Sin reglas

Guillermo Jaim Etcheverry
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8 de agosto de 2004  

Los dirigentes de países avanzados están expresando su preocupación por el hecho de que los jóvenes no parecen interesados en desarrollar carreras en ciencia experimental e ingeniería. El secretario de Energía de los Estados Unidos de América ha destacado la grave amenaza que esa tendencia representa para el futuro de su país: "No nos interesa sólo educar a la nueva generación de consumidores para utilizar tecnologías sofisticadas –dijo– sino, fundamentalmente, estimular el desarrollo de una nueva generación de creadores". Mucho se debaten en todo el mundo las causas de ese escaso interés, inesperado en una civilización que se presenta como signada por la ciencia y la tecnología más avanzadas.

Tal vez una explicación se encuentre en la manera en que se encara la formación básica de esos jóvenes. Apropiarse de los conocimientos exige un esfuerzo y una disciplina que, si bien se admite como natural para deportistas de competición o artistas descollantes, no parecería justificarse con similar entusiasmo para el caso de las destrezas intelectuales. Para lograr una formación científica, resulta imprescindible realizar un trabajo riguroso y sostenido. Y es esto lo que hoy está en crisis en el ámbito de la educación. En nuestra desesperada búsqueda de lo fácil, vamos dejando a los jóvenes –y a la sociedad– en total desamparo ante lo complejo, lo difícil. Hace un tiempo, una experta israelí expresaba su preocupación por el bajo rendimiento en matemática de los chicos de su país, cuestión que para Israel adquiere la entidad de un problema de seguridad nacional. Parece lejano el día en que la dirigencia argentina se plantee como una cuestión de supervivencia el que nuestros chicos tengan buen rendimiento en matemática. Sin embargo, deberíamos advertir que lo es.

En lo profundo, esta reticencia ante la ciencia responde también a un determinante cultural: la aversión actual a admitir la sumisión a toda regla. Vivimos en la sociedad de la opinión individual. La matemática y las ciencias, en cambio, responden a reglas, no a opiniones. También lo hace la lengua, aunque hoy en lugar de enseñarla sólo la actuemos, es decir, la hablemos. Cualquier intento de transmitir las reglas que subyacen en la estructura del lenguaje –la ortografía, la sintaxis– es interpretado como un ataque a la libertad de conciencia. Hoy sólo se priorizan la expresión y la creatividad personales, pensando tal vez que ellas se dan por fuera de toda norma.

Se olvida que tanto en la ciencia como en las artes es preciso aprender y respetar las reglas hasta para crear, es decir, para intentar reemplazarlas por otras nuevas.

Este desprecio por las normas que supone el ejercicio intelectual riguroso hace que hoy estemos enseñando la ignorancia. Tiempo atrás, en un informe acerca de los bachilleres uruguayos, se incluía este párrafo esclarecedor: "Los estudiantes no saben que no saben. Esta inconsciencia feliz indica que el sistema no ha sido capaz de dar señales sobre la oposición entre verdadero y falso, cultura e incultura, conocimiento y desconocimiento, etcétera. Esta desinformación va a generar, en una parte de la generación joven, una experiencia de fracaso por la contradicción entre altas expectativas y conocimientos insuficientes. Pero también puede tener repercusiones impensadas en la sociedad por la presencia de una generación joven con demandas incongruentes con sus capacidades reales".

Pocas veces se ha definido en tan pocas palabras el futuro que estamos construyendo hoy, cuando estimulamos la búsqueda de lo fácil y desalentamos el aprendizaje de las reglas que rigen todo conocimiento.

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