
"Siempre me había visto como una mamá joven y canchera"
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Decidí tener mi primer hijo a los 26 años. Ya pasaron 12 desde que ese deseo se transformó en Augusto, y hoy, con 38 años, no puedo dejar de pensar que fue la mejor de las decisiones que tomé, a pesar de que en ese momento mis amigas y hasta mi familia me llenaron de dudas. "¿Por qué no esperan un poco hasta que estén más consolidados económicamente y como pareja?", me planteaban mis padres. Mis amigas, en cambio, estaban alarmadas porque pensaban que sacrificaba parte de mi juventud, y creo, además, que no me tenían mucha fe para ejercer el rol de madre. De todas era por lejos la que más salía y la que tenía las conductas menos compatibles para llevar a delante un embarazo y la maternidad.
Pero yo estaba convencida. Siempre me había visto a mí misma como una mamá joven y canchera que pudiera tirarse a jugar con sus hijos, y digo hijos porque al año y medio de Augusto llegó su hermano Octavio. Es decir, fui mamá joven por dos. Y encima, de dos varones, con todo lo bueno y lo malo que eso implica. Pero también quería que mis padres -sus abuelos- disfrutaran de sus nietos por mucho, mucho tiempo.
A pesar del shock inicial, ser la única mamá de mi grupo de amigas nunca fue un peso: a Augusto lo incluí en las salidas y programas sin problemas. Y cuando lo tuve a Octavio también lo llevaba a él o lo dejaba al cuidado de alguna de las chicas. De alguna manera fui la que marcó el camino y creo que muchas de mis amigas se animaron a ser madres después de mi experiencia.
Hoy veo que ellas tienen hijos chiquitos al tiempo que tienen trabajos con mucha responsabilidad y pienso: ¿cómo hacen? Porque la realidad es que cuando yo tuve a mis hijos tenía un trabajo de medio tiempo que me permitía pasar muchas horas al día con los dos y no perderme nada de su crecimiento. Pero la situación de muchas de mis amigas es muy distinta de cuando yo fui mamá: la mayoría tiene que insertarse al poco tiempo en sus trabajos porque lucharon mucho por llegar adonde están y obviamente no quieren perder su lugar. Y en esa lucha entre realizarse como madres y como profesionales se debaten no sin culpa.
Lo cierto es que nunca me importó mucho el contexto y siempre me llevé por mis deseos e impulsos y si hoy tuviera que volver a elegir, sin duda elegiría volver a ser una mamá joven, inexperta, un poco inconsciente y muy, muy compinche de mis hijos. Lo bueno de haberlos tenido a los veintipico es que todavía no cumplí los 40 y siento que tengo todo por hacer porque mis hijos ya no me necesitan tanto. Incluso, podría volver a ser madre. Una madre grande, muy diferente a la que tuvieron Augusto y Octavio.
La autora es empleada administrativa
María Casanova






