Sin capa ni corona. El presidente que es príncipe sin trono ni reino, y no todos lo saben
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Cuando Emmanuel Macron asumió como presidente de Francia en 2015 - el líder más joven del país desde Napoleón - también recibió un título que pocos le conocen: el de príncipe. Pero no la de Francia donde en 1789 la Revolución marcó el fin de la monarquía y le dio destino de guillotina a Luis XVI y a María Antonieta, cuyas cabezas rodaron por el cadalso tiñendo la nueva República de rojo. La corona que recibió fue la del principado de Andorra, un pequeño país de 468 kilómetros cuadrados ubicado en los Pirineos, justo en medio de la frontera entre España y Francia. Y acá viene otro dato curioso, Macron es en realidad, copríncipe ya que debe compartir la corona con el obispo de Urgell, una diócesis de Tarragona, cargo que actualmente ocupa Joan Enric Vives Sicília. ¿Complicado? Un poco, pero todo cobra sentido cuando se entienden algunos datos olvidados. Y para aquellos que se lo estaban preguntando, no, la esposa de Emmanuel Macron no tiene título de princesa, ese honor solo se reserva a los hombres.

El principado de Andorra
De las 26 monarquías que aún habitan el planeta Tierra, 12 están en Europa y solo 3 son principados (Liechtenstein y Mónaco son los otros dos). Andorra no forma parte de la Unión Europea; cuenta con una población de alrededor de 77.000 habitantes (menos que la ciudad patagónica de Viedma) de los cuales alrededor del 43% es extranjero, mayoritariamente conformado por españoles, franceses y portugueses, y es de los pocos países del mundo sin aeropuerto. Además, es el único que tiene al catalán como idioma oficial.

Andorra es un raro ejemplo moderno de un sistema político conocido como diarquía, en el que dos personas gobiernan conjuntamente. Existen otros ejemplos de diarquía: Eswatini también conocido como Swaziland, en el sur de África y San Marino, un microestado ubicado dentro de Italia. El Primer Ministro y un Consejo General conformado por 28 diputados lleva adelante la tranquila vida política de Andorra y durante años fue considerado un paraíso fiscal, fama que intentó quitarse durante un tiempo pero que volvió a ser noticia cuando el youtuber Rubius declaró que se mudaba a Andorra cansado de pagar altos impuestos en España.
Pero para conocer los intrincados caminos reales que desembocaron en este peculiar sistema de gobierno, hay que hacer un poco de historia. La mayoría de los historiadores consideran a Carlomagno, el emperador medieval que gobernó gran parte de Europa desde 768 hasta 814, como el arquitecto de la independencia de Andorra. Según la leyenda, miles de andorranos ayudaron al ejército franco a ganar la batalla contra los invasores moros. Como muestra de agradecimiento, Carlomagno proclamó la independencia de Andorra. Tan importante es la figura del emperador para la cultura del principado que su himno nacional se llama El gran Carlomagno.
Tras su muerte, su nieto Carlos II ofreció Andorra al obispo de Urgell a cambio de tierras en Cerdanya, una región de importancia estratégica que limita con muchos condados importantes. Sin embargo, las tensiones finalmente se intensificaron entre la Iglesia y los herederos franceses. Fue así que en 1278, un acuerdo puso fin a las hostilidades entre ambas partes y el obispo de Urgell y el conde francés de Foix fueron nombrados copríncipes de Andorra. Dado que ninguno de los dos príncipes vivía allí, siempre hubo delegados que representaran sus intereses. Años después, la parte francesa del título fue transferida al Rey de Francia, y muchos siglos más tarde, al Presidente de Francia. Los andorranos vivieron bajo este sistema político desde 1278 hasta 1993 cuando entró en vigencia una nueva Constitución: el pueblo votó establecer un nuevo gobierno, compuesto por poderes ejecutivo, legislativo y judicial separados. El poder ejecutivo fue transferido al Primer Ministro de Andorra, aunque los copríncipes siguen siendo los jefes de Estado hasta el día de hoy.
Emmanuel Macron y Nicolás Sarkozy
Como copríncipe, Macron probablemente seguirá el ejemplo de sus predecesores y mantendrá una estricta política de no intervención en lo que respecta a Andorra. Una excepción se produjo en 2009, cuando el entonces copríncipe Nicolás Sarkozy amenazó con abdicar si Andorra no limpiaba su reputación de paraíso fiscal, una gran paradoja si se toma en cuenta que el propio Sarkozy fue condenado por corrupción (como reza el dicho, haz lo que yo digo mas no lo que yo hago). Preocupados por el escándalo prometieron más transparencia y, en los papeles, endurecieron las condiciones fiscales (aunque dicen que las reglas no serían tan estrictas como parecen).
El título de copríncipe no viene con una lujosa capa, grandes joyas o una soberbia corona, ni siquiera reciben un sueldo por su trabajo. Sin embargo, si Emmanuel Macron decidiera manejar hasta Andorra para inspeccionar su reino, sería seguramente invitado a comer en alguna de las bordas que rodean el camino y son tan populares para los andorranos que nunca se privan de comer un buen lechón o un trinxat, un plato tradicional a base de papa y repollo. Porque un lujo culinario, no se le niega a nadie.
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