
Ritmo, letras y color local
En Tango, una pasión ilustrada (Ediciones Lea), Gustavo Varela se sumerge en la producción gráfica que acompañó a esta expresión musical
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La historia argentina se escribe de muchos modos: en la vida política, en los héroes nacionales, en el devenir económico, en las costumbres y en los gestos de sus habitantes; se escribe en discursos, en fotos, en acciones, en la traición de algunos y en la fidelidad de otros. Son formas de decir lo que fue, de arbitrar un pasado, de pensar hacia atrás eso mismo que hoy somos.
El tango es uno de esos modos de habitar nuestra propia historia. Porque nace cuando nace la Argentina moderna, en medio de la fiebre de tener que inventar un país, cuando se define el territorio y la unidad política y un nuevo orden jurídico y todo no es sino agitación e inquietud. El tango nace allí, en la década de 1880, como un hijo bastardo parido en los márgenes morales, a contrapelo de todo lo deseable. Y desde allí, desde aquel origen con cuerpos lujuriosos que se incitan y bailan, que se rozan y se aprietan sin límites, la historia del tango acompaña y dice el devenir de la historia política y social argentina a lo largo de todo el siglo XX.
En su nacimiento no es melancolía ni tristeza sino expresión prostibularia y moral inconveniente. No podía ser de otro modo: Buenos Aires es uno de los centros internacionales de la prostitución, un problema social que preocupa a juristas, médicos, literatos, intelectuales y políticos. Se escriben tesis de doctorado, novelas, diferentes reglamentaciones; se sancionan leyes, se fundan instituciones y se crea un sifilicomio. La Asociación Internacional de Lucha contra la Trata de Blancas designa a Buenos Aires como "el peor de los centros del inmoral comercio de mujeres".
La prostitución forma parte del imaginario social de la época como una cuestión que se extiende por todas las capas sociales y que resulta una amenaza de infección moral para toda la nación. El tango está allí, como un baile procaz y lúbrico, con una sensualidad tan disruptiva respecto a otros bailes de aquellos años de fines del siglo XIX. Por ello el prostíbulo va a ser una de sus nutrientes, un ámbito de marginación moral en el que los cuerpos se estrechan al ritmo de una música improvisada.
En particular en los prostíbulos de las clases altas, de paredes alfombradas y cortinados de lujo, donde los "niños bien" buscan un ambiente festivo de diversión y desenfado. Y el tango lo celebra con sus títulos de doble sentido: Tocámelo que me gusta, Echale aceite a la manija, Afeitate el siete que el ocho es fiesta, Va Celina en punta.
Pese a la sanción moral que recibía, la expansión del tango en la sociedad porteña fue rápida: se lo baila en los carnavales, se lo enseña en las academias, los músicos proliferan.
El organito callejero y la edición de partituras son las formas privilegiadas de difusión de su música. Estas se imprimen de a cientos, de a miles. Los dibujos de sus portadas son escenas de la vida cotidiana de la Buenos Aires del Centenario: conviven el aristócrata y el organillero italiano, el guapo desafiante de saco ajustado y el hombre triste; los negros milongueros y la mujer de la "buena vida". Son los habitantes de una ciudad cosmopolita que se diversifica en idiomas diferentes y en costumbres variadas, que reúne al inmigrante y toda su novedad aluvional, al hombre de campo desplazado por el alambre de púa y a los sectores acomodados, perdidos ante tanta diversidad.
El tango los agrupa en sus ámbitos privilegiados de gestación (el prostíbulo, pero también el hipódromo y el carnaval) y expresa en sus títulos una realidad política y social de transformación, un proceso en el que la Argentina va en busca de su identidad como un estado moderno. Por ello la mujer es un tema para el tango, porque es el efecto de una nueva realidad donde el modelo femenino se modifica y la mujer va adquiriendo lentamente un protagonismo social que interpela a los hombres. "Percanta que me amuraste en lo mejor de mi vida", los primeros versos de Mi noche triste, es una síntesis del padecimiento que vive el hombre frente a este despliegue del deseo femenino.
Este tango, compuesto por Pascual Contursi en 1916, es el que inaugura un nuevo período para el género, porque "va de los pies a la cabeza", es decir, del baile a la palabra y se hace canción. Es otra la realidad de entonces: Hipólito Yrigoyen, elegido por el clamor popular, asume como Presidente de la Nación ese mismo año. Es el hijo de un inmigrante quien gobierna, como son los hijos de los inmigrantes los que van a componer un tango diferente al anterior, ya no como una música destinada a reunir los cuerpos en el baile, sino como una narración que enuncia verdades. El tango canción dice en sus letras una moral definida, un orden axiológico que juzga y establece valores para la vida cotidiana. Más una necesidad política de los sectores populares que una modificación estética del tango.
En las ilustraciones de aquellas antiguas partituras, en la expresión de los personajes o en la variedad de situaciones es posible ver los rostros de una Argentina que se buscaba a sí misma de todos los modos: en la lucha política, en la diversidad social y también en el tango.





