeres, que siempre viven en función de otros y que empiezan a tener dolencias y cargas que no saben de dónde vienen, es clave que aprendan a sentir cómo están hoy”, comenta. Daniela, quien ha visto mejorar sus problemas de lumbalgia desde que practica yoga, reconoce que “siempre estuvimos en el rol de sostener”. Inocencia confiesa que estas clases la han ayudado a tomar conciencia de que vivía acelerada. “Ni te das cuenta de que estás viva. Es muy loco”, dice. La ronda de reflexiones se convierte en un espacio de intimidad, casi con abordaje psicológico, en el que se despliegan otros problemas que van más allá del cuerpo físico.

Un acercamiento muy sensible es también el que realiza la Fundación Mujer de Luz Argentina en los barrios en los que trabaja. La organización, sin fines de lucro, entrega herramientas a las mujeres a través de Kundalini Yoga, una técnica que pretende liberar la energía estancada dentro del cuerpo. Según este método, es dejando fluir la energía que se logra armonizar los centros energéticos del cuerpo y se puede activar un flujo creativo en el individuo, acompañándolo al cambio y a la acción. Hari Miter Kaur, directora ejecutiva de la Fundación Mujer de Luz Argentina, opina que lo que aporta el Kundalini Yoga son “valores que se han perdido en la sociedad actual. Practicarlo requiere esfuerzo, compromiso, voluntad y disciplina diaria”.

Mujer de Luz Argentina, que tiene base en el país desde mediados de 2016, trabaja con cinco programas sociales en distintas ciudades y con la participación de varias voluntarias. Algunas de ellas se acercan cada sábado hasta Ciudad Oculta, la primera villa del país en la que instaló sus proyectos, apoyando una asociación que trata temas de género. Las clases de yoga se realizan en un garaje privado, cedido por una de las alumnas. El entorno es inhóspito, con muros de ladrillos, cemento, cartones y una cruz católica que cuelga, algo torcida, en la pared del fondo. El piso se arma y desarma cada semana con recortes de goma espuma. En el exterior, petardos, gritos y reguetón a todo volumen acompañan las dulces palabras de Hari Miter mientras dicta la clase.

Las participantes son pocas, ya que el proyecto recién está arrancando, pero ya se pueden ver cambios positivos en sus vidas. Wendy, una alumna de 22 años, incorpora las respiraciones que aprende en la clase cuando se enoja en casa. Vicenta, una alumna de 53 años que se suelta el pelo con libertad en mitad de la práctica, dice poder dormir después de muchos años. Al terminar la clase, el grupo pide permiso para presentarse con un hombre en la siguiente clase. Hari Miter y su compañera se miran. Lo tendrán que hablar en privado y prometen regresar con una respuesta para la próxima sesión, dicen.

Las ganas de expandir el bienestar que ofrece el yoga puede empujar a abrir las puertas a cualquier persona, incluso tratándose de un grupo de mujeres, pero es una cuestión de suma delicadeza. Así, hay que decidir si es mejor permitir que las mujeres sean controladas por sus maridos mientras tienen este espacio de intimidad –algo que ha pasado en otras ocasiones– o exponerlas a que estos les prohíban seguir yendo a las clases. Un hecho que demuestra que la implantación de estas iniciativas está en debate constante por parte de los organizadores, quienes hacen camino al andar.

En proceso de experimentación

En Occidente practicamos una de las ocho ramas del yoga, las asanas o posturas físicas.
En Occidente practicamos una de las ocho ramas del yoga, las asanas o posturas físicas.

Otro proyecto que camina de la mano del aprendizaje es Moksha, una iniciativa que nació en septiembre de 2015 a partir de un grupo de cinco profesores de yoga que se organizó para dar clases al equipo de rugby Los Espartanos, en el pabellón 8 de la Unidad 48 del Penal de San Martín. Antonio de Vedia, profesor de yoga y uno de los miembros de Moksha –un nombre que en sánscrito significa “liberación espiritual”– explica que el plan para este año es consolidar el proyecto, midiendo quiénes son los internos que están más comprometidos con la práctica para eventualmente transformarlos en profesores. “Entramos en la cárcel sin saber nada de ella ni del perfil del preso, lo fuimos descubrimos”. Además, asegura que el objetivo de liberación que ofrecen a los presos también lo tienen para ellos mismos. “A pesar de estar en situación de libertad tenemos, como todos, nuestras propias cárceles: miedos, angustias, celos, enojos y tantas otras emociones negativas”, dice.

A medida que el yoga se consolida en zonas adversas, crece fuera de los salones tradicionales. Varias reparticiones públicas están probando su introducción, como es el caso de la Provincia de San Luis que en el año 2014 instauró el Programa Ayurvédico Anti Stress (PAAS) para bajar los niveles de estrés de los agentes de seguridad de primera línea. En Argentina, además, este año arranca Yomu, la primera formación del país auspiciada por el Ministerio de Educación del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires para que los docentes introduzcan el yoga en las escuelas. Con esto se pretende mejorar la concentración de los alumnos y reducir las situaciones de bullying. Así, el país se suma a la expansión que el yoga ya tiene en proyectos públicos de otros lugares del mundo, como en escuelas de Estados Unidos, cuerpos policiales de México y la India, o profesionales de la medicina en España.

El yoga como herramienta social está prendiendo en varias instituciones y contextos de la vida cotidiana. A veces de forma ingenua, pero la mayoría de los casos con resultados muy efectivos. Sin embargo, enfrenta un desafío mayor, posicionarse como una práctica accesible y gratuita para todos, pero sin ser una política de imposición.

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