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Sankt Pauli: cómo es la hinchada alemana que defiende causas sociales

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8 de julio de 2018  

HAMBURGO.– Durante dos décadas, hasta su muerte apenas iniciado el siglo XV, con solo 41 años, Klaus Störtebeker fue el terror de los comerciantes del mar Báltico y del Norte. El pirata más famoso de los que asaltaban los barcos de mercaderes burgueses. El que logró esquivar siempre la pena de muerte con la que se castigaba a los corsarios, cuyas cabezas decapitadas se clavaban en picas en las orillas del río Elba como recordatorio para que otros colegas de profesión supieran lo que les pasaría si continuaban en el negocio. Störtebeker es el más ilustre de los piratas de agua dulce del norte de Europa. Un mito de la Edad Media. Un Robin Hood que, según la leyenda, repartía los botines entre sus hombres en partes iguales y además ayudaba a la población más pobre. Pero, sobre todo, es un viejo fantasma que aún sigue vivo, más de 600 años después de su muerte. Un personaje todavía querido y recordado en Hamburgo, sobre todo en el puerto de la ciudad, el que fuese ya entonces su cuartel general. Y más aún en el barrio de Sankt Pauli que rodea, al oeste, la zona portuaria. Allí, la bandera pirata negra con la calavera y las dos tibias cruzadas nunca ha dejado de flamear. Es el recuerdo de los corsarios del Elba. También, el símbolo de los pobres, de los desamparados, de aquellos que no poseen apenas nada más que sus huesos.

Así fue sobre todo en los años ochenta. La caída de la industria naval y la crisis del petróleo provocaron el desplome de la actividad en el puerto, uno de los más importantes del mundo, y un desempleo masivo. El barrio portuario se levantó en armas. Los trabajadores, los obreros, los estibadores y los marineros que habitan esta zona desde hace siglos se unieron a jóvenes activistas, a anarquistas y al efervescente movimiento punk alemán y empezaron a ocupar las casas en el barrio en el que las familias eran desalojadas. Luchaban contra un sistema que los había dejado al margen. Y muchos lo hacían, recordando a su antiguo vecino Störtebeker, con la bandera pirata como símbolo de su cruzada.

A contramano de hinchadas racistas o misóginas, esta defiende causas feministas, gays, de los refugiados o, como en la imagen, muestran nombres de gente asesinada por el nazismo
A contramano de hinchadas racistas o misóginas, esta defiende causas feministas, gays, de los refugiados o, como en la imagen, muestran nombres de gente asesinada por el nazismo

Hoy, 30 años después, ese símbolo, esos huesos, aquella leyenda, han trascendido no solo el puerto y Sankt Pauli, no solo las fronteras de la ciudad y del país, sino también el tiempo. Se han convertido en un ícono internacional, en una imagen de marca, en una referencia conocida en todo el mundo. Como el rostro del Che Guevara fotografiado por Alberto Korda. Y todo porque en aquellos años ochenta de lucha de clases, de choque de realidades, mientras el barrio hervía también empezaba a hacerlo uno de los símbolos de Sankt Pauli: su club de fútbol local, bautizado con el mismo nombre del barrio. Un equipo que jugaba, como ahora, en la segunda división. Un club discreto, sin grandes pretensiones, acostumbrado a perder, acostumbrado a sufrir, acostumbrado a soñar. Un club fundado en 1910 por los marineros, estibadores y obreros del barrio. Un club pobre que desde entonces juega equipado con el color marrón, una rareza en el universo del fútbol moderno. Pero las marrones eran en aquella época las telas más baratas para vestir a los jugadores. Hoy son también un símbolo. Y, sobre todo, una declaración de principios. Porque eso es ante todo el Sankt Pauli: una declaración de principios universales. De ahí también que su escudo oficial, dos torres blancas sobre un fondo rojo, sea una anécdota. El emblema oficioso es la bandera pirata. La que recuerda las hazañas de Störtebeker. La que se adoptó de la agitación social de aquellos años ochenta. Porque fue entonces cuando el Sankt Pauli, una nota a pie de página en la historia del fútbol hasta entonces, empezó a convertirse en la leyenda que hoy es, en ese ícono planetario, en ese rostro del Che de las camisetas.

Comprender Sankt Pauli, el barrio, zona obrera, territorio también de ocio nocturno, de bares, de antiguas tabernas, de prostitución como puerto de marineros hartos de barco y de hombres que era, es fundamental para entender Sankt Pauli, el club. Porque de esa historia y de esa gente que da vida al barrio vino el cambio en los años ochenta que empezó a fraguar la leyenda del club. En aquella época la violencia de los ultras sacudía los estadios de Europa. Ultras radicales, fascistas, extremistas... La tragedia en el estadio de Heysel, en Bruselas, en 1985, en la que murieron 39 aficionados en un partido entre Liverpool y Juventus, es el ejemplo más macabro de en qué se estaba convirtiendo el fútbol. Entonces fue cuando en Sankt Pauli se hizo una declaración, hoy histórica: "Estamos en contra del racismo, del sexismo, del fascismo y de la homofobia".

"La verdad es que es increíble ver lo que ha pasado con un pequeño grupo de gente bebiendo cerveza, fumando marihuana y quejándose por los extremistas del fútbol…", suspira Suen Brux, el jefe de seguridad del club. Tiene 51 años, la piel curtida, una calva afeitada al cero y un cigarrillo de armar entre manos. Brux es de Colonia, pero se trasladó a Hamburgo con 19 años. Llegó al barrio en su época de efervescencia. Cuenta que estaba entonces muy metido en el movimiento más punk y squatter que ocupó aquellos edificios durante la crisis del puerto. Les gustaba el fútbol, pero el auge y la permisividad con aquellos hinchas ultras hacía que fuese peligroso ir a un estadio. "Y descubrimos que a la vuelta de la esquina había un club sin nazis al que podíamos ir", lo recuerda. Allí, sí, estaba el Millerntor, la sede del Sankt Pauli, un club creado por los hombres del barrio y en cuyos estatutos figura hoy la norma básica de que "el FC St. Pauli, constituido por sus socios, personal, aficionados y voluntarios, es parte de la sociedad y del tejido social que le envuelve y, por tanto, se encuentra directa o indirectamente influenciado por los cambios políticos, sociales y culturales".

Cuando Airbnb quiso anunciar en el estadio, los hinchas no aceptaron porque creen que esta empresa es responsable del proceso de gentrificación en el barrio
Cuando Airbnb quiso anunciar en el estadio, los hinchas no aceptaron porque creen que esta empresa es responsable del proceso de gentrificación en el barrio

El club tenía en aquella época cerca de 2000 socios. Hoy, además de los 13.000 que cada dos semanas abarrotan las gradas de Millerntor, cuenta además con 520 clubes de aficionados y millones de hinchas en el mundo. Uno de esos clubes extranjeros es argentino y se llama Piratas del Sur. Lo formaron en 2006 hinchas de Platense, tras haber buscado por el mundo equipos que jugasen también con remeras marrones y blancas. Cuando conocieron la historia del club, se enamoraron. "Un equipo donde se mezclan fútbol, política, música y lucha es demasiado perfecto y tristemente algo que rara vez se encuentra", cuentan desde el club. "Con esa mezcla tan perfecta, para nosotros, que veníamos de la escena del punk, ¿cómo no íbamos a volvernos locos al ver todo lo que nos gusta en un club de fútbol?". Desde 2013 están reconocidos por el Sankt Pauli como uno de sus clubes oficiales.

Lo curioso de Sankt Pauli es que esos valores sociales del club se transmiten desde la grada hasta el campo de juego y mucho más allá. Cada vez que salen los jugadores, suena el Hell’s Bells de AC/DC. La afición respeta al adversario y le aplaude si juega bien. "Queremos que nuestros jugadores muestren también esos valores en el campo. No queremos faltas sucias ni que se tiren a la piscina. Tratamos de enseñar que ese es el camino al éxito a corto plazo, al fácil, pero que ese no es nuestro camino". Así lo explica Ewald Lienen, de 51 años, hoy director técnico del club. Recostado sobre un sofá de cuero marrón en uno de los palcos privados del estadio, Lienen habla el español con acento duro, con acento alemán, que aprendió en España cuando era segundo entrenador del Tenerife, con su compatriota Jupp Heynckes, en los años noventa. Es un hombre directo y habla un español directo y cargado de palabras malsonantes, como se aprende a hablar en un banquillo. Desde hace un año ocupa ese puesto de director técnico, pero fue antes, durante tres temporadas, entrenador del equipo. "Aquí se respeta a los jugadores aunque lo hagan mal. Y eso ayuda a mantenerlos unidos", me cuenta. "Aunque a veces he tenido que pedir a la afición que presione más al equipo, que exija más, porque los jugadores no daban todo lo que podían y nadie se lo reclamaba".

Esa afición es la que ha convertido el Sankt Pauli en lo que es. No solo en el primer club abiertamente de "izquierdas", políticamente hablando. Aquí los hinchas participan en la toma de decisiones y tienen derecho de veto. Por ejemplo, en 2005, el club había alcanzado un acuerdo de patrocinio con la revista masculina Maxim, pero los aficionados lo rechazaron por considerar que esta fomentaba una imagen sexista de la mujer. Ha sucedido también, recientemente, cuando el portal Airbnb quería anunciarse en las tribunas y no se aceptó, porque los habitantes del barrio creen que esta empresa es una de las responsables del imparable proceso de gentrificación que vive la zona y que obliga a muchas familias trabajadoras y humildes a mudarse porque se encarecen los precios de las viviendas.

“Estamos en contra del racismo, del sexismo, del fascismo y de la homofobia”, reza el lema de este club
“Estamos en contra del racismo, del sexismo, del fascismo y de la homofobia”, reza el lema de este club

"Esto, lo primero, es un club de fútbol. Y por eso nuestra meta, lo ideal, es conseguir regresar a Primera división. Lo que quiere la afición es ver buen fútbol. Pero luego están esos valores que se comparten: contra la derecha, a favor de la tolerancia, contra la homofobia…. Es muy especial. Por eso no haremos publicidad para empresas que no consideremos que son correctas", afirma Lienen.

Un simple paseo por Millerntor lo confirma. Grandes murales en sus paredes interiores que conducen a las gradas donde aparecen dibujos cargados de mensaje. Uno representa el naufragio de las barcas con las que los refugiados sirios tratan de cruzar el mortal Mediterráneo. En otros se representa a dos hombres besándose. Hay imágenes del Che Guevara. Mensajes en español de la "resistencia" comunista. Dibujos a favor de la igualdad de sexos. Esvásticas aplastadas… "Esta atmósfera me gusta mucho. ¿Sabe lo que es?", pregunta el veterano entrenador, contento de practicar su español. "Solidaridad", me dice, sin esperar respuesta.

Lienen, además de ser el responsable de la parte deportiva más técnica, también se ocupa de divulgar el trabajo social del club. En Sankt Pauli, sobre todo durante los últimos años, han aprovechado su fama internacional para ir más allá de las pancartas y los mensajes. Hoy tienen proyectos sociales en desarrollo en el barrio, como fomentar el fútbol y ayudar a los niños de las familias con menos recursos o dar apoyo a los refugiados que llegan a la ciudad. Pero también fuera de Hamburgo y del país colaboran para recaudar fondos y apoyar la campaña "Viva con agua", que crea instalaciones de agua potable en aldeas del mundo.

Carteles de bienvenida a los refugiados
Carteles de bienvenida a los refugiados

En St. Pauli Eck, un bar al fondo de unas escaleras, uno de los más conocidos donde se reúnen los hinchas antes y después de cada partido, un hombre que bebe en silencio mira de reojo al periodista y responde con monosílabos si se le pregunta por el equipo. En Jolly Roger, a 300 metros del club, probablemente el bar más famoso que frecuentan los aficionados, donde incluso el presidente del club acude a tomar cerveza, la camarera también esquiva cualquier pregunta y no permite siquiera hacer fotos del interior, cuyas paredes están atiborradas de las pegatinas que durante años los clientes han ido pegando. "Salga", me dice, "y hable con los que están fuera, que hablan español".

Afuera hablan y beben cerveza alemana tres españoles que viven en Hamburgo y que se confiesan también aficionados del club. Pero lo viven sin la pasión del que ha nacido en el barrio. "El Sankt Pauli cumple bastante con el mito. Pero también se monta mucho circo. La afición es auténtica, sí. Pero hay un fenómeno turístico que lo corrompe", cuenta Chema, de Gijón, del norte de España. "Las cosas cuando son pequeñas y cutres dan otra sensación", añade.

Esa es la gran paradoja del Sankt Pauli. Basta entrar a la tienda del estadio para apreciarla. Allí se venden centenares de objetos de todo tipo. Desde bufandas hasta cepillos de dientes. Haber trascendido el fútbol, haberse convertido en ese ícono, ha transformado al Sankt Pauli también en un producto de merchandising, en un objeto más de consumo. Desde el club, sus responsables de comunicación defienden que gracias a que venden esos cepillos de pueden realizar sus proyectos sociales. Pero son conscientes de que también deja en evidencia otra realidad y otra explicación.

Una protesta, en febrero de esta año, para "salvar" esta zona que se transforma
Una protesta, en febrero de esta año, para "salvar" esta zona que se transforma

"Nos acusan de que lo nuestro es marketing político. También dicen que es una moda ir a ver al Sankt Pauli. Pero eso nos lo llevan diciendo desde los años noventa, así que para ser una moda es una ya muy larga, ¿no?", argumenta Brux. El debate, sin embargo, no termina ahí. Y lo saben. "Nosotros solo podemos existir en esta área, en este barrio. Pero éste está cambiando por la gentrificación y algunos nos acusan a nosotros de ella. No puedo estar de acuerdo con eso, pero me hace pensar…", añade Brux. Al otro lado de los muros del estadio, el barrio cambia su cara. Entre los vendedores de marihuana y los trabajadores que vuelven a casa, pululan hoy jóvenes barbudos y modernos en bicicleta. La imagen repetida en todo el mundo. El fenómeno hipster o como se quiera llamar a ese estereotipo de la globalización. Vivir en Sankt Pauli tiene onda. Cada vez más profesionales jóvenes con dinero se mudan aquí. Cada vez surgen más tiendas y cafeterías coquetas. Hasta locales donde comprar yogur helado. Y el barrio antes peligroso, el de las putas, los marineros y las peleas, de los yonquis y también de los estibadores y los obreros, el de la lucha social, se transforma lentamente en otro parque temático del nuevo consumo. Y ahí, el club es juez y parte. Representante de la esencia más pura del barrio y símbolo histórico de la zona, también es producto de marketing y reclamo turístico para las nuevas oleadas de hamburgueses y turistas.

Sankt Pauli no es su "fútbol de mierda", como confiesan que juegan, ni sus instalaciones, sino su historia y esas personas que la han protagonizado. Pero, ¿qué pasará si esa gente termina marchándose a otros barrios más baratos que puedan pagar? "No sucederá nada. Seguirán viniendo los días de partido y el club se mantendrá", dice Brux. Pero eso suena más a deseo que a certeza. A no querer pensar en que Sankt Pauli, el barco pirata del fútbol internacional, pueda ser asaltado por la borda, vía smartphones y postales de Instagram, por los mercaderes de la globalización. Como si la venganza burguesa contra Störtebeker y los suyos se hubiese hecho esperar 600 años.

David López Canales

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