
Simón, vida de bolivar
Con este título, un libro que será publicado por Editorial Sudamericana relata la vida del caudillo venezolano. En este fragmento, parte de su infancia, marcada por la muerte de la madre y por una constante soledad
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Desde la cuna, Simón iba a ser visitado por la fortuna: el cura que lo bautizó y le eligió su nombre, su primo hermano Juan Félix Jerez de Aristeguieta y Bolívar, "noble y doctor en Teología", constituyó un vínculo o mayorazgo con todos sus bienes y lo puso en cabeza del recién nacido. Al objeto de "proporcionar la perpetuidad del lustre y progreso de la familia, cuya distinción gozo desde mis antiguos progenitores y conquistadores de esta provincia", dispuso que su casa de Caracas y sus haciendas de cacao del valle del Tuy de Yare, de Taguaza y Macayra quedasen como herencia y a disposición del pequeño, quien debía casarse con persona noble e igual y bautizar a su primogénito con el nombre de Juan Félix y, en lugar del apellido materno, ponerle el de Aristeguieta. Debido a la "vinculación" de los bienes, éstos no podrían separarse ni venderse y el tierno beneficiario sólo podía gozar de sus rentas o alquileres. Al llegar a la mayoría de edad estaba obligado a vivir en la morada del presbítero y quedaría excluido del goce de este mayorazgo, llamado de la Concepción, si "por desgracia cayere en el feo y enorme delito de lesa Majestad divina o humana", es decir, si fuere desleal a Dios o al monarca español.
Pero también, muy pronto, el acaudalado Simoncito iba a ser frecuentado por la muerte: al año y medio falleció su primo y benefactor, el sacerdote Aristeguieta; no había cumplido aún los tres años de edad cuando expiró su padre, Juan Vicente, quien acaso para purgar sus excesos sexuales quiso ser sepultado en la catedral con misa cantada por cuarenta religiosos; y pocos meses después su madre alumbraba una hija póstuma, que murió al poco tiempo de nacer.
La muerte de su marido y de su última hija endurecieron a Concepción, quien pasó a ocuparse de las propiedades de su esposo, con la ayuda de su padre, Feliciano Palacios, y de sus hermanos Carlos y Esteban. Un disgusto la esperaba: los parientes del sacerdote Aristeguieta le iniciaron una demanda para impedir que entrase en posesión del mayorazgo establecido a favor de su pequeño hijo Simón. Tras una ardua tramitación, en parte ante la Audiencia de Santo Domingo, el pleito fue ganado por la madre. Al cumplir los seis años, el niño debió asistir a una solemne sesión en el tribunal, para ser puesto en posesión de los "bienes vinculados" acompañado de un curador especial, su abuelo, un escribano y los testigos. Desconcertado ante tanta pompa y formalismos, el pequeño Simón miraba a su alrededor y no terminaba de entender la naturaleza del conflicto de intereses que lo había tenido como protagonista. El simplemente quería volver al lado de su madre o a jugar con otros niños.
La alegría por la victoria judicial duró poco: Concepción enfermó de tuberculosis y debía pasar algunas temporadas en San Mateo buscando mejor clima y atendiendo la marcha de la estancia. Estas circunstancias fueron haciendo al chico receloso y alerta. Su hogar le resultaba un lugar frío, con ausencias o precariedades que las visitas de los tíos o el calor de la nodriza, la negra Hipólita, no podían compensar del todo.
Simón jugaba en el primer patio y en el jardín de los granados, cuyos troncos curvos y espigados, cual ascéticas figuras del Greco, eran visitados por capanegras de tímido piar.
Por las mañanas acompañaba a Hipólita y su morena compañera Matea al fondo, al patio de los cuatro pinos, donde en las piletas improvisadas junto a la acequia que traía el agua desde el cerro de Avila, bajo los fugaces aleteos de algunos azulejos, se lavaba la ropa de la casa y las criadas chismorreaban con picardía sobre amos y esclavos.
No tenía recuerdos de su padre y su figura era solamente un rostro adusto que le imponía miedo desde un retrato colgado en la pared de la oscura sala principal, junto a la calle. Al atardecer buscaba refugio en la cocina y, después de la cena, cuando Hipólita contaba cuentos de aparecidos y fantasmas, o de indias hechiceras, se excitaba sobrecogido de temores, pero a la vez se sentía cálidamente acompañado, amparado de la diurna frialdad de las habitaciones principales.
En las charlas de la servidumbre, aparecían a veces alusiones veladas y picarescas a los acosos sexuales de su padre a las mujeres de San Mateo, que el niño simulaba no entender. A los ocho años la angustia empezó a cercar a Simón: su madre se había agravado y las idas y venidas de parientes y criadas le indicaban que algo malo estaba por suceder. Una mañana se acercó a la puerta del cuarto materno y supo que Concepción había tenido vómitos de sangre toda la noche.
Al mediodía, la rigidez en el rostro de su abuelo Feliciano y el llanto de Hipólita, que lo abrazó quebrada por las lágrimas, le indicaron que Concepción había muerto y una nueva ausencia se había abatido sobre él.
(...) Con sus nueve años de edad Simón estaba más preocupado por su soledad que por los abolengos, sobre todo porque presentía que también su abuelo se aprestaba a dejar la escena. Sintiéndose enfermo, Feliciano citó a sus dos nietos varones, les comentó su mal estado de salud y les preguntó a quiénes preferían tener como tutores para después de su fallecimiento: Juan Vicente eligió a su tío Juan Palacios y Simón a Esteban. Confortado por el grado de alférez real enviado por Esteban desde España y por los viáticos de la Santa Religión católica, Feliciano marchó al otro mundo dejando en manos de sus hijos y parientes a los pequeños Bolívar. Juan se hizo cargo de la tutela de Juan Vicente, pero como Esteban seguía en Madrid, fue su hermano Carlos quien asumió la de Simón, ante el desconcierto y la pena del pupilo, que sentía difusamente que todos los seres que lo querían terminaban abandonándolo.
Separado de su hermano y de las criadas, Simón marchó a la casa de Carlos, hombre solterón y duro, y uno de los miembros del Cabildo que se había opuesto a la Real Cédula que concedía a los pardos el derecho de ocupar cargos públicos, ejercitar el sacerdocio o casarse con personas blancas, con el argumento de que no convenía otorgar tal igualdad a gentes bajas y africanas, colocadas por la naturaleza en la clase inferior.
Algunas veces, al pequeño Simón le parecía que su tío Carlos Palacios, cuando calificaba duramente a las "castas", incluía también a los Bolívar entre las familias tradicionales que se habían mezclado con indios y negros y le merecían el calificativo de "longanizos" (...).
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