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Cuando Violeta ingresa en el comedor (una flor amarillo Simpson en el pelo, anteojos negros muy Victoria Ocampo, vestidito breve con la figura estampada de David Bowie como Ziggy Stardust) la multitud enmudece. Nadie ha querido perderse el relato erótico con el que procurará ir más allá de los límites que estableció Dana con su relato de un encuentro de sexo casual en la penumbra de un cine.
Sold out
, se escucha una carcajada. Violeta disfruta el momento: abre una caja de comida china con lentitud y come un bocado de pollo con almendras, toma un sorbo de agua mineral, mira a la audiencia expectante. Apaguemos los celulares, sugiere una voz del fondo. Violeta comienza el relato diciendo un amigo, y entonces un murmullo de incredulidad trepa en el aire. Un amigo entró en un cine hace muchos años. No recuerdo los detalles (me contó esta historia en medio de una noche en la que bebimos mucho), pero sí cómo se encadenaron los hechos. Julio (llamémoslo Julio, el mundo de la publicidad es pequeño) estaba en su butaca, y un poco antes del comienzo de la película miró a un costado y una chica le sonrió. Una mujer algo mayor, quizá en los bordes de los 40 años, me dijo, nada fea. Un momento después la mano de ella comenzó a rozar la de él, comenzaron a explorar sus cuerpos, digámoslo así, se besaron como animales, indiferentes a la mirada de los otros, se entregaron al placer infinito de saber que eran protagonistas de una escena prohibida. Ella era muy activa, tenía una actitud (estaba en celo, movía las manos de un modo salvaje y sin pudor) que siempre está reservada a los hombres. Cualquier hubiera dicho que era una puta. Cuando terminó la película se miraron a los ojos: estaban en llamas. Quiero llevarte a mi departamento, dijo Julio, no había lugar para demasiados matices. Ella le dijo sí, pero antes quería tomar un café. Julio se levantó, comenzó a ganar el pasillo, y cuando se dio vuelta la mujer estaba parándose con dificultad apoyándose una muleta: tenía una imperfección en una pierna que la hacía renquear de un modo muy visible, producto de un accidente de auto. Julio se sorprendió, fue a su encuentro y la acompañó durante el largo momento que tardaron en alcanzar la calle. Quería que la viese tal como era, fuera de la oscuridad de la sala. Cogieron esa misma tarde, y Julio nunca se arrepintió. Es uno de los polvos que mejor recuerdo a lo largo de toda mi vida, me contó. Se vieron durante varios meses, y una noche él le dijo que quería ver una película en su casa, pero con una sola condición: debían verla desnudos en la cama. Entonces vieron
Regreso sin gloria
, una película con Jane Fonda y Jon Voight en la que el muchacho volvía de la guerra de Vietnam en una silla de ruedas. En un momento de la historia, los dos personajes se encuentran en la cama y tienen una relación sexual, ella montada sobre él, en la que es una de las encamadas más conmovedoras de la historia del cine. Julio y su compañera hicieron el amor en ese mismo momento, como si fuesen un reflejo de la pantalla, y cuando estaban llegando al clímax ella se puso a llorar, feliz y desesperada porque no sabía si alguna vez iba a vivir algo parecido: nunca antes (nunca después, quizá) sintió que la habían amado con tanta generosidad, que la habían deseado con tanta locura.
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