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"Si se sienta al lado mío me muero": una historia de amor que viaja en colectivo

Señorita Heart
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29 de noviembre de 2019  • 00:57

"Si se sienta al lado mío, me muero", pensó Agustina (22). Cargada con maderas, su instrumento y una mochila repleta de elementos para la cursada en la Facultad de Bellas Artes, acababa de desplomarse en uno de los asientos de la línea 130 de colectivos de Rosario. De regreso a casa, después de un día intenso que la tenía de mal humor de pronto lo vio subir y pagar su boleto. Alto, con ojos verdes, morocho. Andrés inmediatamente llamó su atención y se dirigió hacia el asiento vacío que estaba justo al lado de ella. Se acomodó como pudo entre las pertenencias de Agustina y la miró.

  • "¿Cómo estás?", le dijo ella.
  • "Bien, todo bien", respondió él.

Y cada uno siguió inmerso en sus pensamientos. "Yo estaba acomodada contra la ventanilla, pero de pronto sentí un impulso y continué la charla. Ahí comenzamos una conversación que fue el resumen de nuestras vidas. Cuando se estaba por bajar, me saludó con un beso muy dulce en la mejilla. Llegué a casa con una gran sonrisa, había tenído un día malisimo y esa alegría me duró semanas", recuerda ella.

No se volvieron a cruzar hasta el mes siguiente. Fue en el mismo colectivo y a la misma hora. Agustina estaba instalada en una desilusión, pensó que no lo vería nunca más. Hasta que esa tarde, el destino quiso que sus caminos se unieran nuevamente. "Nos reconocimos de inmediato. Intercambiamos nuestras cuentas de Instagram y empezamos a hablar todos los días. Después seguimos contacto por Whastapp. Ahí él empezó a mandarme frases un poco cursis. Buenos días, espero que tengas una linda jornada, me escribía. Yo no estaba acostumbrada a ese trato y me parecía un poco pesado".

En ese momento, no estaba entre los planes de Agustina comenzar una relación. No había tenido experiencias agradables en el pasado y, además, la facultad y la música la tenían demasiado ocupada como para modificar sus horarios y rutinas para conocer a alguien. "Nadie iba a entender mis horarios, la falta de tiempo, los fines de semana ocupados con ensayos y cosas de la facultad. Pero él lo llevó súper tranqui, sin presión y nos empezamos a ver en la facu en su horas de descanso y yo en los míos".

Andrés trabajaba en una joyería en el centro de Rosario. Y aguardó pacientemente unos tres meses con esa dinámica de salidas hasta que finalmente se animó y le pidió a Agustina que fuera su novia. "Le dije que no porque sentía que lo amaba. Recién lo estaba conociendo y necesitaba sentir más".

Pasó el tiempo. En septiembre de ese año Agustina tuvo un concierto en el Teatro Círculo donde participaba su escuela de música. Ella tocaba con el ensamble de cuerdas e invitó a Andrés para que pasara a verla. "Pensé que no iba a ir ya que estaba lejos y salía justo de trabajar. Había cambiado de trabajo. Pero cumplió con su palabra y vino. Me esperó para saludarme pero nunca salí. Me avisó que estaba pero por vergüenza no salí. Me fui rápido porque estaba con mi familia. Después discutimos por eso. Me sentía la peor chica porque estaba frente a alguien que decía lo que sentía, cumplía con lo que decía y yo no confiaba".

Finalmente arreglaron las cosas. Y a fines de mes comenzaron a salir formalmente. "Me abrí al amor, algo que no pensaba que podía por varias complicaciones personales. Mis días eran un caos, pero me acomodé para tener tiempo para él. Es muy amoroso, se preocupa mucho y es alguien que puede calmar mis nervios, hacerme llorar de alegría con sus palabras y demostraciones de afecto constantes".

Hoy Agustina y Andrés tienen un proyecto en común y planean casarse. "Él está seguro de que soy la chica con quien quiere pasar el resto de sus días. Yo me fui acostumbrando y haciendo a la idea porque todavía me cuesta creer que el amor llegó para mí. No sabemos cuándo pasará, faltan muchas cosas materiales y económicas, pero la idea está".

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