
Saborear la vida
El savoring es la capacidad de apreciar, atender y mejorar las experiencias de la vida cotidiana. Cuando disfrutamos cada bocado podemos reducir nuestro nivel de estrés y sentir bienestar
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Comemos por necesidad (hambre) y por placer (apetito). El valor nutricional del alimento sacia el hambre y, depende de lo que comamos, nos proveerá de más o menos energía necesaria para la supervivencia. Al mismo tiempo, frente al apetito, se pone en juego lo placentero, lo que se conoce como circuito de gratificación. La comida nos da vida, nos identifica, nos reúne, nos gratifica. Comer es un acto de entrega y recompensa. Así lo entiende el cerebro. Hay una zona específica en el sistema límbico que detecta aquello que, ingesta mediante, nos despierta la sensación de placer, emociones positivas, algo que nos hace sentir bien.
Todos hemos experimentado alguna vez el se me hace agua la boca con sólo pensar en lo que tanto nos gusta. Ni que hablar cuando tenemos acceso al banquete. La recompensa del alimento es química (por el torrente sanguíneo viaja la concentración de azúcar necesaria para motorizarnos) y somatosensorial. Es que las comidas guardan estricta relación con procesos cognitivos (qué, cómo, cuándo y por qué comemos), con el rol fundamental de los cinco sentidos y, por sobre todas las cosas, con los aspectos afectivos del caso, directamente relacionados con las emociones básicas del hombre: felicidad, asco, miedo, ira, tristeza.
El goce ante la delicia, la alegría de la mesa en familia o con amigos, el rechazo a lo que no queremos, a lo que no nos gusta o se nos impone, el enojo frente al deseo inaccesible o el plato fuera de tiempo o punto, la angustia y el ruido en la panza por hambre, el comer con miedo (o culpa) por temor a engordar, el comer por comer.
Lo primero es la familia
Desde los orígenes de la historia de la humanidad, el hombre ha aprendido a ingerir lo que está a disposición de su medio ambiente, lo que está al alcance de sus posibilidades. Desde entonces, la búsqueda e ingesta de alimento estuvo determinada por factores biológicos, psicológicos y socioculturales.
Inevitablemente, en este contexto, los discursos del grupo de pertenencia o del clan y los manteles familiares son los que tejen la trama de nuestro sistema digestivo emocional. "Tomá toda la leche", "comé más despacio", "no comas más", "te vas a la cama sin comer", "el domingo, ravioles", "¿hacemos un asadito?", "tomemos un café y charlemos".
Como necesidad primaria, "la alimentación está culturalizada –puntualiza la nutricionista Karina Locurcio–. Cada vez que comemos estamos atravesados por algo que nos pasa, así como estamos configurados con lo que hemos aprendido a la hora de alimentarnos o compartir una mesa".
Así como un chico aprende a saborear las delicias y los hábitos familiares favorables, también escucha a su madre que come por angustia o ansiedad, observa a su padre que casi ni se sienta a la mesa por ausencia o falta de tiempo. Es muy probable que ese hijo termine adoptando hábitos negativos en su vínculo emocional con la comida, como, por ejemplo, comer por aburrimiento o por exceso para cubrir el vacío de sentirse solo.
"Mamá come, pero se enoja porque dice que engorda. ¿Para qué voy a comer? Yo no quiero ser gordo ni estar enojado todo el día. Si papá no lo considera, debe haber algo más importante que sentarse a la mesa. Pobre Martín, a las 9 lo obligan a apagar la tele para comer con su familia, yo sí que tengo suerte." Difícil será que en este contexto de desencuentro haya espacio para un vínculo saludable con la alimentación. No habrá buena nutrición. El circuito de recompensa o gratificación alimentará, seguramente, conductas adictivas, perjudiciales para la salud, y promoverá hábitos de extremada pobreza emocional.
La licenciada Karina Locurcio destaca: "Así como hay una intención por no perder los sabores originales, cada vez más se ven nuevas variantes o deformaciones del antiguo rito de la mesa familiar. Los nuevos tiempos y las demandas del mundo moderno han dado lugar a nuevos o mayores desórdenes en la conducta alimentaria".
A la hora de alimentarnos, cada uno debería darse cuenta del comportamiento personal y de sus afectos, y contar con la ayuda de un profesional confiable en caso de ser necesario. Deberíamos agudizar los sentidos para degustar aspectos fundamentales como el afecto, la dedicación, el tiempo y el espacio bien compartido. "Es en el mandato donde los sujetos comienzan a identificarse o rechazar los valores familiares –explica Locurcio–. A la hora de analizar los hábitos alimentarios es fundamental considerar qué nos sucede con todo aquello que heredamos: el simple gusto por la comida, el sabor de las tradiciones, el grado de apertura frente a la variedad, el deseo por el encuentro e, incluso, el interés y desarrollo de la vocación culinaria."
Comer, amar, recordar
Los hábitos y las costumbres, así como las recetas heredadas, establecen un código común que despiertan situaciones particulares de inclusión, contención, seguridad y nostalgia. Mientras que unos, tomados por las exigencias y la falta de tiempo de la modernidad, atentan casi sin darse cuenta contra el poder emocional de los alimentos, otros siguen poniendo por encima de todo el placer de encontrarse, compartir y disfrutar de una buena comida.
"Cuando cocinamos lo que al otro le gusta, o lo que creemos que le hace bien –dice la nutricionista–, estamos diciendo te tengo en cuenta, me importás. El cariño y la sensación de pertenencia familiar es el escenario positivo para la construcción del afecto, la identificación y la salud."
Así como en la figura del apego, donde es importante el encuentro seguro entre un bebe y su mamá, desde los días de la panza valoramos el aporte energético y la dedicación de quien calma nuestro llanto ofreciéndonos lo que tanto necesitamos: la teta. Desde los primeros tiempos, a todos nos movilizan ciertos sabores, aromas, texturas y momentos de nuestra primera infancia. Todos nuestros recuerdos están asociados con determinados gustos, olores, manteles, vajillas, con fotos y momentos con tragos dulces o amargos. Todos, inevitablemente, añoramos la presencia de aquellos cocineros que partieron, así como las mesas largas que se fueron diluyendo con el hervor de la vida.
¿Cuáles son las recetas de tu familia? ¿Qué emociones despiertan aquellos encuentros (o desencuentros, alrededor de la mesa? ¿Cuál es nuestra actitud hoy a la hora de compartir un plato en familia?
El gusto de la vida
¿Qué gusto tiene la vida? Tiene sus sabores y sinsabores. La psicología positiva define el savoring (saboreo) como la capacidad que tenemos de apreciar, atender y mejorar las situaciones o experiencias de la vida cotidiana. Cuando nos detenemos a saborear cada bocado, cada trago, cada momento, es muy probable que al sintonizar con el aquí y ahora podamos reducir los niveles de estrés y comenzar a sentir cierto bienestar. Estos tiempos de relojes sin conciencia plena de tiempo nos llevan a perder la sensibilidad del paladar.
Se trata de incrementar el placer sobre la base de las emociones positivas que despiertan ciertas situaciones que sabemos nos hacen sentir bien.
Fred Bryant y Joseph Veroff, autores de Savoring: a new model of positive experience, sostienen que el uso del saboreo a lo largo de la vida es importante por tres grandes razones:
- 1. Existen diferencias individuales entre personas que saborean más y menos.
- 2. El saboreo favorece los estados emocionales positivos.
- 3. Existen conductas y pensamientos antes, durante y después de haber pasado por experiencias positivas.
Acaso, ¿le damos lugar, tiempo y forma a lo que tanto deseamos? ¿Saboreamos o tragamos las oportunidades de la vida?
Tal vez a partir de hoy, a la hora de preparar un café, un té o un mate, podamos detenernos a apreciar cómo buscamos el frasco, qué taza elegimos, dedicarnos a oler el aroma previo a la infusión, a observar cómo el humo sale del agua, cómo cambian las texturas del granulado, la hebra, el saquito, la yerba, qué pasa en la boca cuando llegamos al primer sorbo, qué pasa durante. Cuánto hemos saboreado.
Sin repaetir y sin soplar
Películas, libros y música dan cuenta de esta intención de sintonizar y recuperar el valor emocional de la comida: Como agua para chocolate, de Laura Esquivel; Afrodita , de Isabel Allende; Comer, rezar, amar , de Elizabeth Gilbert. Además, La sal de la vida , J ulie & Julia, Chocolat, Sin reservas y hasta películas infantiles como Ratatouille, Wall E, Charlie y la fábrica de chocolate y Vecinos invasores . Cada quien con sus recuerdos y experiencias.






