Sobre mi romance con los emoji

Hernán Iglesias Illa
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20 de junio de 2015  

Estoy viviendo un romance con un emoji. Es el emoji de la cara sonriente con anteojos negros, que me parece extraordinariamente gracioso y llevo un mes o dos usándolo en mis mensajes privados y en algunos públicos: digo algo que me parece moderadamente gracioso o levemente fanfarrón y adjunto, al final, como si dijera "no me tomes tan en serio, sólo soy un tipo tranquilo haciendo lo mejor que puede", el emoji con los anteojos negros.

Se ha convertido en mi retrato favorito de mí mismo: me gusta menos lo que veo en el espejo cada mañana que lo que dice de mí el emoji con esos anteojos negros. Ah, si tan sólo pudiera ser así, pienso a veces, un despreocupado emoji playero y sonriente, las 24 horas.

Tomás Balmaceda publicó en estos días una versión de Cuentos de la selva, de Horacio Quiroga, escrita a medias con emoji. El efecto es curioso y divertido. En "La abeja haragana", por ejemplo, el título está formado por "la", "haragana" y, en el medio, el emoji de la abeja.

En el texto, para decir "abejas", Balmaceda pone tres emoji juntos, para que quede claro el plural. (Estoy de acuerdo con el autor en que dos abejas no habrían sido suficientes para dar sensación de plural.) Aun así, los Cuentos de la selva siguen siendo cuentos para niños y la intervención de Balmaceda no los cambia profundamente, porque sus emoji reemplazan palabras por símbolos que representan esas mismas palabras.

Por otro lado, me interesan más los emoji que no tienen un significado claro y que modifican lo que tienen a su alrededor. Todos hemos tenido problemas en estas décadas con el correo electrónico, un medio brusco y poco flexible, campo minado para la ironía y el doble sentido. Los emoji, esa suerte de versión HD de los emoticones, vienen a suavizar todo esto y a darle emotividad a un lenguaje escrito que, hasta ahora, era pura función.

Aprendiendo a usarlos, jugando con ellos, aprendemos también a modificar nuestro lenguaje y nuestras relaciones. Es decir, nuestra cultura. En Twitter y en WhatsApp veo todos los días gente usando emoji para expresar alegría -ristra de corazones, aplausos al hilo-, pero también para hacer humor, burlarse de sí misma, usar los emoji como máscaras para interpretar papeles en público.

Como con toda máscara, algún día nos acostumbraremos tanto a ella que no sabremos dónde terminamos nosotros y dónde empieza la actuación.

Una advertencia incumplida

En el último capítulo de El tiempo es un canalla, una muy elogiada novela de Jennifer Egan, publicada originalmente en el año 2010, unos adolescentes se mandan mensajitos sin parar. Para no perder tiempo, abrevian palabras, se saltean letras. La autora les inventa una jerga amputada y tosca, que sirve como metáfora del futuro decadente que le espera a esta humanidad sometida por la tecnología. La advertencia de Egan, sin embargo, no se cumplió: aparecieron los teléfonos con teclados enteros y los usuarios de teléfonos volvimos, contra todo pronóstico, después de una década de abreviaturas, a escribir palabras enteras.

Me encantaría cerrar este párrafo, si pudiera, con mi nuevo yo: cara redonda, piel amarilla, sonrisa canchera, anteojos negros.

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