Rodolfo Mederos: Bandoneón y después

Idolo del tango para un maestro como Daniel Barenboim, el músico es también biólogo, cineasta, carpintero, docente y coleccionista
Marina Gambier
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22 de octubre de 2000  

"Una mezcla de varias cosas, eso es lo que soy", dice Rodolfo Mederos sentado a la mesa de su estudio de la calle Solís, instalado en una antigua casona tipo chorizo en la que también reside desde hace años. Ninguna otra definición podría sentarle mejor a este hombre barbado que parece leer la cortesía en partitura.

Por un ventanal de la habitación donde recibe alumnos particulares de música, asoman las ramas de un árbol que estalla en brotes. La vista en sí misma no es gran cosa, pero contemplar ese nuevo verdor debe producirle felicidad a Mederos, que de chico soñaba con descifrar los códigos del mundo vegetal aunque estuviera enterrado en macetas y canteros. Pocos lo saben porque es, en realidad, una persona modesta y reservada, tan reservada que sólo luego de mucho insistir accederá a abrir la puerta que separa su vida pública de la privada.

Y esto es literal, porque el otro yo de este hombre que compone y toca el bandoneón habita en el extremo de la vivienda, exactamente al final de un pasillo largo. Subiendo una escalera empinada que conduce a un desván de techo bajo construido no hace demasiado tiempo. Allí, entre pipetas y balones, destila su pasión el biólogo que quería traducir el idioma de los heliotropos, la conversación de los geranios.

-Vos dirás qué manera de juntar basura, para qué. Pero cuando necesito encontrarme conmigo voy ahí. Estudiar biología me permitió entender un aspecto del mundo muy interesante, no sólo saber que el agua destilada hierve a 100 grados. Sobre todo la genética vegetal. Siempre creí que las plantas debían ser estudiadas más en profundidad, especialmente su lenguaje ¿por qué pensar que sólo el hombre puede comunicarse?; y por favor, que nadie tome esto como un comentario esotérico, pero, ¿quién ha demostrado que una flor no establece algún diálogo, de cualquier naturaleza, con otra? Creer lo contrario es como pensar que la tierra es plana sólo porque no se ve la redondez. El hombre está acostumbrado a subestimar todo lo que no conoce o supone que está debajo de él. es más, cuando queremos descalificar a alguien decimos que es un vegetal, canta como un perro, es gorda como una vaca, torpe como un elefante. Y a nadie le da empacho cortar una flor, algo que para mí es un acto de crueldad indescriptible... En cambio éste, mi otro gabinete, es más riesgoso: acá hay un público, una empresa, un disco para hacer, un lugar donde tocar. Por eso desde hace un tiempo mis investigaciones pasan por la música, porque socialmente soy un músico.

Bandoneonista o encantador de plantas. De haber sido otro su destino igual se hubiera empeñado en mantener a raya el trabajo más serio del puro negocio. En ese sentido, a la industria discográfica no le será fácil devorarse el género popular, al menos no mientras Mederos tenga a mano un pentagrama.

Justamente por eso no tiene empacho en decir que el hecho de que Eterno Buenos Aires haya sido nominado al Grammy Latino por el mejor disco de tango, no aporta demasiado a sus 45 años de oceánica carrera. Sus doce placas editadas y las dieciocho bandas de películas compuestas no han salido de la nada ni de la galera de un marquetinero. Pertenece a esa categoría de personas que mide el éxito en términos menos fatuos. Y en realidad, de haber ganado el Grammy, se hubiera deprimido bastante.

-Esto no significa que no me interesen los premios, porque cualquier distinción que la raza humana haga a otro congénere es auspicioso. Lo que pasa es que se premian intereses ajenos a la producción artística. El mejor premio en todo caso es el haber elegido la vida que elegí, la música que hago, el instrumento que toco, la casa en la que vivo. Ocurre que la industria fabrica discos, solistas, conjuntos, personajes, músicas, temas, y en ese contexto cuando aparece un hecho artístico siempre es visto de reojo porque no encaja dentro de los cánones establecidos, y esto hace que termine en una elite, en el sensible que ha preservado su capacidad de elección. En ese sentido, soy un elitista, porque no sé hasta qué punto lo que funciona masivamente no es digno de sospecha. No quiero parecer soberbio, pero a veces, cuando me aplauden mucho pienso en qué me habré equivocado, en qué habré sido complaciente.

Nació en la maternidad Sardá, pero vivió hasta los 12 años en Hurlingham, cerca de las vías, porque su padre era un ascendente empleado de ferrocarriles cuando éstos eran ingleses y el interior de la provincia un polvoriento descampado. Entonces gustaba de armar proyectores de cine con cartón y películas recortadas de las tiras del Billiken, o sumergirse en el gallinero donde tenía su gabinete armado con frasquitos llenos de líquidos raros. -No sé por qué aparecieron esas vocaciones. En mi familia no había antecedentes más que la sensibilidad de mis padres, que me alentaban en todos los proyectos riesgosos; por ejemplo, que un hijo se dedicara a ser músico, cuando podía ser médico... Por fortuna no tuve esos atavismos perversos. Del otro lado de las vías se instaló un polaco que construyó de a poco una piecita de material. El día que la inauguró fuimos a visitarlo vestidos de domingo, y para festejar él sacó de una caja negra un bandoneón que a mí me pareció enorme.

Mederos es delgado, de contextura menuda. Degusta los cigarrillos hasta la última pitada y cuando habla apenas gesticula con las manos. Resulta difícil imaginarlo de chico tratando de sostener un fuelle derramado sobre su falda. Pero bajo el hechizo de aquel instrumento brillante y lleno de botoncitos pasó el resto de sus tardes. El vecino dio algunas instrucciones y su madre, una mujer de apellido Shutlz, dueña de un buen oído musical. Ella le fue tarareando melodías de tango hasta que el niño logró su primer repertorio. Después de un concierto barrial consideraron oportuno comprarle un buen bandoneón.

-Al cabo de unos meses, de una manera salvaje te diría, que es la mejor manera de acceder a la música, y no es que esté en contra de lo erudito -porque en última instancia estoy haciendo cosas a favor de esto último, en la escuela, en el libro que estoy escribiendo y en las clases que dicto-, pero es imprescindible ese acercamiento casi corporal. Me mandaron a estudiar con un maestro que tocaba en una orquesta, así que te imaginás, fui sometido a la pedagogía de esos años. Pero uno es músico a pesar del aprendizaje. Y fui un pésimo alumno porque mi esencia natural es bastante anárquica y siempre me las arreglé solo. Lo que aprendía por mi cuenta era la realidad, y entonces, saber que la corchea valía la mitad de una negra, significaba para mí una matemática carente de sentido. Siempre he creído que lo instituido es pernicioso, de manera que por un lado estudiaba música y por otro hacía música, que son cosas completamente distintas. La música es así, las notas están ahí, esperando en el cerebro. Uno tiene que tomarlas, saber elegir cuál va con cuál, hacer de eso algo articulado y vivo.

La familia gozaba de un buen pasar económico y gracias a un ascenso laboral pudieron emigrar a Córdoba en busca de aire puro para calmar los debilitados bronquios paternos. Eso no impidió que el único hijo continuara con sus clases de música. A los 12 años estre-nó maestro y a los 15, cuando las orquestas profesionales de la ciudad solían visitar el estudio de Eduardo Baravalle -su maestro- buscando jóvenes que tocaran más o menos bien para cubrir vacantes, se unió a los Reyes del Compás. -Me acuerdo que la primera vez que toqué en condiciones profesionales fue en el cabaret Caracol, en el pasaje Muñoz. Esa noche se armó una trifulca bárbara y el director decía: Ustedes sigan tocando, si- gan... Así durante un tiempo me gané mis primeros manguitos. Pero en esa época era costumbre en las fiestas contratar una orquesta típica y otra de jazz. Yo los observaba porque me llamaban la atención el baterista, las trompetas, ese lenguaje distinto. Entonces el mundo que me rodeaba era bastante fundamentalista y eso empezaba a aburrirme. Trabé amistad con varios músicos de jazz que solían invitarme a tocar o a tomar algo, y así descubrí a tipos como Charlie Parker, Stan Kenton. Me di cuenta de que corriendo el velo encontraba cosas que podían potenciar lo que yo hacía. De pronto aparece en la escena nacional un tipo como Horacio Salgán. Escuché A fuego lento y sentí que esa música, en algún punto, me estaba diciendo algo. Al tiempo, surgió la emblemática figura de Piazzolla, que más allá de sus gestos y actitudes arriba del escenario, nos estaba dando permiso para aventurarnos allí donde el tango parecía haberse entronizado. Y automáticamente me convertí en un apóstol de la rebeldía.

Timoteo, Panta, Alfa, El colorado, Telmo y Francesco. Seis bandoneones tiene Mederos y a cada uno podría reconorcerlo con los ojos cerrados, como a la piel de Valentín, su hijo de nueve años. Pantaleón era el segundo nombre de Astor Piazzolla, y Panta es, precisamente, uno de los bandoneones que perteneció a Piazzolla. El recorido es largo, pero la historia de cómo llegó a sus manos comenzó a tejerse en Córdoba, cuando Mederos era un aplicado estudiante de biología de la Universidad Nacional, que trabajaba en el Instituto de Investigaciones de Virología y cultivaba mosquitos anofeles culex en su dormitorio.

Tenía novia, y a los 20 ya había formado el Octeto Guardia Nueva, junto a músicos de la sinfónica local con los que alcanzó cierta repercusión en el ambiente mediterráneo. Esa fama modesta no lo eximió de cumplir como todos con el servicio militar obligatorio, que lo aburría enormemente. Pero mientras cumplía una guardia, escuchó por la radio LV2 que Astor Piazzolla visitaba las instalaciones de la emisora. Era su gran oportunidad. Se escapó y tuvo la suerte de llegar al lugar en el momento en que le hacían escuchar al invitado un tema de su banda. Los presentaron. Y Piazzolla le dijo, simplemente: "Qué estás haciendo acá por qué no venís a Buenos Aires". A él le temblaron las rodillas y apenas pudo balbucear un esteeee, bueno... El desafío lo asustó. Al año siguiente, el Rengo regresó en ocasión de un concierto en el teatro Rivera Indarte y esa vez invitó al grupo a subir al escenario y abrir el espectáculo. La sala, llena de fans, familiares y compañeros de facultad, retumbaba de aplausos. Esa misma noche camino al hotel donde paraban los músicos, se detuvieron en la esquina de la facultad de Ciencias Exactas, a una cuadra del teatro. Y mientras Piazzolla firmaba autógrafos al pie de la escalera del imponente edificio, insistió: "Dejá la biología para los biólogos. Vos sos músico".

-Y como siempre fue una especie de padre putativo para mí; a los quince días estaba en Buenos Aires en una pensión, con muchas esperanzas y poca plata. Creo que la decisión más difícil fue dejar la carrera, porque además me faltaban pocas materias.me parece que en realidad vine engañando, pensando que la experiencia duraría unos meses y volvería a Córdoba. El desembarco porteño no fue menos sencillo: el proyecto de tocar en un espectáculo fracasó y encima le robaron su único fueye. Piazzolla le facilitó uno con la excusa de cobrárselo cuando reuniera el dinero. Pudo ahorrar lo suficiente como para comprar un bandoneón en una casa de remates, y eso estuvo a punto de ocurrir de no hallar entre los trastos empeñados un proyector marca Graf en impecables condiciones. A Mederos le encanta el cine, así que no dudó y se llevó el lote completo. Incluidos un rastrillo, un cuchillo y la última del Pájaro Loco, que miró cien veces tirado en la cama de la pensión.

Y ése no fue un simple arrebato. En los años posteriores consiguió un socio y adquirió en Paso Reducido un equipo de filmación con el que se lanzó a las arenas del corto. La ópera prima en cuestión trataba sobre la guerra civil española y, por cierto, ganó un concurso nacional de cine amateur. A estas alturas supo que Piazzolla le había regalado el bandoneón.

-Yo estaba fascinado con él, como le pasa a muchos jóvenes ahora. Pero con el tiempo empecé a entender que esa música ya no me producía el mismo estímulo. En algún punto ya me daba una sensación de ingenuidad, y no quiero parecer desagradecido. La influencia de los músicos es eterna, yo sigo influido también por Bartok y Bach, pero aquello duró lo que la juventud. A Osvaldo Pugliese no lo valoré en su momento, encandilado como estaba con Piazzolla que ponía el pie arriba de una silla, no usaba traje y tenía una guitarra eléctrica en su quinteto. Entonces me parecía anacrónico eso de estar sentado en una silla vestido con corbata. Necesité tiempo para darme cuenta de que quizá lo más importante que me pasó fue justamente eso. Que la sustancia más importante la recibí de Osvaldo. Era un tipo muy humilde, y yo andaba con el contrapunto y la fuga, y las armonías disonantes... me costó mucho entender que una música es buena no porque tenga mucho, sino porque precisa poco.

Otro detalle acerca de la persona de Rodolfo Mederos es que es un eximio constructor de trenes eléctricos. En el living de su casa, por ejemplo, ha levantado una estación completa con desechos de envases de comestible: escarbadientes, tapitas, palitos de helado, resina plástica, y hasta la rosquita metálica que ajusta la tapa de las cajas del jugo sintético Tropicana. El chiche, además, funciona.

En el desván, entre los frasquitos marrones llenos de bromuro de armonio y azul de metileno, hay también otros llenos de clavos y tornillos, clasificados según su tamaño y dispuestos en asombroso orden; porque en cualquier momento a Mederos puede ocurrírsele construir una mesa a partir de una simple madera.

En sus manos todo es susceptible de metamorfosis. Pero aunque con esas habilidades cualquiera sobrevive en este mundo, ya se sabe, no resulta lo mismo con el arte. En 1967 partió a París y allí estudió y vivió como pudo hasta que Osvaldo Pugliese lo convocó en 1969 para integrar su magnífica orquesta.

Ese fue su primer gol, según confesó en un reportaje. Se transformó en su músico y arreglador hasta 1974, cuando decidió emigrar en busca de un lenguaje propio con el cual reflejar su presente. Luego de merodear por otros ritmos, los frutos de la búsqueda le aseguraron un lugar entre los grandes del tango, con grabaciones de lujo y participación en recitales internacionales.

La última presentación en el teatro Gran Rex meses atrás, con Héctor Console en contrabajo y Daniel Barenboim obviamente al piano, fue una fiesta, pero para quienes nunca habían escuchado a Mederos. Entonces, la crítica especializada aprovechó la ocasión para hacer una observación acerca de la actitud de algunos empresarios locales que lamentablemente creen que es necesario contar con una figura de renombre mundial para que otros artistas accedan a ciertos escenarios.

-Es un fenómeno curioso y aterrador la relación del amo y el esclavo. Pongamos como ejemplos de amos a los grandes centros de poder económico que están representados en el FMI, y a nosotros, que en ese contexto pasamos a ser una especie de esclavos -casualmente tuvimos una manifestación en contra del FMI en Plaza de Mayo, algo que antes no se había visto en el país-. El problema es que una sociedad económicamente dependiente también lo es culturalmente, se configura bajo una especie de servilismo imitativo: queremos tocar rock como los ingleses, jazz como los americanos. Como consecuencia se termina dándole la espalda a la propia historia, uno se olvida de su pasado y al no tener perspectiva histórica no se tiene futuro. Esto ocurre con el tango: ahora afuera está de moda, lo bailan, parecería que les gusta, entonces acá lo tomamos de nuevo. Si a ellos les gusta a nosotros también nos tiene que gustar. Si ellos lo aprecian, nosotros también. Es de lo más perverso. Ya lo dije una vez, siempre lo que es moda acaba en liquidación. Felizmente siempre hay franjas de población que quedan exentas de esto y que viven el tango como lo más genuino, lo más nuestro.

Sobre una de las paredes del estudio, donde entrada la tarde no queda ni una gota de sol, cuelga un gran póster del árbol genealógico de la música clásica universal. Claro, entre las tupidas ramas trepan próceres y no asoma ni una hoja con los nombres del tango. Aunque, según Mederos, hay elementos teóricos que perduraron, líneas melódicas y estructuras rítmicas que delantan cierto desprendimiento; incluso en algunos tangos hay atisbos de sonatas que no se desarrollaron en sinfonías.

En septiembre último se celebró la V Cumbre del Tango en la ciudad de Rosario -la próxima será en Dublin en 2002- y allí estuvo. Entre el puñado de románticos dispuestos a impedir que las raíces populares perezcan.

-Hace cinco años que se realiza, al tiempo que también es la duodécima edición del Festival de Tango que se hace en Granada. Fue un éxito, teniendo en cuenta que asistieron veintiún países, aunque no tuvo la difusión necesaria de parte de la prensa. Es un evento que se abre en medio de una selva muy difícil, porque es un equipo de gente y una idea que no tiene nada que ver con la industria, no pretende vender nada. No hay detrás de esto ninguna estrategia comercial. Es más bien una quijotada, y una quijotada que funciona gracias al aporte de músicos, que entendemos que esto es lo que hay que apoyar; de algunos medios de difusión que lo han entendido; algunos funcionarios que han dado su apoyo; y empresarios, porque no es que sean todos satánicos. Pero sí creo que deberían sumarse más personas. En definitiva, esto es en defensa de nosotros mismos. Pero Troilo decía que el tango sabe esperar, y creo que eso es muy valedero y totalmente cierto.

En el gabinete de Mederos hay fórmulas precisas para cultivar esa enorme paciencia.

En 1984 fundó junto con otros colegas la Escuela de Música Popular, en Avellaneda, que actualmente cuenta con 800 estudiantes y donde es uno de los responsables de la carrera de bandoneón. Además tiene una veintena de alumnos particulares que asiste puntualmente a sus clases.

-La escuela es una institución que funciona con todas las debilidades de las instituciones públicas, y funciona básicamente porque la queremos. La pedagogía es un instrumento muy valioso. Yo no sé si enseño algo, uno lo que hace es producir estímulos y mostrar su experiencia, aunque la experiencia debe ser algo indivual. Yo no puedo enseñar lo que aprendí; en todo caso, suelo mostrarlo y eso sirve de orientación o estímulo, tal vez. Para mí la educación tiene que ver con un principio filosófico, es una militancia. Yo soy un militante de esto. Al no haber ninguna fracción política que me represente, adhiero a trabajar con gente joven para recuperar, mantener viva, fresca y pujante una esencia musical. Yo soy eso.

Mederos, músico

El músico de tango no aparecía todavía en aquellos años sesenta. A Mederos le resultaban más afines el jazz y el rock, y se integraba más fácilmente a los grupos Almendra, Invisible, Alas... hasta desembocar, en 1968, en aquel proyecto visionario de la Generación Cero, influido por toda una estética ciudadana que partía de Pink Floyd, Rick Wakeman, Emerson Like & Palmer, Yes, Frank Zappa... Mederos fue construyendo un nuevo universo no atado al chan-cháan del tango tradicional ni a la nueva rítmica piazzolliana del 3-3-2, aunque muchos veían en él al heredero de Piazzolla. Los 6 años, desde 1969, en la orquesta de Osvaldo Pugliese le inocularon el ritmo canónico, como un reservorio, mientras gestaba "la otra música de Buenos Aires", de la que resultaron algunas especies de baladas urbanas arraigadas en esta ciudad del tango. Llegó 1984 y su participación como protagonista musical en la película de Hugo Santiago Las veredas de Saturno. Allí empezó otra historia de Mederos en la recuperación del tango. Con la herencia de Pugliese, con el vuelo de Salgán, con las provocaciones de Piazzolla, el músico está de regreso hacia las vertientes. No lo distrae el estrellato de los últimos tiempos, con el trío del célebre pianista Daniel Barenboim y el contrabajista Héctor Console, con el que se presentó aquí, en varias ciudades de Alemania, París, Madrid y Nueva York. Con su quinteto, o en el disco junto a Colacho Brizuela, Mederos se interna por los meandros de la música ciudadana. Y son de antología, por su fraseo libre y sus armonías barrocas, sus versiones de La casita de mis viejos y Nunca tuvo novio, en solo de bandoneón. Mederos sigue siendo un referente para los jóvenes y para aquellos que, libres de severas ortodoxias, aman el tango de verdad. O que de verdad aman aquella que Astor llamó música contemporánea de la ciudad de Buenos Aires.

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