
Siete décadas
Con siete décadas de vida, este dinosaurio que aquí escribe debe confesar que ha visto mucho, ha creído en muchas cosas en las que dejó de creer, y ha adoptado, y seguramente seguirá adoptando, nuevas posturas ante acontecimientos importantes tanto en lo personal como en lo colectivo. Las alternativas históricas que marcaron el ritmo de la segunda mitad del siglo XX, y estos primeros y atribulados años del XXI, han estado signadas en lo personal por el maravilloso don de saber desde muy temprana edad qué quería ser y cuál era la vocación vital que iba a dar sentido a la existencia; en lo histórico-social mundial, el sentimiento de la infancia dorada que nos hacía vivir a los argentinos con la sensación de que éramos asilo y refugio para establecerse y pensar en un futuro. Era vivir en actitud permanente de abrir los brazos "a todos los hombres de buena voluntad que quieran habitar el suelo argentino".
Afuera era el caos, la miseria, los traumas, los locos de la guerra, los recuerdos siniestros e imborrables de las víctimas de todo tipo de genocidios, los brazos marcados con números infamantes de campos de concentración una y mil veces fotografiados en documentales estremecedores. Y luego llegaron los "milagros", sobre todo el alemán, y, superando el impacto de Hiroshima y Nagasaki y su ola de consecuencias atómicas, el milagro japonés. Los dos gigantes, capitalismo y comunismo, en una competencia por vender las ventajas de cada sistema y haciendo caso omiso de las brutalidades que cada uno engendraba. Corea, Vietnam, los levantamientos de Hungría y Checoslovaquia... Todavía recuerdo a los "hungaritos", como se llamaba a los niños refugiados que llegaron a estas playas huyendo del desastre.
En Estados Unidos, la caza de brujas, que ejecutó sin piedad a los Rosemberg y que prohibió y encarceló a grandes artistas e intelectuales. La España de Franco y la republicana vociferando sus diferencias en nuestra Avenida de Mayo, al compás de las zarzuelas del Teatro Avenida.
Mi Argentina era como el rincón más seguro de la bodega de un barco a la deriva, un lugar para esconderse o para recomenzar con nuevos bríos. ¿Y por casa? De la década infame a los años prodigiosos de la prosperidad propia gracias a la desgracia ajena; más tarde, la etapa peronista, que dividió tajantemente al país entre peronachos y gorilas, con todas las trágicas secuelas que esto implicó. Y, al compás del rock y del twist con una mezcla de Club del Clan y los Beatles, una juventud de pelo largo y sueños de amor y paz que trataba de conectarse con el resto del mundo, desafiando las tijeras de la censura que cortaban melenas de rebeldes en plena calle, que ocupaban universidades pegando con bastones largos y que crispaban el orden constitucional con golpes de Estado. Luego, la violencia tan odiada, tan temida y tan transitada, la decadencia económica, las bombas de tiempo puestas a nuestra cultura por tanto torpe demente de todos los bandos posibles, la democracia que volvía a tambor batiente y ponía a prueba nuestra posibilidad de cambio en sucesivas crisis sociales. Y ahora, ante la catástrofe mundial –"otra vez sopa"–, comprar dólares, oír a gobiernos pedir repatriación de fondos cuando no sabemos a ciencia cierta si ellos repatriaron otros fondos tan discutidos... Hemos quedado sin espejos donde mirarnos porque no se puede tomar como ejemplo la horrorosa administración norteamericana, que con la bendición del FMI ha llevado al mundo a este caos, o al gigante asiático, otrora criticado y luego ensalzado. Mucho queda en el tintero de lo que ha visto este dinosaurio y que no cabe en este breve espacio, pero lo que no ha variado en estas siete décadas de vida es la hermosa sensación de despertar cada mañana y sentir que el corazón late y espera.
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El autor es actor y escritor
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