
Ser católico
Hay quienes dicen seguir una tradición familiar; otros, ser devotos de la Virgen o de un santo. En la última década, la Iglesia Católica perdió cerca del 10% de sus fieles. Cómo y por qué –a pesar de todo– sigue vigente una doctrina nacida hace más de 2000 años
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Dos mil años después de que un judío de 33 años fue crucificado en Jerusalén por haberse definido como el hijo de Dios hecho carne, son cerca de 30 millones los argentinos que declaran adherir a la Iglesia Católica en la que aquel hombre prometió "vivir" hasta el fin de todos los tiempos.
En una época en la que en el nivel global parecen haberse desvanecido todas las certezas y en la que en nuestro país, según dijo hace pocos meses el cardenal Jorge Mario Bergoglio, se estaría expandiendo un "prejuicio anticatólico", ¿qué significa hoy ser profesar esta fe?
Según las estadísticas, no muy actualizadas por cierto, los que se dicen católicos serían ahora cerca de un 80% de la población total, un 10% menos que hace una década. No obstante esa reducción –que no deja de preocupar a la Iglesia–, quienes comparten esta fe siguen siendo muchos millones conducidos formalmente por sólo un centenar de obispos –reunidos en la Conferencia Episcopal que preside Bergoglio– y unos 5500 sacerdotes distribuidos en 70 jurisdicciones eclesiásticas (diócesis) en todo el país.
LNR dialogó con fieles porteños a la salida de distintas misas de domingo, en la calle, en oficinas y otros lugares no directamente asociados con la fe católica y consultó a referentes religiosos. A todos ellos se les hizo la pregunta de rigor. Y las conclusiones, como era de esperar, tienen matices y diferencias.
Están los que se dicen católicos por tradición o mandato social. En ellos, la fe no incide para nada en la forma de encarar los problemas cotidianos ni la dirección de su vida. "Para mí, que no soy practicante, ser católico es una cuestión social; me casé por Iglesia y bauticé a mi hijo, pero no voy a misa y cada vez me parece más retrógrado lo que dicen los curas", dijo Graciela, de 46 años, quien pidió reserva de su apellido "por el qué dirán", aclaró.
También hay quienes expresan tener "mucha fe" y confiar "toda la vida" a alguna advocación de la Virgen o a algún santo, pero admiten que no van a misa con frecuencia ni participan de las actividades de la parroquia de su barrio. Muchos de quienes sienten así son los que llenan los 98 santuarios que hay en todo el país, como, por ejemplo, el de San Cayetano, en Liniers, o las basílicas de Nuestra Señora de Luján y de Nuestra Señora de Itatí, en Corrientes.
Otros definen su pertenencia a la Iglesia Católica como la consecuencia natural de una experiencia amorosa que llena de sentido su vida, y de alegría el corazón. "Ser católico significa que tenemos un padre que es puro amor y que, a través de Jesucristo resucitado y su Espíritu Santo, actúa en mi vida por intermedio de las circunstancias que me tocan y que afronto con absoluta confianza porque, sean buenas o me hagan sufrir, estoy seguro de que son para mi bien", explicó Federico Dumas, consultor de empresas.
Más religiosos, menos católicos
Según mediciones cuantitativas aplicadas a la realidad argentina por la agencia internacional de investigación Gallup, se constata que en los últimos años ha habido un crecimiento en el número de personas que dicen ser "religiosas" y una reducción de los que declaran pertenecer a la Iglesia católica.
"Se registra una privatización de la fe y una desinstitucionalización de la Iglesia", dijo el padre Rafael Braum, ex director de la revista Criterio, en el diálogo con el rabino Sergio Bergman sobre "Dios fuera de los templos", que hace poco mantuvieron en el Centro Cultural Borges. Braum atribuyó ese proceso a "la falta de ejemplaridad en la conducta de los pastores". Especificó que se refería a los casos resonantes en los que están involucrados algunos prelados y que no reflejan todo lo que pasa porque, afirmó, “no todo lo que ocurre se publica”. Braum también describió la existencia de “un clericalismo expulsor de la participación de los laicos”.
Los datos más recientes que maneja la Iglesia son de 2001 y están registrados en un informe del equipo de Sociología de la Universidad Católica Argentina (UCA) sobre una encuesta de Gallup de 1234 casos a nivel nacional. De allí se desprende que los argentinos que se declaraban católicos ese año eran el 84% de la población. Entre ellos, el 28% dijo que no asistía nunca a una iglesia o templo; el 44% admitió que no recibía formación religiosa desde la niñez y el 66% afirmó que desconocía la parroquia que le corresponde por su zona de residencia.
“Ha aumentado la cantidad de católicos que se animan a decir públicamente que no se sienten tales”, dijo el sociólogo Hilario Wynarczyk, investigador de los movimientos evangélicos y profesor de la Universidad Nacional General San Martín. Wynarczyk constató que lo que perdió el catolicismo lo ganaron las iglesias evangélicas: en los últimos años, su número de fieles creció entre un 10 y un 13 por ciento.
Olvidados del bautismo
“Muchos católicos han sepultado el bautismo bajo una capa de olvido e indiferencia, de ignorancia religiosa, en la distracción y el descuido”, comentó el subsecretario del Consejo para los Laicos de la Santa Sede, Guzmán Carriquiry Lecour. Guzmán Carriquiry, el laico con mayor poder en Vaticano, consideró que “se cae en el ritualismo –lo religioso reducido a episódicos y a veces esporádicos gestos rituales y devocionales– y en el espiritualismo –el cristianismo evaporado en un vago sentimiento religioso, en el moralismo– y, con esto, la fe en Cristo salvador queda reducida a ciertas reglas y comportamientos morales”.
En esos casos, dijo Carriquiry “la fe católica no es concebida ni experimentada como acontecimiento de un encuentro sorprendente y fascinante con Cristo, que abraza y convierte toda la vida del bautizado. Falta una «apropiación personal» del anuncio evangélico de modo que la fe crezca y sea cada vez más la experiencia y el significado totalizador de la existencia”.
La preocupación para que los mismos que se dicen católicos profundicen en su experiencia de fe se encuentra también en el Papa. En su primera y reciente encíclica, Deus et caritas (Dios es amor), Benedicto XVI supera las opiniones personales para definir, como voz autorizada de la Iglesia, que “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o por una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una persona, que da nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”.
“Renuncio a una mujer, no a amar”
Gustavo Borelli, seminarista
Gustavo Borelli es porteño, tiene 29 años y en 2008 será cura, es decir, recibirá el sacramento que lo convertirá en “sacerdote de Cristo para siempre”. Voluntariamente acepta no casarse, no tener hijos y vivir al servicio de la Iglesia. Dice que lo hace “por amor” y que, después de seis años de estudiar y vivir en el seminario de Villa Devoto, está “feliz por el estilo de vida que le propone el sacerdocio” y se siente “unificado y en paz”.
Borelli hizo la primaria y la secundaria en un colegio privado no confesional y quería ser ingeniero agrónomo. Por eso cursó el Ciclo Básico Común en la UBA y los dos primeros años de esa carrera. Pero la dejó y entró en el seminario para seguir lo que considera “un llamado de amor de Jesús”, que es, para él, “la clave de interpretación de toda la realidad”. De hecho, contó, “todos los planteos que me van surgiendo encuentran en El una palabra, una respuesta que me deja en paz”.
Las dos preguntas que con mayor frecuencia le hacen es cómo vive el celibato –la promesa de no casarse y vivir la virginidad– y si no es una frustración el no tener hijos. “Es comprensible que los que no son llamados a seguir a Jesús no entiendan estas cosas”, dice, y después de unos minutos explica: “Experimento un llamado amoroso de Jesús que hace que todo lo que realice parta de ahí. Por ejemplo, cuando rezo no lo hago como un gesto puramente racional, sino como un encuentro de amor. Entonces, en cuanto al celibato, yo renuncio a tener una mujer –esto es objetivo–, pero no renuncio a amar”.
En cuanto a la paternidad, responde: “Vivo como algo muy fuerte mi entrega a Dios y a los demás, y en esto encuentro una plenitud. No estoy igualando esta experiencia con tener hijos naturales, pero digo que hay cierta paternidad en el cuidar y ayudar a crecer a otros”.
¿Cómo influyen en su opción los casos escandalosos en los que se ven involucrados sacerdotes? “La primera impresión influye negativamente; uno reconoce la verdad con dolor, pero no por eso deja de confiar y seguir adelante. Después, lo que permanece es la experiencia diaria que hago con sacerdotes honestos, trabajadores y que viven su sacerdocio buscando la fidelidad.” El futuro sacerdote recordó que en el barrio en el que se crió, Barracas, “es fácil acceder a ambientes cristianos” y que esto facilitó su acercamiento a la Iglesia, porque tuvo una muy buena experiencia humana “con las personas que conocí en la parroquia”.
Para Gustavo Borelli, ser católico es hacer día a día “una experiencia de Jesús”, y esto es lo que siempre hace que vuelva a elegirlo.
“Es difícil hablar de Dios”
Matías Calivar, universitario
Matías Calivar, estudiante de tercer año de Ingeniería en la UBA, dice que en general el ambiente universitario “es reacio a lo religioso. Están todos enfrascados en la vorágine de aprobar las materias, rendir y hacer los trabajos prácticos, y esto genera una coraza”, reflexiona.
Pero para Matías, de 25 años, lo que pasa en la facultad no son sólo problemas, sino “ocasiones que forjan” su persona. “Sobre todo en la UBA, donde hay tantos alumnos y dificultades de organización. En la facultad constato, a través de mi participación en las actividades de Pastoral Universitaria, que la coraza que tienen muchos de mis compañeros es aparente: con el tiempo se disuelve y quieren que se les hable de Dios. Buscan tomar la vida de otra forma porque intentan saber un poco más, pero en un momento se dan cuenta de que lo que estudian no les cierra en el día a día.”
Frecuentemente, Matías da a sus compañeros explicaciones sobre las sugerencias morales de la Iglesia. Cuenta que les responde que él aprendió a valorar el amor, las personas y su cuerpo. “Cuando se habla de lo sexual, generalmente se alude sólo a lo placentero, y, si no se lo practica, se afirma que uno se está reprimiendo. Para mí no es así. Yo me pregunto: ¿no será que estoy usando al otro sólo para una búsqueda de placer personal?”, dice a LNR, y asegura que puede mantenerse en esa posición porque está seguro de lo que cree y conoce las razones que da la Iglesia para hacer sus propuestas. “Muchos de los que dicen que no entienden, nunca preguntaron los porqués. En mi experiencia, las cuentas me cierran si valoro al otro y no lo uso. Esto me hace tomar conciencia de que el sexo es un regalo muy lindo de Dios.”
“No es algo mágico”
Federico Dumas, empresario
“Me produce felicidad saber que estoy cobijado y guiado por Dios padre. El cambio fundamental que hice en mi vida de fe fue pasar de vivir el catolicismo como formalismo a hacerlo por convicción”, cuenta Federico Dumas, consultor en temas de petroquímica y capacitación industrial, padre de seis hijos y abuelo de nueve nietos. Dumas promueve la visita de 700 imágenes de la Virgen de Schoenstatt en empresas del microcentro porteño. Tiene en su oficina un pequeño santuario, y allí recibió a LNR. ¿El ambiente empresarial ayuda a vivir el catolicismo? Dumas responde sin dudar: “Es muy difícil porque se mide el resultado del balance y muchas veces no se es humano en el trato con la gente. En cambio, nuestra responsabilidad como dirigentes de empresas es ayudar a las personas a crecer en su integridad. Por supuesto que hay que tener en cuenta que la rentabilidad es necesaria, pero la parte humana es tanto o más importante”.
Para él hay muchos católicos que disocian a Dios de su actividad de trabajo. “Pero uno es bautizado no para los domingos, sino para todos los días de la semana y las 24 horas del día”, dice, y cuenta: “Yo mismo vivía un catolicismo formal, es decir, sólo el cumplimiento de las normas, porque me había formado en esto”.
El empresario pasó del formalismo a la convicción a través de experiencias difíciles. Una de ellas fue una situación de quiebra de una empresa de la que era socio. “Me costó mucho esfuerzo salir de esa situación; teníamos cinco hijos. Pero no es mirar para arriba con los brazos caídos y que Dios haga todo. Me gusta repetir: Nada sin Ti, nada sin nosotros. Dios pone su parte y nosotros la nuestra. No es algo mágico”.
“Los católicos somos normales”
Gabriela Murray y Enrique Manso, matrimonio con tres hijos
“Hoy, para el común de la gente, ser católico es ser un retrógrado, gente que se quedó en la Edad Media aferrándose a un dogma con conformismo. Como las chicas lindas tienen que demostrar que también son inteligentes, los católicos todo el tiempo tenemos que demostrar que somos normales y vivimos en el mismo mundo. No somos una rubia tonta”, dijo Enrique Manso, casado desde hace 15 años con Gabriela Murray, a quien conoció en 1987 en un curso de formación como catequistas.
Gabriela y Enrique son padres de Juan, Pablo y María, de 13, 10 y 4 años respectivamente. El es arquitecto, tiene 46 años, pero no da clases de catecismo. “Aunque a veces me sorprendo, sin proponérmelo, explicando a otros, en mi trabajo, lo mismo que se enseña en la Iglesia”, dijo. Ella sí es catequista, y colabora con la Vicaría de Niños del arzobispado porteño. Pero sus hijos no van a un colegio católico. “Temo que conozcan mal a Dios”, aclara Enrique, y agrega: “Conocí a muchos que estudiaron en colegios católicos y cuando llegaron a la adolescencia perdieron la fe. Hace más daño a la gente pensar que conocen a Dios cuando lo conocen mal que no conocerlo”.
Los Manso son “una familia católica” pero, aclaran, “el compromiso con la realidad al que lleva el conocer a Dios es personal y no familiar”. De hecho, explican, dialogan mucho con los chicos, que quieren saber por qué van a misa, a algunas reuniones o están siempre organizando cosas.
Si bien creen que la unión matrimonial es indisoluble, saben que también ellos corren el riesgo de separarse. “Hay tentaciones… pero mi certeza está en que Dios no se equivocó al elegir a Gabriela como mi esposa y su decisión es definitiva. A veces uno se olvida de esto pero, aun cuando estoy enojado y la quiero matar, nunca pienso que me equivoqué al casarme con ella.”
Ambos coinciden en que ser católicos es reconocer que Dios existe y da la vida sin mérito del hombre. Para Enrique, su relación con ese Dios estuvo marcada por decisiones dramáticas: “Crecí en un modelo de familia católica que se rompió. Mis padres se separaron y yo debí decidir qué hacía. Como Woody Allen, buscaba sin descanso el sentido de todo y opté por comprometerme en serio y probar si esto que tenía a mi alcance, el cristianismo, me servía”. Su esposa comenta: “Mientras que para Enrique la fe es una historia más de dar y pedir, para mí es una historia de amor y libertad con Cristo. Sintiendo el perfume de Jesús en todas las cosas, lo sigo en ellas”.





