Se conocieron cuando ella tenía 12 y él 17 y llevan juntos ocho décadas: “Solo puedo hablar de ella con letras mayúsculas”
Moisés y Sarita siguen tomados de la mano, compartiendo cafés, recuerdos y disfrutando a su descendencia como hace 80 años
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Hay amores que no caben en un calendario. Que no entienden de décadas, arrugas ni relojes. Que se tejen entre cartas, miradas y silencios compartidos. El de Moisés y Sarita Roitman es uno de esos amores que desafían el tiempo y desarman cualquier explicación racional.
Casi 80 años juntos. 75 de casados. Tres hijos, ocho nietos, once bisnietos y una historia que empezó en Córdoba cuando ella tenía apenas 12 años y él 17. Una historia que todavía sigue escribiéndose cada tarde, en Mendoza, cuando salen a tomar algo a la misma esquina de siempre, él de pantalón blanco y corbata, ella impecable, de paso sereno y sonrisa dulce.
“Nos conocimos cuando yo estaba enferma. Y él vino a enseñarme para no atrasarme en la escuela”, comienza Sarita.}

“Creo que su mamá me había echado el ojo para su hija cuando éramos niños”
La familia de Moisés, que había nacido en Mendoza en 1925, se mudó a Córdoba por trabajo. A pocas cuadras vivía Sara Meersohn, una niña de cabello oscuro que cursaba sexto grado. Por entonces contrajo una nefritis que la obligó a guardar reposo durante meses. Su madre, doña Adela, buscó un profesor particular para que no se atrasara en la escuela. Y el elegido fue Moisés, el joven del barrio.
“Cada vez que llegaba a su casa me recibían con leikaj —torta de miel— y strudel, pastel de manzana que preparaba su mamá”, recordó él en las memorias que escribió a los 90 años. “Germinó entre nosotros un noviazgo de adolescentes que luego seguimos por cartas.”
Sarita tenía 12 años y Moisés, 17. Pero había algo en esa complicidad temprana que ya los unía sin remedio. “Yo creo que su mamá me había echado el ojo para su hija cuando éramos niños”, suele bromear él. Y tal vez sea cierto. O tal vez fue simplemente el destino.
Cuatro años de cartas y una decisión
Cuando Moisés regresó a Mendoza, la distancia se hizo puente. Cuatro años de cartas, esperas y sueños escritos a mano. Hasta que una tarde recibió un llamado: la madre de Sarita había fallecido. Sin pensarlo, tomó el primer tren a Córdoba.
Al llegar al velorio, el padre de Sarita lo miró fijo y le preguntó con solemnidad:—¿Y usted qué idea tiene de su vida?
Moisés, con 21 años y el corazón encendido, respondió sin dudar:—Voy a arreglar mi situación en Mendoza y luego me puedo casar.
Cumplió su palabra. Y el 4 de febrero de 1950, con 24 años él y 19 ella, se casaron bajo el rito judío, con el rabino, el palio, el vaso roto y una gran fiesta que reunió a las dos familias. “Fue una boda hermosa, con toda la familia. Y elegimos Bariloche para la luna de miel”, recuerda Moisés.

Una vida de trabajo, familia y amor
Moisés trabajó desde joven en la industria farmacéutica. Fue dueño de las históricas farmacias Aconcagua y Del Águila, y hoy, con 100 años recién cumplidos, sigue atendiendo la caja de la farmacia Sevilla, propiedad de una de sus hijas.
“Trabajar me mantiene vivo —dice—. Me obliga a vestirme bien, a peinarme, a hablar con la gente. No podría estar en mi casa sin hacer nada.”
Cada tarde, cuando termina su jornada, se encuentra con Sarita para cumplir con el ritual de todos los días: sentarse juntos en una mesa de café del centro mendocino, mirar pasar la vida y brindar por lo vivido.
Él todavía maneja su auto, un Honda Accord automático. De hecho, acaba de renovar su carnet de conducir hasta los 103 años, algo inédito en el país. El sistema informático debió ser modificado porque no contemplaba conductores de tres cifras. “Intentaron sacarle la foto cuatro veces, pero la computadora no aceptaba 100 años”, cuenta su hija Claudia. “Tuvieron que llamar a Buenos Aires para corregirlo.”
Él se lo toma con humor. “Me siento un pibe”, dice. Y Sarita asiente.
Porque más allá de la anécdota, lo que los mantiene vivos es la costumbre de hacer cosas juntos, de compartir cada instante. A veces ella lo lleva en su propio auto —“en la ruta maneja mejor que yo”, reconoce él—, otras lo acompaña a la farmacia o lo espera para tomar un helado.
La rutina, lejos de aburrirlos, es el hilo que sigue cosiendo su historia.
Las bodas del “aguante”
Este año celebran 75 años de casados. O, como ellos prefieren decir, “las bodas del aguante”.
“Hay altos y bajos, problemas, hijos. Pero hay que saber convivir con las cosas que van apareciendo en la vida”, reflexiona Sarita, sin dramatismo. “La clave es la paciencia y el respeto. No todo es color de rosa, pero cuando hay amor, se puede”, advierte.
Tienen tres hijos —Adela, Daniel y Claudia—, ocho nietos y once bisnietos. Sus descendientes los miran como una brújula: una prueba viva de que el amor puede resistir el paso del tiempo sin perder frescura.

Y es que Moisés y Sarita no solo comparten recuerdos, sino también sentido del humor. En los videos familiares se los ve bailando juntos en su cumpleaños número 100, sonriendo de oreja a oreja. Fue el 22 de julio de este año. “Nos divertimos mucho”, dice él. “A veces discutimos, pero después nos reímos”, sostiene.
Una carta a Sarita
A los 90 años, Moisés decidió escribir sus memorias. Entre anécdotas y recuerdos, dedicó un pasaje entero a su esposa. Lo tituló simplemente “Sarita”, y es, tal vez, una de las declaraciones de amor más bellas que se hayan escrito sin proponérselo:
“Si ella está lejos, yo prácticamente no existo. Me cuesta encontrar palabras para definir lo que ha sido y es Sarita en mi vida, porque en cuanto la nombro surgen demasiadas, como un torrente. Solo puedo hablar de ella con letras mayúsculas, porque es la energía que me equilibra. Sarita calma y sana mi alma, con su mirada llena de sol. Supo hacer de una casa un nido y de un nido una familia. En el fondo, Sarita es la autora secreta de mis movimientos”.
Viven en el centro de Mendoza, rodeados de fotos familiares y pequeños recuerdos: un reloj antiguo, las cartas amarillentas que se mandaban de jóvenes, una foto en blanco y negro de su boda. Todo respira historia, pero también presente. Porque ellos siguen ahí, en movimiento, aferrados a la vida con una alegría que contagia.
Quizás por eso Moisés aún trabaja, maneja, bromea y sonríe. Y quizás por eso Sarita, a sus 95, todavía tiene esa luz en los ojos.
El legado del amor
Hay quienes los detienen en la calle para felicitarlos. Otros los miran como si fueran una leyenda viviente. Pero ellos no se sienten distintos. “Nosotros solo hicimos lo que sabíamos hacer: querernos”, dice Moisés.
Casi ochenta años después, Moisés y Sarita siguen siendo los mismos que se enamoraron en Córdoba entre cuadernos, una torta de miel y sonrisas tímidas. Solo que ahora el amor tiene más arrugas, más fotos y más historias que contar.

Cuando cae la tarde, vuelven a su mesa de siempre. Piden dos cafés. Él le acomoda el abrigo, ella le agradece con un gesto. Se quedan un rato en silencio, mirando pasar la gente.
Y en ese silencio, que ya no necesita palabras, uno puede ver lo que ellos saben desde hace 80 años: que el verdadero amor no pasa, se queda.
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