
Shylock, un marginal
Esta semana, en el Teatro General San Martín, se presentan las últimas funciones de El mercader de Venecia, según la versión del georgiano Robert Sturua, titulada con el nombre del personaje más intenso ( Shylock ), que interpreta aquí Roberto Carnaghi. En estas páginas, otro dramaturgo reflexiona sobre el contradictorio personaje y acerca de quien lo creó, en 1594: William Shakespeare
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En dos obras ubicadas en Venecia se ve la pasión que sentía Shakespeare por los personajes marginales. Uno es Otelo, un negro que muere después de robar una muchacha del establishment, y el otro Shylock, un mercader que queda peor que muerto, después de enfrentar a un mercader del establishment. Los dos, a su modo, son inmigrantes. El último, con tintes discepolianos.
La historia es fantástica. Bassanio, un joven seductor y libertino, pide dinero a Antonio para conquistar a Porcia, una rica heredera. Antonio, un extraño caballero, solitario y melancólico, que siente debilidad por su amigo, le informa que tiene todo su capital puesto en mercaderías que surcan los mares, pero que si encuentra una manera de conseguir dinero él saldrá de garante para hacerlo feliz. Nada lerdo, y poco escrupuloso, en verdad, Bassanio recurre a un tal Shylock, un judío prestamista. Uno podría preguntarse si debía recurrir a esto para conquistar a una mujer. ¿Por qué no pedir plata a otros caballeros de la república veneciana? Es posible que un libertino tuviera ya poco crédito y que el ansia de una mujer lo apremiara. A fin de cuentas Bassanio, aunque no se dice, en juergas con mujeres debe de haber disipado su fortuna.
Antonio se encuentra con Shylock. Este es uno de los enfrentamientos de la obra. Los dos representan dos sectores de una sociedad que en el Renacimiento se estaba resquebrajando y modificando. Uno es Antonio, miembro de una de las familias patricias ricas de siempre, que comercia con moderación y odia la usura, y el otro es Shylock, que ha hecho su fortuna con su sagacidad y su dureza, y tiene un pie en la tierra y otro en el aire. Shylock envidia el refinamiento de Antonio y lo odia porque presta plata sin interés; Antonio ignora a Shylock; cuando lo ve lo escupe y lo patea como a un perro. La situación se complica porque Shakespeare revela a uno como cristiano y al otro como judío. Más adelante en el tiempo, los dos hubieran podido ser cristianos. Y hoy condenamos la usura excesiva , sin importarnos si tiene una raíz cristiana, mahometana o judía. En realidad, hoy nos preocupa que la ejerzan bancos, empresas privatizadas y tarjetas de crédito sin identidad ni patria.
Pero en 1594, año en que escribió la obra en Londres, Shakespeare puso que uno era cristiano y el otro judío, hecho que más que informarnos sobre la fe religiosa del autor nos habla de las circunstancias que motivaron la obra. En esa época, El judío de Malta , de su colega Christopher Marlowe, era un éxito, y el médico de origen portugués, el converso Rodrigo López, había sido ajusticiado por un intento de envenenar a la reina que nunca fue comprobado.
Shylock, en un arranque que ha sido desmenuzado por los estudiosos de Shakespeare durante cuatro siglos, decide prestarle plata a Antonio sin interés y con una graciosa condición: si no paga en término, le extraerá una libra de carne del lugar del cuerpo que más le plazca. ¿Está mostrando que puede ser desinteresado como el noble patricio? ¿O esconde una maldad insospechada? Las posiciones están empatadas. Antonio, sumergido en su particular confusión de sentimientos, dice que firma lo que sea. Bassanio ve lo turbio del acuerdo, pero necesita la plata rápido. Lo acucia la conquista de la rica Porcia. Y deja a su amigo a merced del prestamista.
Aquí empieza otra obra. Bassanio va a ver a la rica heredera con otro libertino peor que él: Graziano, a quien define como "demasiado petulante, demasiado brusco y totalmente altanero", y que, para tranquilizar a Bassanio, le dice que ha estudiado "la forma de darse un aspecto austero para agradar hasta a la abuela". ¿Y quién es esta Porcia? El padre no parece haberle tenido mucha confianza para elegirse un marido. Por eso, antes de irse de este mundo, idea un complicado juego de cofrecitos de oro, plata y plomo, que los candidatos a quedarse con su hija y su fortuna deben sortear con éxito. Los importantes príncipes que llegan de todo el mundo fracasan; Porcia, que ya tiene su corazoncito con el seductor Bassanio, lo ayuda un poquito y éste gana. Ella lo ama tanto que lo acepta igual cuando Bassanio le informa que ha perdido toda su fortuna divirtiéndose y necesita plata para salvar a su amigo Antonio. Porcia ofrece para eso toda su fortuna, y ahí intuimos qué va a pasar con ésta con el tiempo, aunque la obra no lo muestra, ya que tiene un final feliz. Como decía Schopenhauer, que algo sabía, en la comedia el telón debe bajar rápido porque si no vemos cómo siguen las historias y no nos reímos más.
¿Qué historia quiere escribir Shakespeare? Hay una, la del libertino Bassanio que seduce a hombres y mujeres para conseguir plata y divertirse. Hay otra, la del melancólico y femenino Antonio, que como el Shakespeare de los sonetos, escritos por esa misma época, quiere que su amigo sea feliz con una mujer, ya que no lo puede ser con él. Y hay una más, la del implacable Shylock oprimiendo al noble Antonio, que no puede pagarle porque sus barcos naufragan. Elige esta última, porque es la que le pidieron o porque su olfato le decía que era la que iba a tener éxito. Comprime y ordena todo para que sirva a este fin, aunque quedan cabos sueltos por todos lados, lo que hace al particular atractivo de la pieza.
Ante el Dux, basándose en las leyes de Venecia, Shylock exige su libra de carne. Está enloquecido; su hija Jessica lo ha abandonado para casarse con un cristiano amigo de Bassanio. Lorenzo, así se llama este noble, cree que ha encontrado a la esposa perfecta, porque antes de irse con él le dice que volverá a casa de su padre a robarle un poco más. Antonio está entregado. La locura impide a Shylock razonar, y por eso no acepta las abultadas sumas que le ofrecen para que desista. Pero Porcia, que llega disfrazada de hombre, de sagaz abogado, le demuestra que puede llevarse la libra de carne, pero que no tiene que derramar una sola gota de sangre. Shylock, un observante de la ley, acata sin discutir y pide clemencia. Simplificando, pierde su fortuna y debe convertirse. Las dos parejas, Porcia-Bassanio y Lorenzo-Jessica, se casan y son muy felices. Antonio y Shylock continuarán con sus soledades; uno con su libra de carne, el otro con el escarnio de todos. Graziano dice que si por él fuera ahorcaría al judío. No le hacen caso, pero lo escuchamos. Al final nos enteramos de que como por arte de magia los barcos de Antonio llegaron sanos y salvos.
El judío Shylock
Con un instinto fuera de lo común, Shakespeare olió en Shylock un gran personaje. Y podemos imaginarnos a la audiencia de su época conteniendo la respiración, al ver entrar al implacable prestamista vestido con su típica gabardina de judío. Alguien que de sólo verlo, ya inspiraba antipatía, horror. Un personaje que respondía al mito del judío, ese pueblo que no había reconocido en Jesús a el ungido y por lo tanto debía errar por el mundo. Hoy ya no se puede hacer este personaje así, y espero que no se haga más sobre los escenarios porque ha hecho mucho mal. Por concebirlo de esa manera, como un demonio, Shakespeare es un antisemita. Pero lo traiciona su inconsciente: como es un hombre ético aborrece la violencia, la venganza, la arbitrariedad, y su cristianismo lo lleva justamente a ver detrás del judío al ser humano que es él, su padre. El resultado es un personaje que no es un malvado diabólico, como el de El judío de Malta, de Marlowe, y tampoco un héroe, víctima de las circunstancias. La obra, así, es antisemita y no es antisemita. Shylock es un antihéroe, un personaje aislado que rumia su dolor en la soledad de su casa, donde ama a su hija que lo traicionará, harta de este conflicto milenario que no le interesa y no quiere asumir. Como los protagonistas de nuestro gran Armando Discépolo, esos inmigrantes avaros y desconfiados que vomitaban su dolor en interminables monólogos, Shylock vive una vida que por donde se la mire no se puede disfrutar. Eso queda para un Bassanio, que temía con justa razón el padre de Porcia, porque es el que va a dilapidar su fortuna. Por estas vacilaciones, indecisiones y confusiones, El mercader de Venecia es una obra inmensa e imperecedera.
Los estudiosos señalan que cuando Shylock nos abre su corazón, y estamos por enternecernos, enseguida su autor le hace decir una brutalidad que nos distancia. Así procede Shakespeare. Por ejemplo, cuando dice el famoso monólogo: "Soy un judío. ¿No tiene un judío ojos? ¿No tiene un judío manos, órganos, proporciones, sentidos, afectos, pasiones? ¿No está alimentado por la misma comida, herido por las mismas armas, sujeto a las mismas enfermedades, curado por los mismos medios, calentado y enfriado por el mismo verano y por el mismo invierno que un cristiano? ¿Si nos pinchan, no sangramos? ¿Si nos hacen cosquillas, no nos reímos? ¿Si nos envenenan, no nos morimos? ¿Si nos hacen daño, no buscamos venganza?" Es hermoso, conmovedor, hasta que anuncia que va a ser más malo que todo lo que le enseñaron los cristianos. De todas maneras, me parece más interesante otro monólogo, ese rapto de lucidez que tiene ante el Dux de Venecia, cuando dice que no teme la ley porque no ha hecho nada malo: "Tienen entre ustedes muchos esclavos que compraron y que como a sus asnos, sus perros y sus mulos, los emplean en tareas abyectas y serviles, sólo porque los compraron. Voy a ir yo a decirles: "¡Pónganlos en libertad! ¡Cásenlos con sus herederas! ¿Por qué transpiran bajo cargas pesadas? ¡Déjenlos dormir en camas blandas como las de ustedes! ¡Dejen que sus paladares disfruten manjares como los que ustedes comen!" No. Porque ustedes me responderían: "Los esclavos son nuestros". Por eso, yo a mi vez, les respondo: "Esta libra de carne que reclamo la compré cara, es mía, y la voy a tener"".
La dureza del final oscurece la importancia de un monólogo en el que un marginal como el judío Shylock hace un corte transversal de la sociedad y ve lo que otros no ven o no quieren ver: minorías oprimidas como la suya.
Sentimientos homoeróticos
Pongámonos un momento en el lugar de la audiencia que veía estas obras en Londres a fines del siglo XVI. Las mujeres no podían actuar; los papeles femeninos los hacían jóvenes muchachos, así que no es de extrañar que muchos espectadores fueran a ver a estos adolescentes contorsionarse y hablar como muchachas.
Al decir de Foucault y otros, la homosexualidad no era distinguida como una identidad sexual; la sodomía era castigada -pocas veces se lo hacía- y los sentimientos homoeróticos eran parte de la vida de la corte, que es la que mejor detallada nos ha quedado. Shakespeare no ha escapado a las modalidades de su mundo.
Hasta pasada la mitad de este siglo, una rígida ley impedía hablar en favor de la homosexualidad en Inglaterra. Shakespeare, que está en el bronce, como San Martín en la Argentina, era un intocable.
La teoría en boga era que Shakespeare había sido un autor tan grande que había desaparecido en sus personajes. Era inútil rastrearlo porque no se lo encontraba. Esta teoría era tan popular que hasta se puede encontrar en un relato de Borges.
Al caer esa hipocresía que por ejemplo destruyó a Oscar Wilde, empezaron a proliferar estudios que revelan los complejos sentimientos de Shakespeare. Entonces se observa que le gustaba jugar con estos chicos vestidos de mujeres que hacían sus personajes femeninos; muchas veces los hace sacarse en escena la ropa de mujer y vestirse o ponerse encima ropa de hombre, inventando una técnica de teatro en el teatro que adquiriría su perfección en Hamlet.
Precisamente, en El mercader de Venecia, Porcia, un adolescente haciendo de mujer, se disfraza de hombre para atacar a Shylock y después vuelve a disfrazarse de mujer. En el camino, seduce como hombre a Bassanio, que ignora que es su mujer, pero se siente extrañamente atraído por lo que dice y hace, mostrando así las infinitas alternativas de nuestros sentimientos.
La relación Antonio-Bassanio, un espejo de la que ya vivía Shakespeare tal vez con el joven conde de Southampton, a quien le dedicó sus sonetos, ganó espacio en la literatura del siglo XIX y era una de las que cautivaba a Wilde. Era la relación del hombre maduro que ama a un joven corrupto y seductor, y ve cómo lo pierde en manos de otro u otra como sucede en este caso. Esta relación, acá trunca, aparece con otros contornos en otras obras de Shakespeare, como en la relación Otelo-Cassio.
Un genio no es un ser perfecto, sino alguien que potencia sus cualidades y se anima a desnudarlas. Por eso debemos agradecer a Shakespeare que nos haya legado obras tan vastas, complejas y ambiguas como la vida misma.
Judíos en la Inglaterra de Shakespeare
Qué conocimiento de los judíos tenía Shakespeare en su tiempo? Expulsados de Inglaterra en 1290, en el momento en que escribió la obra es posible que hubiera unos doscientos judíos, originarios de Portugal y convertidos al cristianismo. Pero en el juicio que se le hizo en 1594 al médico López, por atentar contra la reina, el tema cobró repentinamente notoriedad. Acusadores y jueces subrayaron todo el tiempo que López era un judío "peor que el mismo Judas", etc.
Los judíos no fueron readmitidos en Inglaterra hasta 1655, a fines del gobierno de Cromwell. Por lo tanto, Shakespeare trabajó sobre el mito y los prejuicios medievales para crear su personaje.






