
Rouge, rímel, coloretes y compañía
La masificación de la industria de los cosméticos es cosa de este siglo, sobre todo de su segunda mitad. Pero existió desde muchísimo antes. Los antiguos egipcios ya comerciaban con afeites y recetas secretas, y hay pruebas de que hubo maquillajes ya en el paleolítico
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No hay en este mundo quien no anhele un rasgo de hermosura. Desde el hombre de Cro-Magnón, que no salía de su cueva sin la arcilla en los cachetes, el deseo de alcanzar una apariencia digna se ha constituido en una necesidad que ha subyugado hasta el último convencido de que el encanto no reside en el veredicto del espejo, sino en el kilo y medio de materia gris alojada en la mollera.
Salvo excepciones, el sostenido crecimiento del negocio de la cosmética ha legitimado en parte aquella discutible teoría esgrimida por Charles Baudelaire en su Elogio del maquillaje , publicado en 1863: "Todo lo bello y noble es resultado de la razón y el cálculo. Lo que da la naturaleza es horrible". Ya las primitivas civilizaciones asociaron la magia al maquillaje, considerando que ambas disciplinas pueden modificar la realidad. Ese arte de mutar en otra fisonomía fue de una importancia celestial para los hombres de la Antigüedad, seguros de que un aspecto agradable confería el poder de controlar situaciones clave, como seducir al sexo opuesto, asustar al enemigo, conquistar fuerzas y hasta conseguir lugar en el paraíso.
Esa idea ha perdurado hasta nuestros días globales, en los que una buena imagen puede asegurarle al sujeto más pedestre un pasaporte sin escalas al éxito personal. Gústenos o no, la coquetería es el barómetro con que las sociedades miden la evolución de sus ideales estéticos. La actualidad aporta pruebas sobre cuánta gravitación tiene en eso el uso del cosmético: mientras esta temporada Occidente lanza polvos volátiles cada vez más translúcidos, los maoríes de Nueva Zelanda persisten en la costumbre ancestral de recargar el semblante con franjas y diseños geométricos.
Como todo acerca de lo divino y lo humano, la cosmética atravesó momentos de oro y otros de oscuridad: fue cultivada hasta la exageración y prohibida por cuanto paladín de la moral se cruzó en su camino. Pero nada detuvo su avance.
Los primeros vestigios del uso del maquillaje datan del período magdaleniense, a fines del paleolítico superior, pero sólo en el Egipto de los faraones la cosmética se desarrolló, incluso como artículo de comercio.
Investigadores y amantes del espejo, a ellos debemos dos inventos aún vigentes en los escaparates del planeta: el henna o tintura vegetal para el cabello, y el kohol o antimonio, polvito negro para delinear cejas y ojos en forma de pez.
Según Dominique Paquet, autora de La historia de la belleza , en el tercer milenio antes de Cristo los sacerdotes del Nilo controlaron el negocio al tiempo que trabajaron en la depuración de las materias primas.
Algunos experimentos cobraron víctimas mortales, pero dieron con la fórmula de varios imprescindibles en el toilette femenino, como las primeras pestañas postizas -confeccionadas con patitas de moscas- y las pomadas a base de terebinto para combatir el olor a transpiración, cosa díficil en los veranos del Sahara.
A ninguna dama egipcia le faltaron los básicos del tocador: ungüentos verdes, celestes y azules para el párpado inferior, kohol para dibujar ojos y cejas en forma de pez, polvos de marfil en los pómulos y labiales de carmín o púrpura obtenida de moluscos. Tampoco lunares de tela, disimuladores del problema universal, los granitos.
Como permanecían blancas todo el año (no trabajaban fuera de casa), teñían el cuerpo con polvos de color cobre, y remarcaban las venas de las sienes y el busto con tinta azul. Ese tono blanco animó un eterno conflicto con parte del género masculino que aún confunde decencia con encierro doméstico.
Rebelde y auténtica víctima de la moda fue Cleopatra. Documentos históricos la describen el día que recibió en su alcoba a Marco Antonio: párpados verdes, pestañas postizas, labios carmín, venas dibujadas a tinta, piel dorada con henna y peluca de crin azul. No se sabe si el pobre Antonio la confundió con una esfinge o si huyó espantando.
Los tratamientos y recetas que dejaron los físicos egipcios marcaron tendencias entre griegos, romanos y persas, que también se sirvieron de plantas combinadas con semillas oleaginosas, grasa y sangre de animales diluidos en químicos para elaborar sus productos.
Los tratados científicos publicados en los papiros rescatados por Ebers y Chester Beaty y el Kosmeticón le concedieron al reino egipcio el monopolio de los productos brutos que distribuyeron los fenicios por el mundo.
En tiempos de Alejandro Magno, los griegos aprovecharon ese know-how para importar masivamente productos para la manufactura de cosméticos envasados y vendidos por los comerciantes en frascos de cerámica de Corinto. Mientras, las consumidoras locales abusaron del blanqueador de cerusa, un terrorífico compuesto de carbonato de plomo y yeso usado hasta principios del siglo XIX.
Eran unas auténticas mascaritas ambulantes y eso lo testimonian frisos y bajos relieves: dormían con las mejillas arreboladas de phukos o colorete vegetal, kohol y carbonilla en los párpados.
Nerón y su mujer, Popea, contagiaron su hedonismo a las romanas, que raspaban y friccionaban los orificios del cuerpo, depilaban cejas enteras y lustraban sus dientes con asta molida. Largo rato les tomaba sacar semejante pegote, pero frotándose la cara con pasta de amapolas astringentes descubrieron el beneficio del tratamiento de limpieza nocturna.
En la Edad Media, el cristianismo consideró fuente de lujuria el arreglo personal y acusó de profana y prostituta a cualquiera que osara lucir maquillajes. La caída del Imperio Romano de Occidente limitó el uso de los comésticos al colorete rojo, símbolo de la virginidad, pero la coquetería no ganó la batalla sino luego de las Cruzadas, cuando por medio de la imprenta expandieron las tradiciones orientales de afeites y aseo en la Europa de los siglos XIII y XIV.
Tres médicos franceses publicaron los primeros libros sobre salud y cuidados corporales: Traité du regime du corps , de Alobandrino de Siena; Le grande chirurgie , de Lanfran de Milán, y La chirurgie , de Guy de Chauliac.
Catalina de Médicis encarnará la típica gorda de los cuadros renacentistas, que para ser consideradas atractivas debían tener tres cosas rojas: los labios, las mejillas y las uñas; y tres blancas: la piel, los dientes y las manos. La corte francesa le rindió culto a ese estilo veneciano de rubia teñida.
La farmacopea no solucionó el acné, pero inauguró la era de las prácticas escatológicas: por ejemplo, propuso la depilación definitiva con un nauseabundo potingue de heces de gato secas y vinagre. No menos asquerosa fue la fórmula del lifting Catalina: leche de ama de cría revuelta con golondrina destilada con pluma y todo.
El rojo simbolizó el descaro y el desenfreno de la corte del Rey Sol durante el siglo XVII. En aquellos tiempos el colorete lo cubría todo, y las marcas más vendidas de Francia (dos millones de tarros en 1781) fueron el Reina, fabricado por Sieur Dubuisson en la rue Ciseaux, y el colorete vegetal de Madame Latour.
Apaciguadas las costumbres hacia principos del 1800, las jóvenes casaderas optaron por parecer muertas en vida: adelgazaban bebiendo sólo vinagre puro, comiendo limones y leyendo toda la noche para provocar ojeras, cosa de lucir como fantasmas, fingiendo ataques de tos y fiebre para denotar genialidad. He aquí un bocado para misóginos: ¿habrán existido mujercitas más estúpidas que éstas?
La revolución comenzó a gestarse en 1886, cuando la aristocrática Harriet Ayer adquirió una fórmula de crema antiarrugas lanzada luego al mercado con una feroz campaña publicitaria; y en 1895, al inaugurar el primer instituto de belleza en París, aunque los métodos no convencían a nadie: aplastadores de panza, ventosas mágicas, compresores de caderas y pulidores invitaban a salir bella o muerta del lugar.
El descubrimiento de la síntesis de sustancias orgánicas del químico Berthelot, la definición bioquímica de la secreción endocrina y hormonal, entre otros aportes de la medicina, dieron el puntapié inicial a la elaboración de mejores cosméticos, comercializados a principios del siglo XIX en grandes almacenes. En 1913 los precios cayeron por la prohibición de la cerusa e ingresaron en el circuito las marcas caras y el concepto de que lo bueno, señoras, cuesta.
La primera línea de calidad que marcó récord de ventas fue la del prestigioso François Coty. En 1908, la polaca Helena Rubinstein abre su laboratorio de cremas y el primer salón de belleza en Londres, mientras Dorothy Gray y Elizabeth Arden se preparan para hacer lo propio en Nueva York.
En adelante los cambios se sucedieron vertiginosos: en 1920 la alocada Coco Chanel tiró por la ventana siglos de blancura y vida sedentaria estimulando el bronceado, el pelo plateado, las cejas dibujadas a lápiz, las bocas rojas y finitas, tipo Jean Harlow. Los cosméticos fueron de uso riguroso, tanto que luego de la Segunda Guerra Mundial el rubro facturó 30 millones de dólares sólo en los Estados Unidos. Surgen Revlon, Maybelline, Clairol, Almway, Wella, los hipoalergénicos, la crema limpiadora, la nocturna, los esmaltes de uñas transparentes a base de pigmentos en vez de colorantes, labiales en barra de baquelita y el pancake que hizo millonario a Max Factor.
La década del sesenta dignificó a la Cleopatra de ojos renegridos y pestañas postizas, ahora de pelo sintético. Los años setenta no aportaron mucho, al contrario, buscaron acentuar la estructura ósea mediante el abuso de las sombras. Brooke Shields en La laguna azul tiene la culpa de los labios rosados y las cejas tupidas de los ochenta, que aportó bases translúcidas, cremas con siliconas y ceramidas para el pelo.
Las góndolas del fin de milenio rebosan de cosméticos multifunción ahora en envases cada vez más sofisticados, al mismo nivel de las obsesiones que la industria nos ha creado. Y cómo estaremos para que el rubro facture arriba de 10.000 millones anuales sólo en el país de las Barbies. Todo tiene remedio. Si las patas de gallo estropean la mirada hay liposomas a buen precio, si ponerse colágeno en la boca duele hay líquidos hinchalabios, y si el stress lo está dejando a uno pelado, el minoxidil con aloe vera lo repone.
Los medios de comunicación han hecho posible que a nadie se le tome el pelo como a la pobre Cleopatra, que anduvo con las patas de mosca en los ojos hasta su muerte. Hoy, las consumidoras son mujeres informadas, meticulosas e inteligentes, aunque el marketing crea lo contrario e insista en vender la magia en frascos. Y aunque necesitemos desesperadamente creer en ella.
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