Sobre las contradicciones de subirse a un camello en el norte de Brasil
Una cronista comparte las reflexiones que surgieron cuando hizo esta excursión típica del complejo de dunas Genipabu
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NATAL, BRASIL.- Estoy sentada arriba de este camello y de pronto me asalta un pensamiento. ¿Por qué subí? Mientras esperamos que todos los turistas se monten al suyo, no puedo dejar de mirar ese ojo blanco que tiene el animal sobre el que vamos un niño de 9 años y yo. Está ciego del lado izquierdo. Le molesta el bozal y no para de escupir. ¿Qué hacemos acá? Me viene a la mente una conversación por teléfono que tuve unos días atrás con mi hija. Cuando le conté que iba a ir a Genipabu, un complejo de dunas en el nordeste de Brasil, y mencioné que el recorrido incluía un paseo en camello, me rogó que me subiera y le mandara una foto. Lo que en realidad quería, imagino, era subirse ella misma a uno. La cercanía de la llegada de los Reyes debe de haber tenido que ver. Pero ahora que yo estoy arriba de este animal medio ciego, el pensamiento que me asalta es que esto no está bueno. O que, al menos, en unos años, este tipo de paseos tal vez ya no estén permitidos. "¿Cuándo en la vida te vas a subir a un camello?", es el argumento con el que intentaba convencer a su novia un argentino, unos minutos atrás. "Esto es lo más cerca que vamos a estar de uno, hasta que vayamos a Dubai. Acordate de que el zoológico no existe más", le dice. Y al final los dos, igual que yo, se montan al camello.
Entonces tomo conciencia de que nuestra generación navega entre dos paradigmas con respecto a la relación de los humanos con los animales. De a poco, vamos dejando atrás una historia de dominación y domesticación que nos colocaba en el summum de la evolución de las especies. Aunque para nosotros visitar un zoológico y hasta un santuario de animales pueda significar una experiencia de contacto con la naturaleza, lo cierto es que en muchos casos encierra una historia de maltratos y exposición innecesaria que hasta hace algunos años nos resultaba invisible.
Es probable que si mi hija, que hoy tiene siete años, tarda unos veinte años en llegar hasta Genipabu, este tipo de recorridos no exista más. Lo mismo les ocurrirá a la mayoría de los zoológicos en todo el mundo. También irán desapareciendo los oceanarios y estarán prohibidas las carreras, las corridas y las riñas que involucren animales en la diversión de los humanos. Aunque la evolución misma de la conciencia no deja de ser una paradoja.
Debo confesar que cuando me enteré de que cerraba el zoológico de Buenos Aires sentí que una parte de mi infancia moría con él. Al menos un paradigma, ese mismo en el que se basó Domingo Faustino Sarmiento para instalar en plena ciudad un recinto con especies venidas de los lugares más lejanos del planeta. Eso nos ponía a tono, en aquellos años, con las principales capitales del mundo. Por esa misma razón, para estar en línea con lo que hacen las grandes ciudades es que hoy reflexionamos sobre la inutilidad de tener jirafas, osos polares, leones y tigres viviendo en el hostil clima de Buenos Aires. Para ellos se diseñó un plan de reinserción social en distintos ámbitos, en entornos similares a los que habitaban cuando fueron capturados, ellos, sus padres o, hasta en algunos casos, sus abuelos.
A veces pienso que nosotros somos como esos leones que pasaron toda su vida en un recinto de un zoológico. No les será sencillo adaptarse al nuevo entorno. Muchos morirán en el intento. La supervivencia del más fuerte allí es ley. Pero a nosotros, los que crecimos yendo al zoológico, o que nos sacamos alguna foto junto a un delfín en un oceanario, nos llevará más tiempo adaptarnos al nuevo paradigma.
Los camellos comienzan a moverse. Están atados unos a otros para llevarnos a pasear por un recorrido ondulante en el que las selfies son protagonistas. Debo decir que el paseo no se parece mucho a las fotos que uno saca cuando lo hace. La postal será la de un desierto. Cualquiera podrá creer que estamos en Marruecos, Dubai, Abu Dhabi o Jerusalén. Pero la experiencia real es distinta. No estamos solos en mitad de una infinidad de dunas inexploradas. Un ejército de personas con celulares y cámaras nos sigue a cada paso para retratar el momento. La distancia que se recorre es corta. Avanzamos unos pasos más y la caravana se detiene otra vez. Fotos, fotos y más fotos.
Cuando nos hablaron por primera vez de este recorrido, en una agencia de turismo, el responsable de ventas usó un argumento cholulo: "Aquí es donde se filmó la novela El clon, que fue un éxito en 2001". Muchas de las escenas de la novela fueron rodadas en esta reserva de dunas vivas simulando que se trataba de un desierto de Arabia. También allí se rodó una de las escenas de amor entre Jade y Lucas, los personajes que encarnaban Giovanna Antonelli y Murilo Benicio. Por esa razón, en la tienda de campaña en la que se contrata el paseo en camello se ofrece a los visitantes que se vistan con trajes árabes para vivir la experiencia vestidos de odaliscas o jeques. En la carpa, en distintos lugares se exhiben carteles que informan que la Asociación Protectora de Animales local certificó que los camellos no sufren maltrato. Uno de los guías explica que cuentan con dieciséis dromedarios, que son los camellos de una sola joroba. Varios de ellos fueron traídos desde África por un alemán, aunque once de esos animales nacieron en Natal.
"Los camellos sufren también de los problemas de salud y bienestar que implica el cautiverio y la imposibilidad de desarrollar sus comportamientos naturales. Es frecuente que sufran enfermedades en las patas y artritis. Son animales que están preparados para recorrer largas distancias y la limitación de sus movimientos los afecta negativamente", escribió Arlene Bayliss, periodista mexicana especializada en viajes, en un artículo sobre cómo ejercer un turismo responsable con los animales. En ese artículo, desaconseja este tipo de paseos.
La vuelta completa dura unos 15 minutos, incluidas las paradas para sacar fotos. Por momentos, siento que tengo cinco años y estoy a bordo de un pony lleno de adornos, de esos que solía haber en las plazas, donde lo más importante era la foto que el paseador te sacaba y les vendía a tus padres. Aquí, arriba del camello, se recorren unos 500 metros en total. Hacia el Oeste, las dunas hacen pensar en el Medio Oriente. Hacia el Este, el mar turquesa que se asoma remeda el Caribe.
Se terminó. Bajo del camello con sensación de culpa. Me acordé de que no había sacado ninguna foto. Después, cuando reviso mi celular, encuentro que sí había sacado una: intenté retratar el ojo blanco del camello, pero se movió y no lo conseguí. Me pasó lo mismo (eso de no haber sacado una foto que inmortalizara el momento) un día después, cuando fuimos a Golfinho, en Pipa, una playa agreste que sólo existe durante un par de horas al día, culpa de las mareas. Se llama así porque en portugués golfinho significa "delfín". Ésta es la playa donde hay un santuario de delfines, que se acercan a la costa y que pueden llegar a hacer sus piruetas a tres o cuatro metros de distancia de donde uno está nadando. "¡Qué diferencia!", pensé. No era un lugar armado para la foto ni una experiencia artificial en una pileta, donde los animales son forzados a entrar en contacto con los seres humanos, a fuerza de domesticar su instinto. Ése debería ser el nuevo paradigma que paute nuestra relación con los animales. Que sean ellos los que determinen cuán cerca o cuán lejos nos quieran tener a los humanos.









