
SIDA la buena voluntad
Mujeres unidas por una profunda fe religiosa y por el deseo de ayudar al que sufre asisten en el Muñiz y otros hospitales a enfermos terminales y prueban que los milagros también son cosa de esta Tierra
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Una de las voluntarias del hospital Muñiz, Ana López Herrera, cuenta una anécdota: "Un día, al llegar al hospital, un paciente me contó que había pasado un susto bárbaro. Parece que el día anterior él estaba durmiendo. Al despertarse, vio muchos rabinos, de largas barbas, con unos libros, cantando y rezando en hebreo, rodeando la cama de un enfermo. ¿Sabe que creí, Ana? -me dijo-. Creí que me había muerto. Después, cuando se enteró de que su vecino era también rabino, recordó sus miedos y se empezó a reír a carcajadas".
Detrás de esta anécdota existe un grupo de mujeres, el Voluntariado de María, que brinda un servicio excelente ad honórem a pacientes del hospital Muñiz y de 18 hospitales más. La noticia nos llegó por diversos profesionales de la medicina que elogian la tarea realizada por estas mujeres.
Este voluntariado es una entidad sin fines de lucro nacido en 1982, cuyas 250 integrantes asistieron a más de 500.000 enfermos en los siguientes hospitales: de Clínicas, Pirovano, Gastroenterología, Ramos Mejía, Tornú, Muñiz, Maternidad Santa Rosa, Hogar Eva Duarte, y en los de Adrogué, Tigre, San Miguel, Florencio Varela, Pehuajó, Henderson, Daireaux, General Roca (Río Negro) y Concordia (Entre Ríos).
Con donaciones, construyeron y equiparon la Sala Ave María, de terapia intensiva para enfermos de SIDA, en el hospital Muñiz. Donaron un ecógrafo para punciones dirigidas y un monitor fetal para el Hospital Ramos Mejía. También una bomba de infusión para la Maternidad Santa Rosa.
Cuentan con un banco de medicamentos: en los dos últimos años distribuyeron en forma gratuita 5153 cajas de remedios. Con donaciones recibidas de distintas instituciones entregaron también, en el mismo período, 7540 kilos de alimentos (yerba, azúcar, leche en polvo), 19.000 pañales y 9000 prendas de vestir para hombres, mujeres y niños.
La presidenta del Voluntariado de María, Raquel Sáenz Valiente, explica que la tarea de ellas apunta a restaurar la integridad del ser humano. "Vivimos una época de gran deshumanización. El ser humano está separado: por un lado, lo que piensa; por el otro, sus sentimientos. Nosotros ayudamos a los enfermos asistiéndolos tanto en sus necesidades físicas como espirituales. El enfermo -sobre todo, el terminal- padece de una gran angustia y de una gran soledad. Nosotros buscamos aplacar ese sufrimiento para ayudarlo a morir dignamente."
Una de las coordinadoras, Martha Kondradiuk -licenciada en Administración, voluntaria del Ramos Mejía-, explica: "Nos ponemos a disposición del enfermo. Intentamos reemplazar a ese familiar que no se tiene o que no puede llegar al hospital por falta de dinero para viajar, o de tiempo por la cantidad de chicos, o por el miedo a perder el empleo. Por todos estos motivos, a veces, el enfermo está muy solo".
Ellas trabajan en salas de pacientes ambulatorios y en las de pacientes internados. Evidentemente, el tipo de relación que se establece con unos y con otros es diferente. No resulta fácil, para alguien que no está ligado con la medicina, tratar con pacientes terminales. ¿De dónde surge la fuerza de estas mujeres? De una gran fe, esperanza y un gran amor por el prójimo.
Este voluntariado pertenece al Movimiento Mariano de Schoenstatt, fundado por el padre José Kentenich en Alemania, en 1914. Parece que este cura, opositor al régimen hitleriano, fue llevado al campo de concentración en Dachau, donde permaneció tres años y ocho meses. Pudo haberse eximido de estar en ese lugar, porque le faltaba un pulmón, pero él consideró que debía quedarse allí.
Ofreció muchas veces su vida a cambio de otras, pero no se la aceptaron. Detrás de esa experiencia atroz, el padre decidió ofrecer su vida y su sacrificio para un cambio social. Visionario, comprendió que la deshumanización se iba a acentuar cada vez más en el mundo y se comprometió en la lucha por restablecer los valores humanos nuevamente. Al salir, fundó su movimiento en diversos lugares, entre ellos Uruguay, Chile y la Argentina -país donde vivió y del que dijo que se iba a salvar porque pertenece a la Virgen María-. Aquí, el Santuario se encuentra en Florencio Varela (calles Misiones y Urquiza). Allí también tienen La Casa del Niño, que alberga a 450 chicos mientras sus padres trabajan, y el Taller San José, donde los jóvenes aprenden diversos oficios.
Religiosas de esta congregación desarrollan su misión en el sanatorio Mater Dei y en el Colegio Mater.
Cuando Sáenz Valiente -una mujer que derrocha una energía increíble- leyó la historia de este hombre, se conmovió hasta la médula y asistió al Santuario. Allí tomó la decisión de hacer algo con los enfermos. Transcurría 1982. Se contactó con el ministro de Salud Pública de aquel entonces, le expuso su planteo y le ofrecieron el hospital de Gastroenterología para realizar su voluntariado.
El 28 de octubre, siete mujeres iniciaban su tarea con un uniforme diseñado por ellas: camisa blanca, símbolo de pureza; vestido azul, color de la fidelidad.
-Supongo que en algunos casos su discurso puede no caer bien. O pueden estar frente a un paciente que por su misma enfermedad se vuelve agresivo. ¿Cómo se manejan en estos casos?
-Primero saludamos, nos presentamos -acota Ana-. Eso que dijo Martha de compartir es muy importante, porque el enfermo lo percibe. El que padece una enfermedad grave tiende a abrirse más que aquel que está menos mal. El primero siente muchísima angustia y si uno se acerca con delicadeza, le pregunta qué necesita y le presta algún servicio, a lo mejor ese día no siente ganas de hablar. Pero al siguiente, o en algún momento, decidirá abrirse y hablar. Porque se da cuenta de que nosotros no tenemos ningún interés propio.
Ellas llevan un cuaderno en los hospitales, donde anotan todos los acontecimientos diarios. "Al día siguiente, le tocó ir a la presidenta. Entró en la sala y vio a una persona flaca, con todos los pelos parados, las uñas pintadas de negro, anillos con calaveras en todos los dedos y se preguntó: ¿Qué le digo a esta mujer? Empezó a hacer el recorrido por el otro lado, charlando con una y otra. Al llegar a la cama de esta paciente le preguntó cómo estaba. Mal, le respondió." Continúa Sáenz Valiente: "¡Mirá, era tal el drama de su vida! Ella, en la década del 70, vivía en la casa de su novio y de la madre de éste y estudiaba. Tenía una compañera de curso que siempre la estaba ayudando y esta chica un día la invitó a una reunión. Ella fue porque pensó que le debía muchos favores. Era la época de la represión. Parece que en esa reunión tomaron fotos y un día, al salir de la facultad, la agarraron. Después ella entró en una nebulosa de la que poco recordaba. Más tarde, la tiraron desde algún coche en alguna provincia y su cuerpo estaba todo dolorido. Cuando logró llegar a La Plata, se enteró de que su novio se había suicidado al desaparecer ella y de que su suegra se había muerto de un infarto. Estaba sola. Se empezó a drogar.
"Yo me repetía para mis adentros: Pero, ¿qué le digo a esta mujer? ¡Era tan terrible el drama! Al final, le dije: Mirá, yo espero que Dios algún día te pueda devolver todo lo que te quitaron los hombres. Porque realmente no existían palabras para lo que relataba. Ella, después de hablar conmigo, de sacar para afuera todas esas experiencias monstruosas, se confesó, y a los dos días murió... Mirá, es una historia que la cuento y hasta el día de hoy me emociono hasta las lágrimas".
Otras historias, por el contrario, tienen un final feliz. Un día llegó al hospital Ramos Mejía un hombre en estado calamitoso. La ropa destruida, sucio, los pelos piojosos. Tenía una intoxicación severísima de alcohol. Continúa Martha: "Yo me acerqué, lo saludé. Me contó que tomaba alcohol puro con jugo de naranja, que vivía en la calle y que su familia, que era de Jujuy, no estaba tan mal económicamente. Pasó el tiempo y el hombre se fue desintoxicando. Yo le machacaba que se comunicase con su familia, porque allí estaban sus raíces. Después le compraba tarjetas para que los llamase. Tiempo más tarde, lo dieron de alta y decidió volver a Jujuy. El se acercó a mí y me dijo que yo había sido la primera persona con la que se había animado a hablar. Yo, hasta ese momento, no me había dado cuenta de lo importante que había sido esa catarsis para él".
Al Muñiz llegó un hombre cuarentón, con SIDA, encerrado en un mutismo absoluto. La presidenta se le acercó y le preguntó si necesitaba algo y si le molestaba que se sentase a conversar con él. Le respondió que no. Por aquella época la presidenta iba tres veces por semana al Muñiz. Y siempre se instalaba a hablarle. "Yo le contaba cosas de afuera, le hablaba del amor que Dios nos tiene y de otras cosas. Un mes más tarde llegué al hospital, entré en su cuarto y me recibió cantando, enloquecido. Me contó toda su vida, se sentía realmente liberado. Había descubierto el amor en su interior y el valor que él tenía como persona. Tiempo más tarde me llamó su hermana por teléfono para decirme que su mamá me quería agradecer todo lo que había hecho por él. El era pintor y nos había dejado un cuadro para nosotras. Su hermana nos contó que murió con una gran paz interior. En ese año y medio, le había cambiado su concepción del mundo, su relación con su familia, todo..."
Las anécdotas continúan. En la década del 80, apareció en los periódicos el caso de un delincuente peligroso, apodado Chapita, que había estado internado en el Borda y tenía SIDA. Al poco tiempo de llegar al Muñiz, se abrió las venas para salpicar con su sangre a los pacientes de la sala 17. Chapita tenía policías en la puerta. Un día, lo operaron y quedó en terapia intensiva.
Raquel fue a verlo: "Yo soy medio despistada y no sabía quién era. Sabía, sí, que tenía custodia policial. Empecé a visitarlo y a hablarle del amor que le tenía Dios. El hombre me escuchaba, pero no decía palabra. Tiempo después lo trasladaron a la sala 17. A los pocos días, aparece el doctor Benetucci y me dice: Pero, ¿qué le hizo a Chapita? Ahora me quiere convertir a mí. Me habla de Dios todo el día... Sé que después Chapita se hizo evangélico, o algo así..."
La cuarta de las voluntarias que participa en esta charla, Aurelia Girotti, es una mujer sumamente silenciosa, que a veces les recuerda algo a sus compañeras para que lo relaten. Cuenta una anécdota que parece escapada de una película de Bruce Willis.
Ella es voluntaria de Psicología Médica en el Clínicas, donde van pacientes con problemas psicológicos fuertes. Ellas actúan como el primer paso, para que empiecen a hablar: "Un día llegó un matrimonio. Una voluntaria lo recibió y luego pasaría a la psicóloga. La mujer le dijo a nuestra compañera que el hombre tenía un revólver en el bolsillo. La voluntaria pensó que no sucedería nada. Salió la psicóloga y los hizo pasar. Empezaron a oír unos gritos terribles. La voluntaria entró en la sala y vio a la mujer en el piso, y al hombre, arrodillado, poniéndole una pistola en la boca. La voluntaria, que parece que es de una timidez absoluta, le empezó a hablar a él y le dijo que bajase inmediatamente el arma. Después de titubear, el hombre la dejó. Llegaron la psicóloga y el médico, por los gritos. El médico le dijo a la voluntaria que sacase las balas del arma y ésta sólo ahí salió del shock y se dio cuenta del riesgo que había corrido."
Sáenz Valiente explica que es muy difícil para una persona que no tiene fe aceptar el sufrimiento. "En la historia de la humanidad, entre los grandes enigmas, está el de la muerte y el del sufrimiento. Hay un gran rechazo a la muerte. El que no cree que se va a encontrar con Dios siente un enorme rechazo, pero si tiene esperanza, la muerte no es tan horrible. Nosotros tenemos que entender que venimos del amor, estamos en el amor e iremos hacia el amor".
-Ustedes tienen una base cristiana. Trabajan con travestis, prostitutas, homosexuales, drogadictos, ladrones. ¿Qué sucede cuando una voluntaria discrimina?
-No puede trabajar con nosotros. Tratamos todo tipo de pacientes y todos (subraya) son seres humanos. Nosotros no estamos para juzgar a nadie. Tratamos de dar un poco del amor que Dios le tiene a cada uno.
Después, para romper tanta solemnidad, Ana recuerda a un hombre que, a pesar de estar padeciendo un sufrimiento absoluto, tenía un gran sentido del humor: "Una de las voluntarias se acercó y le dijo que con ese sufrimiento estaba abriendo las puertas del cielo a mucha gente. Al hombre le habían hecho una traqueotomía y no podía hablar. Pero la miró y escribió: Mire, con el dolor que tengo, creo que estoy conquistando el Cielo para toda la humanidad .
Faltan camas
Las mujeres que integran este voluntariado tienen un proyecto llamado Hogar Ave María para internar pacientes con HIV-SIDA. Según las estadísticas oficiales (que siempre son menores) de 1996, 88.033 personas están infectadas con HIV y 17.725 están enfermos de SIDA. Frente a estos números -que se multiplicarán varias veces para el 2000- la disponibilidad total de camas en los hospitales de Buenos Aires es de 7800, para todo tipo de enfermedades.
Pensando en este problema, el Voluntariado de María ideó este proyecto. Ya consiguieron que les concedan, por ordenanza municipal Nº 47.175, dos pabellones en desuso de 3800 metros cuadrados sobre un predio de una hectárea, que está en el Muñiz. Este hogar contará con 80 camas distribuidas en habitaciones individuales y dobles, con baño privado. La casa estará dividida en tres sectores que albergarán gratuitamente a niños, jóvenes, mujeres y hombres enfermos de SIDA en su etapa terminal y en situación de desamparo familiar y social.
Para lograr poner en marcha este objetivo, están en tratativas con el Gobierno de la Ciudad. Ojalá obtengan eco.
Para comunicarse
Si usted quiere comunicarse con este grupo de mujeres para compartir su experiencia, o desea enviar donaciones -medicamentos, ropa, toallas, jabón, pasta de dientes, papel higiénico, pañales descartables para chicos, algodón, alimentos no perecederos-, éstos son sus datos: vTeléfonos: 813-9377 /811-8025, int.3. Fax 815-7926 v Dirección: Riobamba 1050 v Horario: de 10 a 18 horas Pasamos un aviso: necesitan pintura sintética para el hospital Concarán, de San Luis. La solicitaron hace diez años y nunca la obtuvieron.






