
Santa Rosa de Lima: abandonó sus riquezas, vivió en una celda y se volvió la mujer más conocida del continente
Nació en una familia de la elite, pero decidió dejar todo para llevar una vida de ayuno y sacrificios; es la patrona de América Latina y se le pide protección frente a las enfermedades y desastres naturales
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Cada 30 de agosto la Iglesia Católica celebra la festividad de Santa Rosa, la primera persona santificada de América y patrona de todo el continente. Vivió solo 31 años, pero ese corto tiempo bastó para que fuera conocida por gran parte de la sociedad limeña y su fama de santidad luego se extendiera por todo el continente.
“Nos recuerda la grandeza de la vocación a la que Dios nos llama, es decir, la vocación universal a la santidad”, dijo en enero de este año el Papa León XIV tras bendecir una imagen de la santa en los Jardines Vaticanos. En la actualidad, muchos fieles acuden a ella en busca de protección contra las enfermedades y los desastres naturales. De acuerdo con Google Trends, su nombre tuvo un 350% de aumento en las búsquedas de la última semana, en anticipo a la celebración de su fiesta.

Quién fue Santa Rosa de Lima
Nacida en 1586 en la capital del entonces virreinato del Perú, sus padres fueron Gaspar Miguel Flores, un soldado de la guardia del virrey, y María Oliva. Al momento de casarse, su padre tenía 52 años y su madre 18. Tuvieron once hijos, de los cuales Rosa fue la cuarta, aunque no todos llegaron a la mayoría de edad. La santa fue bautizada el día de Pentecostés de 1586, en la parroquia de San Sebastián, con el nombre de su abuela Isabel, aunque su madre la llamó Rosa desde muy temprana edad por su belleza.

“Dedicada a educar a las niñas de las mejores familias de Lima, María Oliva dio a su hija una formación esmerada y así, Rosa aprendió canto, poesía, a tocar el arpa, la cítara y la vihuela”, relata la Real Academia de la Historia. Un testimonio de la época describió que tenía una “hermosura peregrina, con brío y gala, de talle bien dispuesto, dulce de carácter y discreta”. El deseo de su madre era que se casara con algún miembro de la élite para mantener el estatus social y asegurar su estabilidad económica.
Sin embargo, desde pequeña mostró su inclinación a la oración y a la meditación. Solía visitar el Templo del Convento de los dominicos cercano a su casa, donde se veneraba la imagen de la Virgen del Rosario. Su modelo a seguir era Santa Catalina de Siena, una mística italiana de gran influencia en el siglo XII. Para imitar sus pasos, en 1606, a los 20 años, ingresó en la tercera orden de Santo Domingo, la rama laica de los dominicos. Esto significaba que se comprometía formalmente a vivir el carisma y la espiritualidad de la orden en la vida cotidiana, sin ser propiamente una religiosa consagrada. En oposición a lo que deseaba su familia, jamás se casó.
Una vida de pobreza y sacrificios
“Santa Rosa conoció la pobreza cuando su padre fracasó en sus negocios –relata Vatican News– trabajó duramente como empleada en el huerto y como bordadora, hasta bien entrada la noche”. También encontraba tiempo para ayudar a los más necesitados: en la casa de sus padres creó un albergue donde asistía en especial a indígenas y mestizos maltratados y solía visitar los hospitales de la zona. “Rosa ejercía de intermediaria en el reparto de cuantiosas limosnas a los pobres gracias a sus buenas relaciones con la élite limeña”, resume la Real Academia de la Historia.

Un rasgo característico de su vida espiritual fue la tendencia a experimentar penitencias y mortificaciones. Con la ayuda de su hermano Fernando, se construyó una pequeña “celda” o ermita en el patio de su casa natal que funcionaba como su habitación. Medía un poco más de dos metros cuadrados y dentro solo había un altar que adornaba con flores. Solía ayunar diariamente, incluso a veces privándose del agua; evitaba dormir cómodamente y llegó al punto de autoflagelarse. “Fuera de la cruz, no hay otra escalera para subir al Cielo”, fue una de sus frases célebres.
Los milagros de Santa Rosa
Una de las hazañas en vida que se le adjudican a Santa Rosa fue la defensa de Lima ante una invasión extranjera. En julio de 1615 corrió por la ciudad la noticia de que el corsario holandés Jorge Spilbergen pretendía desembarcar en el puerto de Callao y dirigirse a la capital para saquearla. “La santa reunió a sus hermanas terciarias para velar ante el Santísimo Sacramento expuesto en la Iglesia, con la intención de proteger el altar de la profanación de los herejes”, describe la Real Academia Española.

Aunque los navíos neerlandeses nunca llegaron a puerto debido al fallecimiento de su capitán, muchos creyeron que la intercesión de Rosa había evitado aquella amenaza. Por eso se la suele representar con un ancla, en señal del hundimiento de los barcos.
Para la santa, el momento culminante de su vida ocurrió el Domingo de Ramos de 1617. Según su relato, mientras hacía oración en la Capilla del Rosario, sintió el llamado del Niño Jesús de la imagen, que le dijo: “Rosa de mi corazón, yo te quiero por esposa”, a lo que ella respondió: “Aquí tienes, Señor, a tu humilde esclava”.
Su muerte y canonización
Las dolorosas penitencias a las que se sometía acabaron afectando a su salud. Aunque no se sabe la causa exacta de su muerte (muchos estipulan que fue la tuberculosis), lo cierto es que el 21 de agosto de 1617 cayó enferma y tres días después, a la edad de 31 años, murió rodeada de su familia, directores espirituales y discípulas.

“Su velatorio en el convento dominicano fue multitudinario y acudieron el virrey, el arzobispo y las más altas dignidades de la ciudad”, describe la Real Academia Española. Incluso tuvieron que dar una falsa fecha del entierro para evitar el atropello de los devotos que acudían en busca de reliquias. Su historia se había extendido por todo el virreinato y ya tenía numerosos impulsores en la causa de su santificación.

Pasaron más de 50 años para que fuera canonizada por el papa Clemente X, el 12 de febrero de 1668, y nombrada como patrona de toda América Latina. Con el tiempo, también se le atribuyeron otras devociones, como la protectora de la Independencia Argentina, patrona de las Fuerzas Armadas Argentinas e incluso es invocada contra erupciones volcánicas, las heridas físicas y para resolver discusiones familiares.
Aunque falleció el 24 de agosto, ese día ya se celebraba la fiesta de San Bartolomé Apóstol. Por esa razón, su fecha de conmemoración en el calendario litúrgico es el 30 de agosto. En la actualidad, también se la asocia a una tormenta que suele coincidir con su día festivo y anticipa la llegada de la primavera.
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