Sandro, o Sánchez o Roberto

Tres personas distintas y un solo ídolo verdadero. A un mes de su muerte, el recuerdo del periodista que más veces lo entrevistó
(0)
7 de febrero de 2010  

El primer encuentro fue en 1965; el último, hace un par de años para la que sería la última entrevista extensa en un medio gráfico. Entre uno y otro Rodolfo Braceli, el periodista que más reportajes le hizo a Sandro. Decenas y decenas de horas, charlas que se prolongaron días, algunas hasta entrar en las madrugadas, en la cornisa confesional del whisky y otras bebidas bravas. Aquí están los momentos más intensos y significativos que revelan los secretos que radiografían las claves de este ídolo absoluto, sin detractores. Un entrañable desnudamiento de Sandro, y de Sánchez, y de Roberto. El muñeco y el titiritero. La impunidad y los ídolos. Los peligros de ser normal con posibilidades anormales. El humor, el amor, el honor, la palabra. El país que somos. Ser chanta o no ser. Conversaciones con Dios. Ser un hombre placard. Por qué no tuvo hijos. Por qué escondió siempre sus cosas del querer. Por qué en su última charla confesó, como nunca, su enamoramiento. Sus obsesiones. Su muerte soñada. Su miedos finales. Modelo para armar. La construcción del ídolo.

* * *

Respiraba con dificultad. Con demasiada dificultad. Para cada porción de oxígeno que metía de prepo en el ocaso de sus pulmones exhaustos, mordía al aire. Sucedía el diciembre de hace un par de años, iba a ser nuestra última larga conversación. ¿El lo sabía? ¿Yo lo presentía? En todo caso, ni él ni yo nos animábamos a no tener esperanza. Después de todo, uno de sus mejores dones era su capacidad para resucitar una vez y otra y otra más.

Filosofaba de un modo barrial. Por eso, casi a dúo, desembocamos en la pregunta brava: "¿En qué consiste vivir?" Y la respuesta nos bajó con ese humor jodón con que disolvía la solemnidad de su drama. El ídolo hizo un paso al costado y dejó que respondiera el hombre: "Vivir consiste en respirar". Largos puntos suspensivos para otro poquito de aire. Y la reflexión: "Y a respirar nunca se termina de aprender."

A semanas de su épico velatorio, ya sin los apremios de la congoja, me pregunto quién era el que me respondía en las entrevistas: ¿Sandro, Sánchez, Roberto? Empiezo por el final: su documento de identidad debió decir: Tres personas distintas y un solo ídolo verdadero.

Entre 1967 y 2007 lo entrevisté más de una docena de veces. Uno de los reportajes se extendió una semana. En dos ocasiones charlamos hasta muy entradas las madrugadas de su cumpleaños. El reportaje de hace dos años, realizado en ratos de varios domingos, fue el último extenso que dio a un medio gráfico, a esta revista. Horas de charlas que suman días, varias al compás del vino, del whisky y otras bebidas graves. Momento de rescatar tramos muy intensos que revelan secretos, que radiografían las claves de este ídolo absoluto. ¿Qué hubo detrás de este tipo a quien las mujeres de tres generaciones desearon y tantos hombres veneraron? Veamos, mediante un entrañable desnudamiento, en qué consistió ser Sandro y ser Sánchez y ser Roberto.

Sobre la chantada. Al entrar a un cafecito de Banfield me dijo: "Mañana cumplo 35, porque nací el 19 de agosto de 1945". El reportaje comenzó al mediodía y ahora eran las once de la noche. Milagrosamente salimos por nuestros propios medios cuatro horas después. El pidió whisky; el mozo le trajo una botella. Yo preferí vino (por precaución laboral). Estaba reflexivo:

-Así como vamos, lo único que puede prosperar es el chanterío.

-Sandro prosperó. ¿Sandro es un chanta?

-Te podría decir que no; pero preferiría demostrarte que no. Para decirlo con frase gastada: ‘Soy un tipo realizado’. Yo soñé mucho, pero con acción, sabiendo a dónde iba. No podía ser otra cosa que lo que soy. ¡Salud!

-¡Salud! Antes de que perdamos el conocimiento, ¿vos sos Sandro?

-No. Yo soy Roberto Sánchez y hago de Sandro como si hiciera de Batman.

-¿Y cómo es ese personaje?

-Un atorrante tierno, un desfachatado respetuoso. Con alta dignidad de trabajo. Un cantante de pronto es más que un político: recibe todo el amor y las frustraciones del mundo. Le pagan sin tener que prometer nada. No puedo menos que matarme en el escenario.

-¿Para quién canta Sandro?

-No quiero favorecer la corrupción diciendo que canto para las masas. Linda mentira. Canto para mí. Lo mío es divertimento, mechado con cosas seudoprofundas. Nunca quise ser apóstol. Y si me preguntás si soy frívolo, te digo sí. Si respondiera no, sería un chanta. Y eso me revuelve la sangre. Lo que nos pasa es producto del chanterío.

-¿Y qué nos pasa?

-Que estamos sumergidos en la mierda. Hasta el cuello.

( La charla continuó. Bebiendo sin consideración. Brindis en el primer minuto de sus 35. )

-Roberto, supongamos una larga mesa. Falta tu discurso.

( Se pone de pie demostrando su erudición alcohólica. Se sube a un escalón, infla su pecho :)

-Damas y caballeros, los he reunido en este precioso día para decirles: ¿Ven esa lanza que adorna la pared? De la lanza quiero ser la punta y no el mango. Y con la punta quiero romper la lona de nuestra carpa, para que entre el sol... Y algo más: allí hay una pala. Amigos, ¿quieren saber qué hago con ella? Si con la pala le doy pa´lante, voy a hacer un surco... Si me quedo donde estoy, haré una tumba, la mía. Nada más. ¡Y salud!

( Pregunta: ¿El del discurso era Sandro o Sánchez o Roberto? Mientras elaboramos la respuesta vayamos observando cómo este hombre es un obrero pertinaz de su idolatría. Ninguno de los tres se dan respiro. Cada palabra, un ladrillo para construir ese ídolo que con los años encantó hasta a sus detractores. )

Mediados de los ´90. Me propone champagne de Luján de Cuyo. No ofrezco resistencia. El fenómeno muta a leyenda. Ha adelgazado, pero le sobra abdomen. Sus pulmones están magros, tal vez sin retorno. Pero fuma con fruición.

-¿Supersticiones antes del estreno?

-Naaaa. Yo armo mis defensas de una manera contundente. Si me dicen que me hicieron un ‘trabajo’ y me lo creo, funciona. Mirá: Dios sabe para qué me trajo y el a-sun-to será cuando quiera El. Chau. Así de corto.

-Si todo está tan determinado, ¿qué margen nos queda?

-El margen consiste en cumplir con uno. Cumplís con vos y cumplís con Dios.

-¿Dialogás con el fulano?

-Con el quía, de frente march.

-Con la edad que tiene, Dios puede estar algo sordo.

-O distraído. Pero siempre te escucha. Y cómo.

-Sos un caso. Tus amores han permanecido herméticos.

-Respeto a quienes me rodean. ¿Quién soy para exponerlos? Así, anónimos, pueden ir a un negocio, pelear un precio.

-¿Y si te pregunto por tu situación sentimental?

-Te respondí: no tengo derecho a exponer a quien comparte mi vida.

-¿Qué significa la guita para vos?

-Es importante. Pero no tan importante.

-Lo que importa es la salud.

-Tuve un ´92 de lo peor: malos negocios, muere mi vieja. En el 93, graves problemas respiratorios y dolores precordiales y presión y manchas en la piel y corticoides. Quedé un cerdo.

-¿Y cómo hiciste para resucitar?

-Algo increíble: 2 de abril del ´93, show en Quilmes. Subo al escenario y te juro que no sabía si bajaba vivo. Me duele hasta la medalla. Le explico a la gente que si no puedo me bajo, o me bajan. Pero arranco y en cada tema "¡vamos todavía!". Terminé... estaba de pie, respiraba.

-¿Alguna otra resurrección?

-Sí, al otro día. Show en Caseros. Otra vez los dolores. Yo quería decir pará que me siento, pero me salía ´parutapuluran´. Una sanata. Y Aldo Aresi me dijo: "No hay show". Dije "sí hay show". En la tercera canción (jamás lo olvidaré) se me piantó la letra. ¿Viste películas de exorcistas? Bueno, eso. Me quedé hasta que sentí que me devolvían el cuerpo.

-Otra resurrección.

-Simple: gané. No se puede vivir con miedo, viejo. Ahí te das cuenta lo que puede ser la mente. Uno es el peligroso. ¡Guarda con uno! Por eso, cuando no ando bien, gira, al escenario, tric trac, y arriba.

-¿Y ahora?

-Bien, pese a los anuncios de mi muerte. Yo tengo, sí, un drama serio. Trabajé treinta años al revés. Todos hacen abdominales para endurecerlos. Yo trabajé con el diafragma para la respiración, y los rectos se me abrieron. Mirá mi abdomen; no es gordura. Fijate mis bracitos.

-El tiempo pasa...

-Y no te das cuenta. ¡En semanas cumplo 51! No puede ser, si estoy con la cabeza a ocho mil. Pero la edad te la dice el lomo, viejo. ¡Ay, la cintura! ¡Ay, el ciático!

( Observemos: está dando cuenta de sus contactos con el umbral de la muerte y de esos achaques que lo diferencian de aquel joven mimbre, látigo de movimientos endemoniados. Pero no se baja del entusiasmo. Veamos ahora cómo Sánchez elabora un país, un mundo con ciertos valores. )

-"Vivimos un mundo de ensoñación total", me decías a tus 35.

-Y lo mantengo. Hay tendencia a soñar lo que no se puede hacer. Primero hay que saber qué es lo que se puede para luego saber qué es lo que se quiere.

-¿Y aquello de que ´querer es poder´?

-Una mentira ese axioma. Primero tenés que saber qué es lo que podés. Buscá tu límite y después avanzá. Lo importante es hacer las cosas, pero bien. Basta con aquello de hacer aunque sea mal. Mucha gente sueña al pedo. Así se multiplica la frustración... Ahora todos quieren ser famosos. Che, ¿a nadie le interesa ser maestro, oceanógrafo, agrónomo? ¿Todos buscamos cámara?

-Los medios de descomunicación siembran que la realización está sólo en el éxito.

-Pero ése es el éxito muy mal entendido... A mí me divierte cocinar. Si me sale bien la comida eso es éxito.

-Roberto, un chequeo de memoria. ¿Qué te sugiere la palabra maestra?

-Norma... Eva Cuniglio. Mi maestra de tercero. Mirá, era singular: bailaba rock, sabía karate, me descubrió la vena poética y me perdonaba en matemáticas. Llevaba cuadros de Cézanne y nos decía: "Escriban lo que ven". Ponía Mozart: "Dibujen lo que oyen". Nos dejaba practicar con la navaja sobre un centro. Su vida en la escuela no fue fácil... La señorita Cuniglio nos dejó la marca de la libertad. Mirá, era tan avanzada, pobre santa, que se suicidó.

-Sigamos: faltan cinco años para el 2000, ¿qué te parece la Argentina?

-Cada vez peor. Desastre impresionante.

-Analfabetismo, analfabetización: una normalidad.

-Lo sé y lo sufro: el nivel baja, basta con leer las cartas que recibo. Con lápiz rojo marco como me hacían a mí. Sin embargo, por ahí despuntan ideales. Se nivela para abajo. Y esto se ve en los medios. Habría que hacer docencia, pero sin hacerla. Abrís los libros de los pibes y ¿dónde están San Martín, Moreno?

-Justo San Martín, el que donó la fortuna que le regaló Chile para fundar la Biblioteca Nacional de ese país, el que dijo que las bibliotecas serán superiores a nuestros ejércitos.

-Esa frase sobre las bibliotecas no fue olvidada.

-¿Cómo que no?

-Te digo que no. Fue tapada, le tiraron mucha tierra encima... Pero señores, ¿qué está pasando aquí? Antes las fechas patrias eran fiestas y brotaban las banderas. Ahora no encontrás una.

-Salvo cuando ganamos un mundial en un país sembrado de muertos contra natura, o cuando se alucina con la desguerra de Malvinas.

-Eso, se usan las insignias patrias para ciertas situaciones. Extraviamos el símbolo. Lo que pasa con la educación me preocupa. Y ni hablar de los chicos de la calle. Está dura la cosa, muy dura. ¿Y el sida? Viste, aquí no hay más sida. Se manda ese mensaje. ¿Y las campañas antidrogas?... Alguien me apioló: "Mirá, las películas contra la droga las paga la mafia". Durante toda la película los tipejos viven como dioses. 89 minutos, la apología de la mierda. Y un minuto se salva a los buenos. El pibe ve eso y dice: "Yo no me voy a amasijar como el gil de mi viejo que labura como loco por cuatro mangos". Duro tener conciencia. Pero hay que tenerla.

( Otra clave en la construcción del mito Sandro: la docencia. Cada vez que pueden, así en el reportaje como en el escenario, o Sandro o Sánchez o Roberto, bajan línea, un mensaje moral, rescate de códigos. En su última década Sandro redujo su impresionante movilidad escénica al 5%. Falta de aire. Pero el 95 restante lo cubrió reflexionando la realidad. Además, enseñó a reírse de uno mismo. )

-Volvamos. ¿Podrías explicar cómo es esto de resucitar?

-Es divertido, viejo. Dos por tres dicen que tengo los días contados. Por eso canto "Como la cigarra"...

-Sigamos con el chequeo. Qué te sugiere una carpeta al croché, almohadón...

-... color fucsia y araña de tres luces. Un recuerdo: yo tenía menos de un año. Me veo contándole a mi vieja cosas que ella había olvidado. Tengo mi centro de memoria en el naso.

-¿Y el olor de ellas, las mujeres?

-Ahhh, infernal ese olor... Por ahí se te acerca una mina por un autógrafo y pits, te acordás de una fulana...

-¿Los hijos únicos tienen más olfato?

-Soy hijo único pero sin conflicto ¿eh?. En Alsina me bastaba salir y la cuadra estaba llena de hermanos. En mi casa, me esperaba mi madre. Ella tuvo una parálisis casi total. En esas condiciones me crió sin caperucitas, pero con muchos libros. A la escuela entré directo al segundo grado.

-Tu viejo murió joven. ¿Te acompaña todavía?

-Per-ma-nen-te-men-te. Todos los días hago ejercicios de respiración. 80 en cada serie. Al llegar al 77 digo: "Para usted, Vicente". Era su número en la quiniela.

-¿Cómo era él?

-Ma-ra-vi-llo-so. Trabajaba en el frigorífico Wilson. Por la tarde hacía reparto y yo lo ayudaba con el triciclo. Era un sabio con tercer grado. Imposible discutir con él: tenía una lógica que te demolía. Hasta me ganó un juicio, superó a mis abogados. Me dio la libertad y, ay, me enseñó a usarla. Una vez me regaló un arco y maté una gallina del vecino. Partió el arco en diez. No era de pegarme, pero cierta vez me dejó azul. A él no le gustaba firmar papeles, y yo salí igual. Con mis representantes trabajamos, décadas, sin un papel. Si se muere tu palabra, vos ya no existís. Viejo, la palabra es inmortal.

-Roberto, ¿nunca se te ocurrió ser político, docente?

-Jamás. Yo tenía 3 años, mi madre me llevaba los miércoles a ver tres películas de amor. Yo entonces decía: "Voy a ser artista de cine en colores". Eso soy.

-Un ídolo. ¿Te hacés cargo?

-Si dijera que no, sería un mentiroso: estúpida falsa modestia.

-¿Cómo es vivir siendo un ídolo?

-Hay que tener mucho respeto para no creer que por ser ídolo sos impune. Cada palabra, cada gesto, tiene que ser un modelo. Ojo con la ligereza.

-Cada argentino levemente famoso es un sociólogo en potencia.

-Alucinante la caradurez de los que tienen un cachito de fama. Se opina con impunidad ¡por el amor de Dios!

-Sánchez ¿tiene sus ídolos?

-Para nombrar a uno digo Vicente. Andá y preguntale a Héctor Larrea... Yo tengo una deuda grande con él. Cuando murió mi viejo me prestó la guita para el velatorio. Se la devolví. Pero un favor no se devuelve nunca. Honorabilidad. Esta palabra desapareció hasta de las historietas, carajo.

-"Cambalache", ¿canción de cuna?

-Pero que no te quepa la menor duda.

-Hace años marcabas una diferencia entre Sánchez y Sandro. ¿Y ahora?

-Ahora soy don Sánchez. Antes era el nene, ahora soy el nono. Si existe la identidad entre Sánchez y Sandro, no me doy cuenta. Guardo cuadernos del 62; allí practicaba la firma que iba a hacer cuando fuera famoso. Y me diseñaba la pilcha. Sandro es el muñeco. Yo el titiritero.

-Sandro, rara mezcla de rey y de atorrante.

-Mirá, lo que me dijo una mina, princesa italiana: "Vos usás el jean como si fuera un esmoquin y el esmoquin como si fuera un jean." Viejo, el gran secreto es no comprarse lo que uno vende. Ahí perdiste. Confundiste ficción y realidad.

( Si Sánchez o Roberto hubiesen hecho su tabla de mandamientos, el primero sería "No comprarás lo que vendés". Curioso que alguien, dedicado a seducir multitudes, se desnude con tamaña confesión. )

-Me dijiste en 1980: "Soy un ser normal con posibilidades anormales".

-Soy un privilegiado por el Señor. Innegable. Mis posibilidades de vivenciar cosas es anormal. ¿O no? Estoy en el escenario y allí hay tres mil mujeres gritando. Un tipo tiene que laburar meses para que una mina le dé bola. Lo anormal para mí es normal.

-Peligrosa normalidad.

-Muuuy peligrosa. No tenés que creer que sos el rey de la montaña. Te tocó ésa. Y punto. Y nada sacrificada. A los 17 en una noche ganaba lo que me viejo en un mes. Y me gritaban ¡papito!

-¿Alguna vez perdiste el eje?

-Cómo que no. Tendría 20 años, estaba en la Columbia y le dije con soberbia a un productor que ha fallecido, pobre santo, el pibe Techeiro: "Traéme un whisky che". "Vení a buscártelo vos". Gracias a Dios me pegó el cachetazo. Ese día, Rodolfo, ese día dejé de creer que Dios era mi secretario.

-La idolatría de la gente, ¿no termina por anestesiarte?

-Dios me libre. Ese afecto tremendo me da escalofríos. Loco, no es un chiste. Es gente que deposita su capacidad de amor en vos.

-Ya a tus 30 me decías: "Tener muchas mujeres es fácil; mantener una es lo difícil". Van Gogh opinaba igual.

-Sí que es difícil tener una sola mujer, je. Ah, mi amigo, estando con la misma mujer hay que jugársela cada día con un nuevo libreto para seguir manteniendo la sorpresa.

-Hijos no tuviste. ¿Elección, frustración?

-No tuve hijos, no. Un acto de conciencia. Si soy padre quiero ser padre, no tener un pedazo de carne o un cachorro. Ahora estoy grande para hijos. Uno ya es conservador, habla de honor y de palabra empeñada...

-Hablar de honor hoy resulta de vanguardia.

-Me encantaría que fuera la vanguardia. Recuerdo un chiste de Quino: un viejito le pregunta a otro: "¿Te acordás de la bondad?" "¿Qué? Ah, sí, almacén ‘La bondad’". En cualquier momento nos preguntaremos: Che, ¿te acordás de la ética?

-¿Y qué decís de la frivolidad llevada a la apoteosis?

-Ostentación igual impunidad. En el ´70 me compré un Mercedes, un Rolex y el Dupont. Metalé señor con el star-sistem. Bueno, el Mercedes tiene mal olor porque descubrí una rata muerta en el motor. Lo guardé para no ofender al laburante en la calle. No quiero caer en la impunidad del ídolo... Hay revistas que son prontuarios. Señores que afanan con descaro lo muestran: "¡Miren cuánto afané!" ¿Querés que te diga? Aunque no quiero odiar, descubro que tengo odios. Odio la impunidad, odio los geriátricos, esos morideros. Sí, tengo odios, gracias a Dios.

-Y según este cuadro de situación, ¿qué?

-Nos vamos al demonio. El hombre es una máquina loca que cada vez se conoce menos. ¿Modelos? Para los que hay en el mercado, más vale que los pibes no los tengan. Pero no todo está podrido. No, señor.

( Ahí está el obrero hacedor de su idolatría. El Sánchez que hacía docencia en las entrevistas. Y el Sandro que entre canción y canción aprovechaba para recobrar el aliento y de paso analizar cómo andamos en esta patria idolatrada. Ese creciente discurso paralelo redimía los deslices demagógicos del simpático atorrante barrial de esmoquin. Así se convirtió en un radiógrafo de la realidad menuda. En otra cuerda, fue una especie de Landriscina ).

Pero mejor que al fenómeno lo evidencien, sin razonamiento, quienes lo veneran. Escuchemos voces en esa cola que se apresta a colmar el Gran Rex. Vayamos hacia ese espontáneo candor despojado del cómodo cinismo "intelectualudo". Después de todo, un poco de respeto por las cosas del famoso corazón.

El, Cristóbal (45), llega con su mujer y una hija de su primer matrimonio: "Yo soy el fanático. Pero me parece que mi piba me sigue".

Ella, Carmen (40), viene de Quilmes con cuatro amigas: "Mi marido se quedó de niñero... Yo siempre sueño con Sandro. Empezamos dialogando de cosas de la vida, después llega el deseado beso. Ojo que el sueño no termina, y entonces vamos a los bifes".

Ella, Ana María (45), es arquitecta. "Te cuento: en mi cama matrimonial siempre estamos los tres. M marido, Sandro y yo. Pero mi marido no lo sabe: hace tiempo molí en pedacitos una foto bien sudada de Sandro, abrí mi almohada, metí todos los pedacitos, la cosí... siempre Sandro en mi cama".

Sandro en el escenario. En la fila 4 una mujer de 50 largos, le grita: "¡Pedime lo que quieras, yeguo!" Su hijo, de unos 30, se tapa la cara. Ella le dirá: "Pero no seas pelotudo, ¡si a vos te hicimos con tu padre escuchando estas canciones!"

La conversación final. Sabido es: Sandro concedía reportajes, pocos, y de sus cosas del querer jamás hablaba. Otra clave del ídolo: la sabia administración de su imagen personal y pública. Una especie de "Greto Garbo": sabía estar presente mediante el imán de sus largas ausencias. En el 2007 afrontó una crucial cirugía; después, en abril, se casó por primera vez. Cuando le pedí la nota, a través de Nora Lafon, descreído le dije: "Con diez minutos estamos". Sánchez inesperadamente aceptó y la charla sucedió escalonada en tres tardecitas de domingo. El primer encuentro no pudo ser y pensé que nunca más. Al domingo siguiente me llama con voz apenas reconocible:

-Mil disculpas por mi faltazo. Ni saludarte podía. Fue por un solcito.

-Una insolación.

-No. Trajeron a casa a una criatura, y ver ese solcito me emocionó tanto que se me cerró el pecho: broncoespasmo. Una hora y media. Angustiante, el aire te entra, pero no te llega. Decí que tengo máscara de oxígeno, como la de los submarinos. Y zafo. Ocurre que me hicieron modelaje de pulmón.

-¿En los dos pulmones?

-Sí caballero, en ambos dos. Ocho horas de operación. Estoy mejor porque, después de todo, ¡estoy! Pero me convertí en un radar, en vez de mariposas cazo gérmenes.

-Lo peor ya pasó.

-No sé. El 6 de marzo le escapé a la muerte. Me salvó mi mujer, ¡qué polenta tiene! Estábamos sentados en la cama, me siento mal, le digo. Me caí para adelante y chau. Ambulancia, me cargan, llegué al borde. Nueve minutos más y yo moría. Desperté entubado, eso me deshizo la garganta. Cuando me los sacaron ¡la voz no salía! Ahí dije bueno, ¡encima sordo ahora!

-Reducción de pulmones pero no de sentido del humor.

-Me acuerdo de otra: subiendo una escalera caí y me rompí el húmero. Quirófano, placa, clavos. Ya sé lo que es ser un placard. Como no me dieron anestesia total, escuchaba... Pero dejáme tomar un trago de té, a ver si se me abre un poco la voz... Te decía: yo escuchaba todo: "Este tornillo va más oblicuo, dame la agujereadora, alcanzáme el tornillo". Ahí intervengo: "Doctor, no se olvide la arandela".

-Humor y amor comparten varias letras.

-Siempre digo que un gran amor se consigue con buen humor, pero un gran amor se destruye por mal humor.

-¿Cómo son tus días, Roberto?

-Quietitos. Volví a los teclados. Peluca blanca y me transformo en Juan Sebastian Sánchez...

( La conversación avanzó. No me daba cuenta, tenía mucho de sosegado testamento. Roberto, siempre hermético en sus cosas íntimas, sin que mediara pregunta me dijo: )

-Rodolfo, tengo una mujer adorable. Me cuida todos los minutos. María Olga Garaventa.

-Siempre le escapaste al tema. ¿Podemos...?

-Podemos. Mirá qué grande, me vino a aparecer esta reina ¡a los 59! Un amor de ésos que vienen sin aviso. Olvidáte, ¡un flechazo eh!... Vino de arriba. Olga trabajaba con Aresi. Estuvo trece años ahí y yo sin verla. Pero una tarde...

-Si se puede saber, ¿qué pasó?

-Fue un beso en la mejilla, despidiéndome; íbamos a Rosario. Se iluminó todo. Decía: ¿qué es esto? ¿estoy loco?, tengo cerca de 60, familia formada...

-¿Y?

-Y terminó casándonos el Padre Pocho... Imposible explicar lo que sentí. Iba en el auto y no podía pensar; abrí el celular y le dije "tengo un beso encadenado entre mis labios..."

-¿Y?

-"Tengo un beso encadenado entre mis labios... y la llave de ese beso está en tu boca."

-¿Y ella?

-Ella pensó: "Se lo habrá querido decir a su mujer..." Vuelvo a llamar y le digo: "Eso que dije ¡es para vosss!"

( Pese a que respiraba con esfuerzo, se mostraba animoso. Ahora veo: ahí le hice una pregunta impiadosa ).

-¿Volverás al escenario?

-Mirá, depende de Dios. Tendría que estar al 200%. En estas movidas uno mete a trabajar cien personas, cien familias... Días hay en los que sí, ésta es la voz con la que choreé, digo, con la que canté siempre. Pero otros días soy Don Corleone. Si me vuelve la voz haría un par de recitales. La despedida.

-¿Despedida? No te creo.

-Despedida. Creéme. Esta enfermedad es tremenda, tremenda. Ya hice shows con el micrófono Mc Giver. Cantaba y recibía oxígeno. Y eso era antes de que me recortaran los pulmones... Si vuelvo será para despedirme.

-No te creo.

-Escuchame bien, Rodolfo, ¿sabés qué pasa?, estoy cansado, muy cansado. Toda mi vida escenario. Empecé a los 14, tengo 62. Calculá.

-Marcado por alguien estabas.

-Designado. Pero cuidado con las palabras. El otro día en un canal pusieron: "El Dios Sandro". Llamé a Nora Lafon para que hablara y sacaran esa basura. Dios-es-Dios. Trasciende las religiones. Es energía. Yo me comunico con el Hombre a través de la católica, ¿vio?

-¿Seguís rezando en ayunas?

-Papi, casi 15 minutos eh. Un salmo que fue creciendo a medida que empecé a correr peligro. En la terapia intensiva yo no hacía más que rezar. Tenía un rosario celeste baratito, que me trajo Porchetto, de una señora que se conecta con la Virgen. Cuando me internan lo ato a mi cabecera... Tengo cruces, rosarios, para tirar para arriba.

-Bien pertrechado para las contingencias celestiales.

-Sí, sí, olvidate. Desarmado no me va a pescar la fulana.

( Para el tercer rato de nuestra última conversación Roberto llamó, tenía la voz extenuada: "En media hora te cumplo mi palabra". A los veinte minutos, ya con la voz más despejada, salió a relucir un asunto que lo obsesionaba: guarderías infantiles y morideros de ancianos: )

-Así, al pozo vamos a parar.

-Algunos sueñan con chau democracia y que venga la mano dura.

-Eso nunca más. Peor el remedio que la enfermedad. Hagámonos cargo de lo que engendra tanta furia. Y no perdamos la esperanza.

-¿Cómo hacer?

-Cambiando la educación desde la escuela. No se enseña ni a pensar ni a imaginar. Sólo se enseña a vivir.

-No es poco.

-Pero el vivir que se enseña es el sobrevivir. El vivir chato, chiquito.

-No a Sánchez, a Roberto le pregunto: ¿hasta cuándo Sandro?

-No lo sé. No me anoto entre los mártires que quieren morirse arriba del escenario. No. Yo, si es posible, me quiero morir en mi casa. Y en mi cama. Y durmiendo, cosa que ni me entere.

-Tanto como para ir aclimatándote.

-Claro, al sueño eterno. Pero ojo, no tengo apuro en irme a dormir. Por ahora, amigo mío, aunque sea con té, ¡brindemos! Para que haya más bibliotecas, para que venga el día en que las escuelas sean tan fascinantes que los padres puedan decir: "Nene, si te portás mal, mañana no te dejamos ir a la escuela".

( Ya en el rato que iba a ser el último le pregunté adivinando la respuesta )

-¿De qué te gustaría hablar?

-Querido, de lo siempre: de mi madre. Y de mi padre. Laburante hermoso. Se daba maña, hasta hizo un horno con un calentador. Y una heladera, a hielo... Te lo conté ochenta veces, ésta es la ochenta y uno: él me cambiaba las suelas de los zapatos. El gran Vicente, ¡por favor!

( Aquí un largo silencio. Y Roberto carraspeó y repitió, como un rezo, lo que me dijo para mi libro "Madre argentina hay una sola": )

-Nos vamos a poner de pie, damas y caballeros: se llamaba Irma Nidia Ocampo, Nina. Siempre viví cerca de ella. ¿Complejo de Edipo? Es lo que algunos zonzos de lengua fácil decían... A sus 21, la muchacha vital y rubicunda se convirtió en inválida. Postrada, con 40 kilos, con sus rodillas soldadas por la artrosis, desde su inmovilidad me enseñó a vestirme, a lavarme la ropa, me hizo socio de la Biblioteca Popular Sarmiento, me inició en el supremo placer de la lectura...

-Pero te dabas tiempo para hacer macanas.

-Yo era una ametralladora. En el barrio me decían terapia intensiva, porque ni mi familia me podía ver. La vida entera de mi mamá, que duró hasta sus 64 años, fue sufrimiento. Y se murió como se moría la gente antes: en su casa y en su cama... Su cuerpecito había pasado por dieciséis operaciones, estuvo lúcida hasta su última noche. Murió con la bolsita de agua caliente entre las manos.

-Ella te vio ídolo.

-Sí, tuvo tiempo de ver mi fama y toda esa milonga. Pero a Sandro no le daba bola. Yo era el hijo. Y chau. Su entereza estaba sostenida por un humor brillante. Para uno de sus últimos cumpleaños le preguntaron qué regalo le había gustado más, y dijo: "Las zapatillas de baile que me trajo Roberto". ¡Zapatillas de baile, señor!

-¿Cómo carajo hiciste para que la idolatría no te comiera por las patas?

-A vos te consta: siempre nombro a Vicente y a Nina. Aparte, ésto yo me lo aclaré a los 31. Caía el sol, sentado arriba del portón de mi casa, veía los garajes con mis autos, la casa espectacular. Y tomando un whisky me dije: bueno, ¿así que sos un ídolo? Roberto, ¿y ahora qué? Y ahí tuve mi verdadero bautismo. ¿Así que esto es el éxito? Empecé a indagar: psicología, parapsicología. Buscaba razones. ¿Por qué Dios me señaló, si yo estaba en la cuarta fila? ¿Por qué me dijo vos negrito serás Sandro? ¿A mí me señala, Padre? "Sí, a vos." Y me dio todo esto. Y a cambio, bueno... me saca el aire. Je, ya ves, ¡la vida! ¿Cómo era tu versito?

-La vida, no hay caso, no podemos vivir sin ella... Y ella, la vida, ¿podría vivir sin nosotros?

-Tanto da y tanto quita, esa irresistible señora.

-Me dijiste que te sentís cansado.

-Es que me siento cansado, Rodolfo. Nada de sal nada de alcohol nada de caminatas... No me quejo, Dios mío, pero no es fácil esto. Por ahora cumplo, pero en cuanto me den el alta... ¡van a temblar los estaños! No, en serio, quiero retomar una vida parecida a lo normal... Aparte, ya no es solamente los pulmones, ahora es el cuore ¡y con ése no se jode, eh!

-¿Has domado tus miedos?

-Nooo, qué voy a domar. Te lo confieso: estoy lleno de miedos, Rodolfo. Uno de los miedos más fuertes es ver si me despierto al otro día, ¿comprendés? Entro al sueño pensando eso: ¿me despertaré mañana?... Es triste. Viejo, así la vida, ¿es vida?

-¿Es?

-Es. Hace como diez años te dije algo que ahora te repito: Vea, Padre, yo puedo perder la vida pero a la vida no me la pierdo.

Posdata. Ni él ni yo nos animábamos a no tener esperanza. Pero fue la última conversación con Sandro, con Sánchez, con Roberto, tres personas distintas y un solo ídolo verdadero. A él le gustaba que yo le dijera un leve cuentito, sumamente candoroso. Ahora que respira de otra manera, se lo cuento otra vez. Que quede entre nosotros:

"El, el ídolo, ya es un hombre mayor. Esta noche, se duerme tarde. Pronto se encuentra acunado por un sueño. Sueña el ídolo con unas zapatillas de baile que ahora empieza a calzarle a una viejita, justamente en el día de su cumpleaños... Ella se vuelve joven, muy joven, en segundos. Entonces, con sus preciosas zapatillas, deja su silla, se anima, da un paso, otro más; al tercer paso se encuentra girando en los brazos de él.

El, el ídolo, en el sueño es mayor que su madre, tan jovencita. Los dos aquí, ahora, escuchan el mismo vals y bailan así, locos de felicidad.

A todo esto, alguien los está mirando desde un rincón. Sonríe tranquilo el hombre porque ya vio que la suela de las botas de su hijo no tienen agujeros."

El autor es poeta, dramaturgo, cuentista, periodista, autor, entre otros libros de El último padre, De fútbol somos, Don Borges, saque su cuchillo porque..., La Misa humana, Vincent, te espero desnuda al final del libro. Para el cine escribió y dirigió el mediometraje Nicolino Intocable Locche. Su libro más reciente, Perfume de gol.

ADEMÁS

MÁS LEÍDAS DE Lifestyle

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.