
Según la psicología, si al envejecer se da un paso al costado en ciertos ámbitos no es resignación, sino selección
Un célebre estudio del Instituto Max Planck de Berlín explica por qué hacer menos actividades en la vejez no es apatía ni abandono, sino una estrategia adaptativa de inteligencia emocional para vivir mejor
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Al llegar el momento de la jubilación, el descanso tras años ininterrumpidos de servicio puede estar acompañado de una reducción de algunas actividades. A simple vista, para la familia o los amigos, esta menor presencia en viajes, reuniones o compromisos sociales puede parecer una pérdida de entusiasmo ante la vida. Para sorpresa de muchos, la psicología del envejecimiento propone una mirada muy distinta a la acostumbrada.

A comienzos de los noventa, desde el prestigioso Instituto Max Planck de Berlín, los investigadores alemanes Paul y Margret Baltes postularon el modelo SOC (Selección, Optimización y Compensación). Su principio fundamental sostiene que envejecer bien no se trata de sostener contra viento y marea todo lo que hacíamos a los 40 años, sino de saber administrar la energía vital.
Bajo este paradigma, dar un paso al costado en ciertos ámbitos no es resignación: es selección. Si una persona decide acotar su círculo social o espaciar sus deportes para concentrar su energía en sus nietos o en un pasatiempo preferido, está optimizando sus recursos en lo que verdaderamente le brinda plenitud. Y cuando las limitaciones imponen un cambio —como trasladar los encuentros con amigos al mediodía porque resulta difícil manejar de noche— surge la compensación, esa valiosa capacidad de adaptar las formas para no privarse del fondo.

En un mundo que rinde culto a la productividad constante y a las agendas sobrecargadas, suele caerse en la trampa de exigirle al adulto mayor un “envejecimiento hiperactivo”: viajar sin parar, sumar cursos y mantener un ritmo frenético para demostrar que se sigue vigente. Sin embargo, la psicología demuestra que la verdadera calidad de vida en la madurez no se mide por la cantidad de casilleros tachados en el calendario, sino en enfocar su tiempo y su mente en lo que realmente le devuelve felicidad y tranquilidad.
Este fenómeno coincide con lo que la investigadora de Stanford Laura Carstensen denomina “Selectividad Socioemocional”. Con los años, la percepción del tiempo cambia: se comprende que es un recurso valioso y finito. Mientras que en la juventud se busca acumular relaciones y experiencias, a los 70 años prima la calidad sobre la cantidad. Ya no se busca agradar a todo el mundo ni cumplir con expectativas ajenas; se eligen únicamente aquellas actividades, vínculos y entornos que nutren el bienestar en el presente.
Para los expertos, esta dinámica no solo alivia la culpa de quien decide “bajar un cambio”, sino que ofrece una lección fundamental para los familiares y amigos. Detrás de una agenda más pausada no hay abandono, aislamiento ni tristeza; hay una persona ejerciendo el sabio arte de administrar su propia energía.

En ese sentido, es que para los especialistas, la clave está en respetar este proceso sin etiquetarlo como apatía. En lugar de insistir para que un adulto mayor de 70 años “haga más cosas”, la postura más saludable es acompañar sus elecciones: celebrar los espacios que decide conservar, no sobrecargarlo de expectativas y comprender que su tranquilidad actual es fruto de una decisión sabia, no de un descuido.
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