
Ribera Norte: anatomía del bajo
Desde Olivos hasta San Fernando, la franja enmarcada por el río y el Tren de la Costa combina bohemia, modernidad y misticismo con la posibilidad de practicar deportes y disfrutar del aire en estado puro
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Una anciana bambolea su capelina adornada con flores y pájaros de plástico mientras pasea una jauría de perritos. Fernando Peña y Favio Posca patinan de la mano estirando rítmicamente las piernas, adelante, atrás. Una adolescente camina descalza y un lagarto overo merodea por los jardines de los vecinos. Esto es el Bajo: mucho más que una ensalada de barrios apretada entre el río y las vías del modernísimo Tren de la Costa.
El Bajo -que en esta nota recortamos desde Olivos hasta San Fernando- se hizo famoso en los años 50 por sus playas de arena cobriza donde las chicas tomaban sol en generosos trajes de baño y mataban la tarde en los recreos, entre enjambres de hombres que zumbaban alrededor y, que alguna vez, en los burdeles silenciosos de la zona se disputaban una mujer carabina de por medio.
Ahora, la fama la tiene un puñado de clubes-bares-paradores muy característicos; los negocios de ropa vintage y de diseño donde merodean chicas en pollera y zapatillas; los stands de antigüedades que hechizan al turismo y, sobre todo, un toque bohemio, relajado y misterioso que atrae a personajes de distinto pelaje.
-Tenés que entrar con la cabeza gacha y mirar mucho, porque es un barrio de gente muy humilde donde se mezclan casas de ricos, barras de pibes, pobres, chorros, pungas, modernos... La gente tiene miedo de ir porque pasan cosas. Es una mezcla de Palermo y San Telmo -dice el actor Fernando Peña, que hace poco tuvo que abandonar su casa del Bajo, en la calle Primera Junta, a causa del acoso de una admiradora con problemas psiquiátricos.
Peña se mudó a algunas cuadras, pero vuelve a la costa cada vez que puede. Hace poco le arrebató el puesto de cajero al empleado de un almacén del barrio, para filmar un videoclip.
Cuentan que hasta Susana Giménez prefirió refugiarse en el anonimato de El Toto, un encantador restaurante montado sobre una casita isleña de ventanales de madera, salamandra y mesas alumbradas con farolitos a querosén.
-Un día llamó Jorge Rodríguez y reservó el restaurante para una cena íntima. Llenó las mesas con rosas amarillas y yo les serví como entrada mortadela y queso. La comió como una reina -dice Pablo, el dueño del restaurante.
Adrenalina
El clima es muy intenso en esta franja de la ciudad que no tiene escudos frente al río: cuando hay sudestada, parece que el viento se llevara el mundo por delante y cuando sale el sol, el calor hace olvidar los prejuicios y todos corren a mirar el río bajo un cielo manso y azul.
Nada asusta a los deportistas que confluyen en los clubes alineados en la costa para practicar windsurf, kitesurf, trepar una palestra, jugar al hockey sobre hielo o navegar.
-Cuanto más viento hay, ¡mejor! -se entusiasma Alberto Anido, presidente de la Asociación de kitesurf, deporte en el que la gracia está en deslizarse por el agua sobre una tabla remontada por un gran barrilete.
Arincho era el fotógrafo de la costa cuando el deporte más popular era la paleta. Dice que ni su madre lo conoce como Antonio Spinelli, el nombre oficial de este hombre de 75 años, siempre bronceado, con bucles canosos que le caen sobre los hombros y que vive con el torso desnudo en invierno y verano: "No tengo frío porque tomo mucho sol", dice mientras revisa las hierbas aromáticas que cultiva y reparte en el barrio.
-Llegó a haber tanta gente -recuerda Arincho- que en un solo día hice 600 fotos..., y eso que éramos nueve fotógrafos. ¡Era otra cosa! Hasta que empezaron a sacar arena para llevarla al hipódromo y con la tierra aparecieron los juncos... Entonces la gente venía menos porque no les gustaba tanto bañarse entre juncos.
Arincho tenía una escenografía montada a orillas del río: un velerito blanco con ancla, salvavidas naranja y un gorro de capitán que se ponían las chicas cuando posaban para su cámara. Conserva pocas fotos. En una está Arincho joven, terriblemente buen mozo, posando en la misma calle donde ahora vive, con el agua hasta la cintura.
La historia del Bajo es una historia de subidas y bajadas del río. Las casas se construían alejadas del suelo y sus habitantes vivían pendientes del viento del Sudeste. Todos tenían un bote. Y todos lo usaron alguna vez.
Distintas obras hidráulicas encaradas por los municipios cambiaron el destino de la zona. El mendigo, el pescador y el millonario viven ahora en la misma manzana; hay pequeños asentamientos y trabajadores golondrina en la misma zona donde tiene sus mansiones, por ejemplo, la familia Constantini.
Amanecer sobre el río
Cacho ceba un mate de lata con una pava que se puso totalmente negra de tanto calentarse sobre las brasas. Desayuna mirando el amanecer sobre el río desde la ventana de su casa en el barrio Las Barrancas. Como él, más de 20 familias compraron una porción de terreno en un predio que antiguamente estaba minado de casillas que los pescadores usaban los fines de semana.
Casitas verdes, amarillas, rojas, un caserón de cemento con ventanales. Hippies, artistas, émulos de Marley, familias comunes, viejos, jóvenes, chicos. Una vieja boya que trajo una sudestada está enredada entre toboganes, sogas y pasadizos donde juegan los más chicos. Un barrio cerrado sin las pretensiones de los barrios privados.
-Cuando hicieron el tren, la hija de los dueños de la empresa (en referencia a la familia Soldati) vino un par de veces a comer asado con nosotros, acá en un tablón puesto con caballetes en la vereda -recuerda Cacho señalando la calle.
El tren trajo gente nueva y favoreció la creación de nuevos barrios. Apareció la palabra loft, surgieron condominios, countries, barrios, barriecitos.
Enamur, en Olivos, es un barrio mini que toma el nombre de una famosa boîte. Tiene tres cuadras de largo por una y media de ancho, y sus vecinos hicieron un censo casero para conocerse mejor, intercambiar nombres y preocupaciones.
El lugar tiene palmeras, casas que ganaron premios de arquitectura, y también un asentamiento, basura y abandono en algunas esquinas, un relleno a medio hacer en la costa y una cabina de avión convertida en departamento provisional.
En otras zonas, las preocupaciones cambian: olas de hurtos que se van y vuelven, edificaciones que no respetan los códigos, proyectos fantasma de urbanizaciones que nunca se terminan de esclarecer.
Donde muere la calle Roque Sáenz Peña, el Centro Cultural de la Ribera congrega todos los sábados a pequeños artistas que apenas se preocupan por el próximo color en el que sumergirán sus enormes pinceles.
La casa, de inspiración isleña y aire purísimo, abre todos los domingos para que los padres compartan actividades artísticas con sus hijos, y los segundos domingos de cada mes también hay funciones de títeres.
Los sábados a la noche, una peña que huele a choripán y empanadas regionales sintetiza el espíritu del Bajo: bailan sin prejuicios el criollo, el visitante, el porteño y el extranjero.
Ecología
Las especies autóctonas de la ribera del Río de la Plata tienen un refugio asegurado en las reservas ecológicas de Vicente López y San Isidro.
Las dos son de acceso gratuito y están sobre la costa. La primera, a la altura de la calle Anchorena, y la segunda, en López y Planes, Acassuso.
La de San Isidro se vuelve intransitable cuando la marea sube y deja un manto de envases plásticos y desperdicios que los voluntarios recogen pacientemente.
-Hay muchos estudiantes de biología que vienen a trabajar como voluntarios o a hacer pasantías. Ayudan a cultivar plantas autóctonas para mantener el ecosistema y colaboran en la rehabilitación de fauna, en general de animales silvestres que fueron mal considerados como mascotas -dice el guardaparques Willy Bryant, de la reserva de Acassuso.
Adónde ir
- Los domingos, durante todo el día, hay una feria de antigüedades en la estación Barrancas
- La mayoría de los restaurantes y bares está agrupada en las calles Roque Sáenz Peña, Primera Junta y El Cano
- Los pescadores se congregan en la rambla de San Fernando y en el muelle de Martínez, que está en la calle Pacheco
- En la estación Anchorena, la Municipalidad de Vicente López creó uno de los parques públicos más lindos de la zona
- La mayoría de los clubes náuticos ofrece cursos de navegación de vela para socios y no socios
- La bicisenda comienza en la calle Roma y termina en la estación San Isidro. En la calle Perú y las vías se alquilan bicicletas y rollers y se pueden tomar clases
- Los domingos a la tarde hay actividades infantiles en el Centro Cultural de la Ribera, Roque Sáenz Peña y la costa






