Ser musulmán en Nueva York

Tras el atentado del 11 de septiembre último, las 600 mil personas de fe islámica viven allí, entre el resquemor y la xenofobia. Aunque también reciben el afecto y la solidaridad de muchos
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2 de diciembre de 2001  

Desde los ataques terroristas contra el World Trade Center, los 600.000 musulmanes de la ciudad de Nueva York han sentido la frustración y la furia de sus conciudadanos neoyorquinos. En el centro de Manhattan, un hombre señaló la columna de humo que todavía se elevaba de los escombros y le dijo a un vendedor paquistaní: "Mira lo que han hecho tus parientes". En Central Park, la gente apedreaba a los taxistas de piel oscura. En un autobús, en Brooklyn, un grupo de adolescentes arrancó el pañuelo con el que una joven yemenita se cubría la cabeza.

Pero también la solidaridad se hizo presente, aunque la crueldad comenzó apenas producido el ataque. En Greenwich Village, varios artistas limpiaron las pintadas racistas del frente de una mezquita. Cerca de Times Square, unos obreros de la construcción salieron en defensa de un afgano que vendía café y rosquillas. Y en la escuela islámica más grande de la ciudad, el director recibió llamadas de los líderes judíos, que le ofrecían su ayuda.

Muchos musulmanes neoyorquinos denunciaron abusos verbales, hostilidad y un sentimiento general de incomodidad desde el 11 de septiembre. Pero no sufrieron lo peor de esa violencia que ha causado varios crímenes de origen racial en otras partes de Estados Unidos. "A pesar de que los atentados terroristas se perpetraron aquí, prefiero estar en Nueva York antes que en cualquier otra parte del país -dice Harun Moghul, de 21 años, presidente de la Asociación de Estudiantes Musulmanes de la Universidad de Nueva York-. Esta ciudad siempre ha sido más tolerante."

Los ataques dificultaron aún más el ya complejo proceso de asimilación a la cultura norteamericana, y plantearon nuevas cuestiones de identidad y lealtad. "¿Soy norteamericano o soy musulmán? -pregunta Moghul-. Y ahora que ha ocurrido esto, ¿cuánto más tendré que esforzarme para ser las dos cosas al mismo tiempo?" En los días siguientes al ataque, Moghul, que creció en Paquistán, de padres indios y paquistaníes, fue entrevistado por varios medios, incluso la CNN.

Fatemah Elnasharty llegó de Egipto en 1971, y crió dos hijas en Queens. Elnasharty dice que los acontecimientos del 11 de septiembre fueron devastadores para la comunidad musulmana, en general, y para su familia, en particular. "Mis dos hijas son altas y delgadas -agrega-. Siempre las llamé las Torres Gemelas. Sabe, esos edificios no eran tan sólo parte del horizonte de la ciudad, eran parte de mí. Trabajé allí una vez. No puedo creer que los musulmanes hayan hecho esto... He agotado mis lágrimas."

Los domingos, Elnasharty lleva a sus hijas al Centro Cultural Islámico de Nueva York para asistir a reuniones educativas y sociales. Situado en el acomodado Upper East Side de Manhattan, el Centro Cultural Islámico es la mezquita más extravagante de la ciudad. El gobierno de Kuwait aportó dos tercios de los 17 millones de dólares que costó el edificio, y otras naciones islámicas aportaron el resto.

Algunos diplomáticos del cercano edificio de la ONU se cuentan entre los 4000 musulmanes que asisten a las masivas plegarias de los viernes. El edificio está ingeniosamente torcido con respecto a la cuadrícula de Manhattan, para que los feligreses puedan orar en dirección a La Meca.

En una fresca tarde de otoño, un letrero electrónico transmite mensajes a los peatones: Quien derrama sangre inocente será arrojado por Alá a las llamas del infierno, dice uno de ellos. El imán Omar Abu-Namus, un palestino amable, dice que esa clase de mensaje es sólo una de las técnicas que ha usado la mezquita, desde el atentado, para comunicarse con el público no musulmán y estimular una mejor comprensión del islam. También han invitado a muchos no musulmanes a visitar la mezquita. "Viene mucha gente curiosa -dice Abu-Namus-. Quieren saber más sobre nosotros. Si hablamos más, podremos unirnos. Hasta los sucesos más terribles pueden tener también consecuencias positivas." Desde los ataques, todos los imanes de Nueva York han bajado el tono de sus sermones, que solían ser diatribas incendiarias contra la promiscuidad, los films, la política exterior y los medios norteamericanos, calificados de antimusulmanes. Ahora se insta a los fieles a la prudencia en el vínculo con otros norteamericanos. "No debemos criticar las costumbres cristianas, salvo amablemente, aunque no nos gusten."

Después del sermón y de la lección de árabe, niños y mujeres pueden retirarse al patio, donde se sirve la comida. Muchas mujeres dicen no estar convencidas de que Osama ben Laden o cualquier otro musulmán haya sido responsable de los ataques. "Ben Laden es tan inocente como usted o yo, hasta que se demuestre lo contrario", dice Mahmuda Uddin, una estudiante de Bangladesh. Y una mujer llamada Tara, de la India, dice que cree que los ataques fueron planeados por Israel, con la asistencia de la CIA. "Dígame quién sale ganando con este descrédito de los musulmanes", acota.

Del otro lado del East River, en una calle arbolada del acomodado distrito de Brooklyn Heights, un policía está apostado frente a una fila de casas que han sido convertidas en una mezquita. Como todas las mezquitas de Nueva York desde el 11 de septiembre, el Instituto del Islam está protegido las 24 horas por agentes policiales.

Todos los viernes a la tarde, cientos de hombres acuden a rezar, y a las 13.30 los tres pisos están llenos. Los fieles despliegan sus alfombras de oración en la vereda, mientras mujeres de clase media, empujando cochecitos de bebe, esquivan la jungla de pies. La voz amplificada del imán censura a los terroristas: "Se dicen musulmanes, pero, ¿qué clase de musulmán atacaría a personas inocentes? Son demonios".

Después de la plegaria, Ahmad Jaber, un médico nacido en Palestina, se reúne con otros cinco hombres para discutir el video exhibido por la CNN, que mostraba a los palestinos celebrando tras el atentado al World Trade Center. Repiten el rumor de que el video fue falsificado para aumentar la tendencia antipalestina de los norteamericanos. "Escuché en la televisión a alguien que decía que los musulmanes odian a los norteamericanos por su estilo de vida -dice Jaber-. No es verdad. ¿Quién podría odiar la libertad, la prosperidad y los derechos civiles? Si la gente del mundo musulmán odia a los Estados Unidos es porque cada día sufren el aguijón de su política exterior."

Su coterráneo Khaled Husein asiente, agregando: "Si alguien decide ser el policía del mundo, tiene que ser un buen policía".

Educación islámica

Como cualquier otra adolescente, Khadija Algamoos experimenta emociones conflictivas respecto de casi todas las cosas. Es, por turnos, justa y confusa, agradecida y resentida. Algamoos nació en los Estados Unidos, como la mayoría de los estudiantes de la escuela islámica Al Noor, pero vive al margen del estilo americano porque así lo quieren sus padres, inmigrantes yemenitas. En Al Noor, una escuela religiosa privada, está protegida del secularismo norteamericano y aislada de la cultura juvenil. Habla con acento de Brooklyn, "pero no me visto como las chicas norteamericanas -dice-. También mi religión es distinta, y pienso distinto de lo que ocurre en el mundo". Durante el día de clase en Al Noor, las chicas están separadas de los varones, y deben usar pañuelo para cubrirse la cabeza y vestidos largos.

Dos semanas después del ataque al World Trade Center, una banda de adolescentes atacó a Algamoos mientras viajaba en autobús con una amiga. "Nos arrancaron los pañuelos -cuenta- y nos tiraban del cabello, llamándonos terroristas. ¿Cómo podían decirnos eso a nosotras, que no habíamos hecho nada?" El director de la escuela, Nidal Abuasi, informó que se han registrado varios incidentes de poca importancia. Pintaron graffiti sobre la puerta de la casa de una maestra, y un padre fue maltratado a la entrada de la escuela. Una familia informó que arrojaron trozos de cerdo crudo en su jardín.

"Esto ha sacado a la luz lo mejor y lo peor de la gente -dice Abuasi-. Pero en general, la gente ha sido muy amable. Hemos recibido llamadas de apoyo de políticos y líderes de todas las religiones." Entre ellas, la del director de un hospital judío en el que varios estudiantes de Al Noor realizan un programa de experiencia de trabajo. El director, según Abuasi, dijo que apreciaba la escuela y a sus estudiantes, y se ofreció para ayudarlos en lo posible.

Aunque casi todos los estudiantes de la escuela nacieron en Estados Unidos, un 60% de los padres procede del mundo árabe, especialmente de Egipto, Palestina, Yemen, Siria y Líbano. El otro 40% viene de la India. "Es un momento muy difícil para todos los alumnos y sus familias -agrega Abuasi-. Ha sido un gran golpe. El país está herido por los terroristas y la gente busca culpables. No entienden que el terrorismo ocurre cada día en nuestros países, porque Estados Unidos apoya a gobiernos represores.

"Les digo a los niños que tengan fe en la democracia norteamericana. Vinimos aquí escapando de la represión, y aquí me siento más libre que en cualquier lugar del mundo árabe musulmán. Pero no podemos pasar por alto la política exterior. Les digo a los chicos que un patriota norteamericano no es alguien que debe apoyar ciegamente esas políticas. El hecho de plantear preguntas y decir lo que uno piensa no nos hace menos norteamericanos."

Afroamericanos

A pesar de que el foco está puesto hoy en los inmigrantes musulmanes, casi la mitad de los musulmanes de Estados Unidos es afroamericano, muchos de ellos convertidos al islamismo en la madurez. Descendientes de esclavos, consiguieron derechos en la época de los derechos civiles, y en general, se sienten más cómodos cuando hablan de temas religiosos o se quejan por injusticias. "Estados Unidos está repleto de mecanismos engañosos", dice Mohamed Abdul Malik dirigiéndose a un grupo de estudiantes de la Universidad de Nueva York. Residente de Brooklyn, con 34 años, Abdul Malik fue educado como católico. Ya adulto se convirtió al islamismo, al que describe afectuosamente como "una religión de protesta". Ahora busca conversos en prisiones, universidades y sindicatos, predicando con el estilo entusiasta que suele asociarse con los cristianos evangélicos negros. "Los poderes coloniales les han robado a los musulmanes su oro, su petróleo, su humanidad, su cultura y su dignidad -dice Abdul Malik, golpeando la mesa con énfasis-. No es raro que otros puedan manipularlos e inducirlos al terrorismo."

En sus prédicas, Abdul Malik suele poner en juego el tema del racismo, sabiendo que así conquistará al público, ya sean afro-americanos o recientes inmigrantes de Medio Oriente.

Al igual que Abdul Malik, Wahidah Abdul Muhammad, de 55 años, también se convirtió al islamismo en la madurez. Su padre y su abuelo eran pastores cristianos afroamericanos. "Crecí en un ambiente muy religioso, pero siempre busqué la verdad. Los musulmanes decían cosas que me gustaban, y entonces, cuando escuché por primera vez el llamado a oración, fue como si Dios entrara directamente en mi corazón."

Abdul-Muhammad trabaja como asistente médica, y vive en un suburbio de clase media de Brentwood, con sus tres hijos adoptivos. Recientemente invitó a otras dos mujeres musulmanas y a sus hijos a vivir con ella.

Abdul-Muhammad y sus hermanas adoptivas educan a sus hijos en la casa. "Tratamos de hacer todas las semanas una excursión educativa a algún museo o al planetario. Pero desde el desastre del atentado ya casi no salimos."

Musulmanes a la moda

De padres iraníes y cubanos, pero educado en Nueva York, Fabian Alsultany dice que se siente "dividido entre lo tradicional y lo nuevo". Músico, productor y DJ, Alsultany tiene una vida moderna. "Me siento como en casa bailando en las discotecas. Pero todo el mundo me mira cuando entro en la mezquita: es obvio que tengo un estilo rockanroll." Alsultany dice que sus padres le dieron plena libertad en su juventud. "Crecí mirando MTV. Me dejaban salir cuando quería, pero mi hermana tenía que quedarse en casa."

Viaja frecuentemente por negocios a Beirut, París y Los Angeles. Durante el Ramadán, interrumpe su rutina. "Dejo de beber, de fumar y de comer durante el día."

Desde el 11 de septiembre, Alsultany sólo ha advertido "algunas miradas de desconfianza". Su vida ha cambiado. "Es como si la ciudad hubiera recibido un puñetazo en el estómago. Nadie sale, nadie firma contratos, todo el mundo mira las noticias esperando ver qué pasa."

Afganos en Broadway

El taxista Samiulla Samy Zaman dice que no le preocupa que puedan confundirlo con un terrorista. "Como muchos afganos, tengo la piel clara", dice mientras sorbe té en Kebab House, el restaurante afgano más antiguo de Nueva York. Agrega que lo que lo preocupa es ganarse la vida. "Desde los ataques, el negocio de los taxis está terrible. El otro día, gané sólo 32 dólares en todo la jornada. Tengo una familia que mantener, y todavía le mando a mi madre 300 dólares mensuales."

Zaman nació en Kabul y vive en Nueva York desde los 14 años, en el barrio de Flushing, en Queens, con su esposa e hijos. Tras acabar su té, Zaman se sube a su taxi y va hasta la esquina de Broadway y 43, donde su amigo Bashir Saleh vende café y rosquillas en un puesto ambulante. "El 90 por ciento de los vendedores de café y rosquillas de Nueva York es afgano", dice Zaman mientras le estrecha la mano a su amigo. Saleh y ocho familiares vinieron a Nueva York desde Kabul en 1979, tras la invasión soviética. "La gente se esfuerza por demostrarme su apoyo -dice Saleh-, por hacerme saber que nadie me culpa por lo sucedido."

Una plegaria por la paz

Después de la oración del viernes, unos 200 árabes americanos hicieron una marcha de oración en el barrio Bay Ridge, de Brooklyn. Fueron caminando desde la mezquita hasta un parque cercano. Cuando pasaron ante una iglesia luterana, dos hombres blancos salieron blandiendo bates de béisbol y con aspecto amenazante. Los tres policías que escoltaban a los manifestantes ignoraron cuidadosamente a los bateadores.

Cuando llegaron a las canchas de basquet del parque, los líderes religiosos locales condujeron la oración trepados a la caja de un camión. También pronunciaron discursos algunos representantes del gobierno de la ciudad y del departamento de policía, que manifestaron su apoyo a la comunidad musulmana de Nueva York. Dos conductores que pasaban por allí profirieron insultos antimusulmanes, pero la mayoría de los transeúntes observó el acto en silencio.

Cerca de la improvisada tarima de los oradores, la pequeña Hibah Ali, de 9 años, posaba para las fotos sosteniendo un cartel donde podía leerse: ¡No al Pogrom! La niña, alumna de la escuela Al Noor, se dirigió a quien tenía al lado y le preguntó: "¿Qué quiere decir esta palabra, Pogrom?"

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