
Una cronista pasó siete días sin e-mail, Twitter, Facebook o cualquier tipo de acceso a la web. El resultado: disminución de la neura y una reflexión de siete días sobre la vida online.
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Vida en comunidad. La gran mayoría de las personas, cuando se despierta, pone agua para el mate o el café. O van al baño, se lavan los dientes y la cara. Otras, antes que nada, revisan el mail. Hoy empiezo este experimento que simula un retorno a la época en la que internet no formaba parte de nuestras vidas y no estábamos casados con la computadora. Voy a pasar siete días sin conexión, sin abrir Twitter ni Facebook, sin ver series ni películas online, sin recibir correo electrónico, sin, ni siquiera, usar teléfono celular. Antes de desenchufarme, avisé en mis trabajos y a mi familia que por unos días sólo podrían contactarme por teléfono de línea. El vértigo de saber que si te llaman pueden no encontrarte.
Me pregunto si existe una vida sin todo eso. Y si existe, cómo será. Ya no me acuerdo cómo es vivir desconectada. Lo tengo tan naturalizado como a mis hijos o a mi gato, elementos del paisaje cotidiano de los cuales no podría prescindir. Me pregunto si los adictos a la información como yo podemos vivir entre los objetos inanimados y los seres animados que nos cruzamos a diario sin la fuga fácil de internet, sin esa ventanita que nos lleva a otra parte, nos desaliena de nuestra realidad y nos aliena en ella, nos hace estar en más de un lugar al mismo tiempo.
Una vez leí una definición muy simple de neurosis: que se desdibuje lo obvio, no estar en el lugar en el que se está. Pero la neurosis existe en el mundo, como mal común, incluso antes de la era 2.0. No podemos echarle la culpa de todo a las redes sociales y a los blogs. Que han destruido matrimonios es cierto, que fomentaron la agresión y el histeriqueo probablemente también. Pero no debe ser todo tan malo lo que nos dejaron.
Hace poco, en una encuesta casera entre los choripanes de un asado, la mayoría de los comensales admitió que lo primero que hacen al llegar a su casa, a la oficina, al subir a un taxi o al despertarse es chequear su mail ( Gmail ). El resto lee el diario online con una taza en la mano. Hoy me levanto y desayuno en familia. Para aplacar la ansiedad, prendo la radio. Las noticias aparecen entre trompetas y un locutor impostado. Después, un tipo que cuenta chistes medio verdes cuando termina la charla con el invitado.
Me acuerdo: en 1995, prendía la tele mientras me vestía para salir a la calle. El noticiero de la mañana me informaba hasta que llegaba al trabajo y ahí repasaba los diarios en papel, quemando las horas con un café. Por esa época, mi abuela decía "Movicón" y "Menen", y cuando me fui de vacaciones mi novio me mandó faxes al hotel. Todavía los tengo, pero la letra se está volviendo fantasmal.
En el desayuno, converso, me entero de las cosas que les pasan a las personas que viven conmigo en casa. Parecen ansiosos por captar mi atención, esa que ahora está y ahora no está, y contármelo todo. Yo, en parte, tengo la cabeza en saber qué estarán haciendo ahora mis tres mil amigos de Facebook, casi dos mil de Twitter. Preparo licuados y tuesto el pan. Hago cosas concretas con las manos.
¿Cómo sigue el día sin el chupete electrónico de la compu? Salgo a hacer las compras, voy a hacer gimnasia, cocino tartas. Estoy más cerca de Diane Keaton en esa peli en la que se muda a los suburbios y se pone a fabricar dulce de manzana, pero sin la parte empresaria. Como más de lo habitual. Lavar los platos es una terapia. La vida sin internet es una vida más de la harina y el agua, de la masa, de pensar que salga seca y rica y bien, que no se queme. Es una vida del aquí y ahora. Aunque en realidad me muero de ganas de twittear que, además, soy una gran ama de casa y subir una foto de los años 50 que diga: "Oh, I’m sorry; you must be confusing me with the maid we don’t have". O mejor un link a Semiótica de la cocina, de la artista feminista Martha Rosler.
Odio, amor, ansiedad y red social. Nunca tuve que soportar otro tipo de abstinencia. No dejé el cigarrillo, porque nunca fumé; no dejé las pastas porque nunca empecé. Para una mujer, la restricción de alimentos es cosa de todos los días, toda la vida. Y, sin embargo, mentira. Todos sentimos la falta de algo. El cigarrillo te da la taquicardia loca de las anfetaminas, dicen. Y el Twitter (tiura, chuiter), igual. Información compacta con giro de rosca, ingenio publicitario, humor negro-noche, cavado profundo y lo que dijo la Presi, links a canciones raras cantadas por una chica con anorexia y ukelele; y más ingenio en inglés, promoción de eventos culturales, autobombo, chicas ricas que escriben bien, chicos que hacen de su resentimiento un motor.
El Twitter es recargado, se alimenta sin parar y cada vez que se carga te llama a mirar. Es como recibir mails todo el tiempo, te sentís de verdad muy popular. Los tweets se disparan al aire turbio de la red y le llegan a uno como misiles dirigidos. Si estás bien, sentís amor, el calor de esa red de contención, te sentís menos solo, igual de solo que los demás.
Pienso en esto en la mesita de un bar. En éste casi nadie tiene compu aunque hay wi-fi. Hay un olor a fritanga importante, la gente viene a comer y a soltar la lengua de lo que pasó en la oficina. Todos ellos tienen Facebook, estoy segura: la chica con camisa entallada, la de los pibes de oro colgando al cuello, el tipo que no larga el celular. Todos responden a la ley del rebaño cuando hay que balar: si se muere un inocente o un artista, si una ley cae mal. Al muro de los trofeos y los lamentos suben las fotos de las vacaciones, el lugar del paraíso que solamente existe si lo compartís en la red. Una playa virgen, el atardecer, los chicos dormidos bajo la sombrilla, y el Blackberry que le hace clic a la escena para que todo eso cobre su verdadero sentido: ser visto. ¿Un día sin internet es un día perdido o un día ganado?
Zona de confort. Los primeros días, el tiempo me sobra y no sé qué hacer, hay que llenar el vacío como en los feriados. Después, ya me voy acomodando al paso más lento de las horas, a un tiempo antiguo, menos estimulado. Sé que esta semana voy a llegar tarde a las noticias. Me enteré de la muerte del ex presidente, a la mañana temprano, por el Twitter de alguien con nombre de zombi y me pareció que era un chiste, un tipo de humor habitual en la red. Me enteré de que mi hijo tenía novia por Facebook: al lado de su nombre había un corazón y la frase "está en una relación". Antes se decía, creo, que alguien tenía una relación o, directamente, que estaba de novio. Porque en relación estamos todos. Darle identidad a algo es calmar un poco la angustia de una existencia que tiende a nada. Café con leche y tostadas y frases para ser tweeteadas.
En Twitter se puede militar por el aborto, derrocar a un presidente, juntar firmas para una causa justa, juntar plata para el próximo tsunami. Pero también, y sobre todo, más que las grandes, laten las pequeñas causas. En la pantalla se forma esa red de contención que nos ayuda a pasar una noche solitaria, un domingo de sol sin asado. Está eso y la contracara: la de ver en 140 caracteres lo bien que la pasan los demás mientras uno se quema las pestañas con la luz cáustica de la pantalla, en casa y a oscuras. Aunque el efecto "pasto más verde del vecino" es más bien potestad de papá Facebook.
Me acuerdo cuando era chica y mi mamá me contaba lo bien que le había ido al hijo de Helena, que lo habían nombrado jefe de sección y que se casaba el año que viene. Si Twitter es la red de los hermosos perdedores, en Facebook, la Disneylandia familiar y popular, es todo lindo y siempre estamos bien, incluso cuando estamos un poco enojados. En el portal de la belleza social, vivimos para contarlo, para sacarnos la foto y ponerlas a consideración de los enemigos íntimos.
Salgo a comprar frutas y verduras, estoy en el plano simple de las cosas, sin otra dimensión que me complique la vida. Sé que esto es en parte una mentira, porque cuando termine mi semana de veda en internet voy a salir a contarlo. Y, de alguna manera, sigo en la trampa de vivir elaborando el relato de cada situación. En el medio, me cruzo con personas que asumo no usan Twitter ni Facebook ni se mantienen en contacto con sus amigos y conocidos a través de internet. El mozo de un bar nada fashion, el mecánico, la verdulera. ¿Serán más felices? ¿Tendrán menos neura? ¿Vivirán en un mundo zen del presente perpetuo? ¿Mirará la verdulera la achicoria más verde de la verdulera de al lado? Y más preguntas: los usuarios de estas redes ¿conforman un sector social cortado por la plata, por la edad?
Contagiosa paranoia. Tengo que corregir las pruebas de galera de un libro. Es una tarea perfecta para días sin internet. Hace poco volví de vacaciones y corrí a la computadora: la luz del módem estaba paralizada y entré en pánico. Reinicié varias veces y llamé a la empresa para pedir un técnico. Al día siguiente fue reparado. En 1993, mi padre se fue por un trabajo a vivir del otro lado del planeta. La llamada telefónica costaba 14 pesos el minuto, no había Skype. Pienso en todos los migrantes del mundo que se comunican con sus familias a través de internet, algo que hoy se considera un servicio más, como la luz eléctrica, el agua o el gas.
Según datos recientes , cada día se registran en la web más de 100.800 dominios nuevos, se mandan 250 mil millones de mails, se suben 864 mil videos a YouTube. Se realizan mil millones de búsquedas en Google, se escriben 2.160.000 actualizaciones de blogs, se producen 532.800.000 llamadas por Skype y se descargan 18.720.000 aplicaciones en iPhones. Se escriben más de 936.000.000 comentarios en Facebook y 102.600.000 tweets.
Existe una paranoia extendida acerca de la cantidad de datos que manejan quienes controlan las redes. Saben dónde comemos, qué compramos, con quién nos relacionamos. Hace poco compré dos entradas de cine por internet. Tuve que poner mi número de DNI, mi dirección, mi teléfono, número de la tarjeta de crédito, número de seguridad, fecha de vencimiento y demás. Pienso que es una batalla perdida, como la de SOPA y PIPA. O vivís fuera del mundo o estás entregando tus datos todo el tiempo. Además, no soy tan importante. A lo sumo me llegará más spam determinado.
Vamos las bandas. Después de unos días, empiezo a acostumbrarme a estar en el mundo sin la banda ancha. Dicen que la capacidad de adaptación del ser humano es grande. Ya casi no extraño a mis amigos de la red. Es como estar en un panic-room con los servicios mínimos garantizados, unas vacaciones en una cabaña rústica pero equipada, una vacación que a la vuelta espera con una pila de trabajo atrasado. Es como un hikikomori al revés: estar alejado de todo contacto social, estar cerca de las personas de verdad.
De repente me parece medio bobo, o al menos estéril, ese esfuerzo técnico de subir las fotos al Facebook, de estar contando todo lo que uno hace todo el tiempo. Estuve un rato revisando las tomas de las vacaciones en la cámara digital, anotando en un papel el número de ocho cifras que podría mostrar, las que me muestran linda o ágil o intelectual loquita. A mí y al resto de mi familia. Las fotos de la felicidad. De pronto, tomarme el trabajo de cargarlas en mi muro y crear un álbum "Noches azul cobalto", "Sé lo que hiciste el verano pasado", "OMG" me parece igual que subirse al tobogán y antes de tirarse gritar "¡mamá, mirá!".
Y Twitter me hace pensar en la salita de 3, donde todos juegan a la par pero cada uno en la suya. Estoy viviendo la vida. Entré en el zen, vivo el presente. ¿Pero qué es vivir la vida? ¿Existe el glamour si nadie se entera?
Dejar Facebook es como dejar una secta. Y tal vez entrar en otra. El año pasado viajé a La Pampa y conocí la colonia menonita La Nueva Esperanza. Ellos viven sin luz eléctrica, sin autos ni tele. Y, la verdad, me dio un poco de envidia la casita en la pradera, el trabajo manual, la tracción a sangre. La sensación de un estado de bienestar, mucho menos en qué pensar, algo parecido a la idea de paz mental.
A la noche miro la tele o leo. Definitivamente, estos días leí más libros que en mucho tiempo. También estoy más triste. Como cuando te deja un novio o te va mal en el trabajo. Como en ese capítulo de Los Simpson en que Bart se enamora, la novia le saca el corazón y lo tira a la basura. Quién dijo que estar con personas de verdad es mejor, más divertido o interesante que estar con un avatar. Es cierto, no son mis amigos.
Una vez invité a tweeteros a mi fiesta de cumpleaños y no eran tan perfectos como ellos mismos. Hasta el tweetero más inteligente visto de cerca parece una persona. Pero hay algo de cuando estamos juntos, encandilados por la luz de la pantalla, tratando de ser brillantes, tiernos, seductores, hay algo que nos hace pequeños y patéticos, hermanos de soledad, familia. Estamos ahí palpitando el espíritu de nuestro tiempo, y emociona.
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