
En ese lejano país que alguna vez formó parte de la Unión Soviética se inventó el sistema de llamadas a través de Internet más popular. Una visita guiada por la empresa que achicó el mundo.
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Skype fue fundada hace diez años por Janus Friis y Niklas Zennström, y el desarrollo del software es obra de tres programadores: Ahti Heinla, Priit Kasesalu y Jaan Tallinn, los creadores del Kazaa, algo así como el abuelo de los actuales programas P2P de descarga de archivos. Además de ser una de las marcas más populares de internet –tiene más de 663 millones de usuarios y en 2011 Microsoft desembolsó 8.500 millones de dólares para comprarla–, Skype puso a Estonia en el mapa. La tortilla se dio vuelta: un país durante siglos invadido –por suecos, daneses, polacos, alemanes, rusos del imperio zarista, alemanes del Tercer Reich, y hasta 1991 por los soviéticos– ahora invade el mundo.
El verdadero índice del peso de Skype –que nació como "Sky peer-to-peer", evolucionó luego en "Skyper" y finalmente decantó en Skype– no está, sin embargo, en la cantidad de empleados que tiene –820– o en el número de sedes desparramadas como hongos por el planeta (Tallin y Tartu en Estonia, Palo Alto en Estados Unidos, Estocolmo en Suecia, Londres, Luxemburgo, Praga). Se puede rastrear en un síntoma cultural más cotidiano: hace un tiempo que Skype amenaza con convertirse en verbo. En ciertos países ya lo logró: "te llamo" se dice "te skypeo".
Desde su irrupción en agosto de 2003, lo usan las abuelas para ver y escuchar por primera vez a sus nietos en el rincón opuesto del mundo, los soldados en Irak para hablar con sus novias, miles de hombres y mujeres para tener sexo virtual mañana, tarde y noche. Muerto y enterrado el Messenger, Skype se coronó como el rey de las videoconferencias.
Todo (los llantos de alegría, las risas cargadas de lágrimas, los rostros y los cuerpos pixelados, la muerte de las llamadas de larga distancia), todo nació acá, en un ex centro de investigación en cibernética perdido en un diminuto país europeo de un poco más de un millón de habitantes y con vista al mar Báltico, hace unas décadas considerado el "parque científico" de la Unión Soviética.
– Está prohibido fotografiar los pizarrones o las pantallas de las computadoras –nos dice, en un tono seco, a un grupo de visitantes una rubia de 1,80, sandalias y ceño fruncido sin despegar los ojos de su celular Nokia.

Como si fuéramos espías contratados por Facebook o Google. Y entramos. Una vez que se atraviesa la recepción –de paredes tapizadas con grandes pantallas celeste Skype con la palabra "Hello", escrita con la tipografía Skype, llamada Chaletbook –, se deja atrás la austeridad soviética del exterior y se ingresa en lo que los diseñadores de interiores bien podrían llamar "estilo Google". O sea, un estado –una filosofía, un modo de estar– de flexibilización laboral extrema en el que la idea de trabajar se diluye en el juego y en la incentivación de la creatividad. La vieja imagen de fábrica colapsó ante un modo de producción descontracturado.
Justo encima de veinte pares de zapatos de los que acá trabajan –una costumbre, la de descalzarse, tan común en este rincón del mundo–, un cartel pegado en una pared del primer piso avisa en clave cómica: "No alimente a los empleados". En realidad, los cuatrocientos ingenieros informáticos, programadores, especialistas en audio y video (rubios y rubias en su mayoría) no necesitan ser alimentados por los visitantes. En el piso de abajo, hay un bufet gratuito y las heladeras en cada rincón están cargadas de latitas de Red Bull.
Deambular por los pasillos de Skype es como caminar por el living de un treintañero (millonario y obsesivo por la limpieza y el orden). Girás a la derecha y hay una mesa de pool y un televisor gigante para jugar a la PlayStation. Avanzás un poco más y hay un sauna. Das una vuelta en la dirección equivocada y te encontrás con un perro durmiendo a los pies de un programador con auriculares. Eso sí: en estas oficinas no hay teléfonos fijos.
– No los necesitamos. Usamos Skype, obvio –dice un investigador de audio y video de los Skype Labs, Renat Vafin, un hombre parecido a Bill Gates pero de cuarenta años y en ojotas: un hippie geek.
– Cuando hablás vía Skype con otra persona –continúa Vafin–, la información se divide en paquetes que viajan por internet. Pero a veces algunos se pierden en el camino, y la imagen se pixela y el audio se distorsiona. Nuestro objetivo es mejorar la calidad de las videoconferencias. Y solo lo podemos hacer si nos ayudan los usuarios. Necesitamos que al final de cada videoconferencia la ranqueen: si fue mala, buena o excelente. El problema es que nadie se toma el tiempo para clasificarla.
No es famoso. Pero debería serlo. A un ingeniero y "videoarquitecto" sueco llamado Andrei Jefremov le debemos que en Skype podamos vernos. Fue él quien introdujo el video en esta pequeña y disruptiva pieza de software. De hecho, Jefremov fue el primero en "videochatear" en la historia de Skype.
– Conversar, vernos y escucharnos son experiencias fundamentales en nuestras vidas –cuenta Tiit Paananen, el gerente general de Skype, de look vikingo (1,90, pelo largo rubio y rostro invadido por las pecas), aficionado al bungee jumping y a los aviones–. Nuestra misión en Skype es hacer que eso ocurra, no importa en qué lugar del mundo estés.
Las llamadas internacionales vía Skype suponen ya un tercio del tráfico mundial de este tipo de comunicaciones. En un día, sus usuarios hablan mediante este software, sumadas todas las conversaciones, unos 2.000 millones de minutos, lo que equivale a 38 siglos, a ir y volver a la Luna 225.000 veces, a mirar 16 millones de películas. Para analizar los flujos de comunicación entre países y regiones, los ingenieros de la empresa hablan de "calling corridors" (corredores de llamadas), que se iluminan increíblemente –aumentan las videoconferencias– luego de grandes catástrofes, como los terremotos de Haití y de Chile, ambos en 2010.
Hablar en estos pasillos alfombrados y silenciosos sobre sexo virtual –uno de los usos menos blanqueados que se le da a Skype– produce exactamente la misma reacción en Vafin y Paananen que mencionar la National Security Agency de los Estados Unidos. Ambos se sonrojan y contorsionan sus cuerpos en señal de incomodidad.
– Yo no tengo idea de lo que sucede –responde el gerente-vikingo sobre los rumores que dicen que Microsoft le permitiría a la NSA interceptar comunicaciones de Skype. Y rápido como Usain Bolt se despide.





