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El dolor, por más profundo e incomprensible que sea, jamás debería borrar la huella que deja una persona. Por eso recordarla y describirla se vuelve una forma de celebrarla, aunque las sonrisas y las lágrimas se mezclen sin orden ni permiso. A diez días del trágico final de Silvia María Saravia (el sábado 10, su marido, el empresario Jorge Neuss, la asesinó de un disparo en su casa de Martindale y luego se suicidó), aquellos que la conocieron aceptan evocarla con la única condición de no nombrar a él y centrar sus palabras en ella: porteña, hija del medio de María Elina (Mary) y Orlando Saravia, dueños de Arte Joyero, la joyería ubicada sobre la calle Vicente López. "Era una mujer incondicional, generosa y con increíble capacidad para ponerse en los zapatos del otro", coinciden todos. Tenía una hermana mayor, Bibiana, que es médica neuróloga y un hermano menor, Orlandito–así lo llamaba–, que había muerto tres meses atrás. A su marido, que llegó después de algún que otro novio adolescente, lo había conocido un invierno esquiando en Bariloche, y tras su casamiento, en julio de 1974, tuvieron cuatro hijos, Germán, Patricio, Lucila y Juan, a quienes adoraba tanto como a sus diez nietos, que la llamaban Nina y con quienes se divertía mucho (pocos días atrás, en cuarentena, les había organizado un picnic en su casa). "Era una madraza y una abuela increíble", coinciden sus íntimas.


DE AMISTADES Y CAUSAS NOBLES
"Dejó una enorme huella en mí, en mi familia y en cada persona que la conoció. Pasamos toda una vida juntas. La voy a extrañar muchísimo", le dice a ¡HOLA! con gran emoción Mónica Martin, su amiga desde los 13 años, con la que compartió sus estudios en el colegio Jesús María, las trasnochadas preparándose para los finales de la época universitaria (a pesar de que Silvia se recibió de socióloga en la UCA y Mónica estudió Derecho, también en la UCA), el madrinazgo, cada una, de uno de sus hijos y, en los últimos meses, las recorridas más exhaustivas por todos los viveros de Pilar porque estaban armando una huerta.


Dejó una enorme huella en mí, en mi familia y en cada persona que la conoció. Pasamos toda una vida juntas. La voy a extrañar muchísimo

"Silvia tenía magia en las manos. Tejía perfecto y les hacía unas cosas divinas a sus nietos, bordaba, amaba las rosas y sus rosales siempre estaban divinos, hacía los ramos de flores más lindos y en una época se nos dio por hacer bijouterie. Ella, por supuesto, sabía muchísimo por su padre", cuenta Mónica. Y agrega: "Estaba pendiente de los detalles. Por ejemplo, solía viajar con un grupo y, a la vuelta, armaba libros con fotos y comentarios y se los regalaba a quienes habían viajado con ella para que tuvieran un buen recuerdo. Era extraordinaria". La última vez que Silvia y Mónica se vieron fue el lunes anterior al femicidio y, según su opinión, "estaba feliz de tener a sus hijos y a sus nietos cerca".
Silvia era hija de María Elina (Mary) y Orlando Saravia, dueños de Arte Joyero, una joyería que estaba ubicada en la calle Vicente López, en Recoleta
Desde hacía varios años ya Silvia pasaba nuestros inviernos en su departamento de Manhattan o en la casa que tenían en Los Hamptons, pero este año, con todos obligados a permanecer en Argentina por la pandemia, se instaló en Pilar, así que disfrutó de la familia, del golf con su grupo de amigas del barrio y de su jardín, que cuidaba con esmero. El más lindo, opinan varios, es el que hizo en el campo en Villa Ventana, adonde planeaba irse el día de su asesinato, cuando pasó a buscar ropa después de dormir en casa de su hija Lucila porque se había peleado con su marido, quien la sorprendió en el baño, según consta en el expediente.
EL ARTE Y EL COMPROMISO SOCIAL
Trabajadora y comprometida con diferentes causas, no descuidaba su trabajo en la Fundación del Hospital de Clínicas o la Fundación Amigos del Teatro San Martin, entre otras entidades a las que le dedicó su tiempo con pasión. "Era simpática, cariñosa y generosa. La invité a formar parte de la comisión directiva de la Fundación Amigos del Teatro San Martín y fue un miembro muy activo, siempre con ideas y propuestas para compartir", recuerda Eva Thesleff de Soldati, presidenta de la entidad.
A Silvia le encantaban el teatro, la música y la literatura, y su gusto exquisito se reflejaba en su ropa, en la decoración de sus casas y hasta en los ramos florales que armaba
Jorge Lukowski, empresario y miembro de la misma Comisión Directiva de la misma fundación, agrega: "La recuerdo inteligente, positiva, reservada, dispuesta a escuchar opiniones y muy comprometida con los proyectos que encaraba. Antes del San Martín habíamos hecho un proyecto conjunto cuando yo trabajaba en Aeropuertos 2000 y ella para Americas Society, promoviendo artistas. Con ella y con Erica Roberts trabajamos mucho para una muestra de Xul Solar. Le apasionaba el arte".
Culta y sensible, a Silvia le encantaba el teatro, la música y la literatura, en la que se zambullía no sólo a través de la lectura, sino a través de diferentes cursos que la ayudaban a profundizar en la obra de grandes autores. Su gusto por la buena ropa jamás pasaba desapercibido: siempre estaba impecable, bien perfumada, sus manos con manicure y "tenía los aros más lindos del mundo", aseguran algunas mujeres que la frecuentaban. "Ahora salen fotos sólo de las galas adonde iba, pero te aseguro que donde estaba ella había movimiento, hacía todo para ayudar, era cero superficial. Yo trabajé con ella en Conciencia. Después ella estuvo en el PRO. Era íntegra, sabía entender el dolor del otro. Lo digo por experiencia porque me acompañó muchísimo cuando murió mi hijo, Edu", cuenta su amiga Martainés Lascano de Bagnardi, que jugaba con ella los torneos de golf benéficos de Fundación Gaseb. Y concluye: "Quien pisa fuerte desde la bondad, el amor y la solidaridad, deja huella en la vida. Y Silvia la dejó".




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