
Soledad Silveyra: los zapatos en la tierra
Acaba de terminar la conducción de Gran hermano 3 y ocupa su tiempo libre en la filmación de un video sobre las fábricas recuperadas. Con 38 años como actriz, Solita es una trabajadora incansableTexto: Susana Reinoso - Fotos: Daniel Caldirola
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Es Juan, su asistente de maneras afables, el que abre la puerta de la silenciosa casona colonial en pleno corazón de San Telmo, una tarde sofocante de verano, para franquear el paso a la Revista. Mientras se aleja con paso rápido, le cabe a Sylvia, una cocker sociable y mimosa, asumir el papel de anfitriona inicial. La perra lleva el nombre de una obra de teatro olvidable que su dueña, la actriz Soledad Silveyra, protagonizó en el Complejo La Plaza.
En la sala de entrada predomina cierto aire latinoamericano y telúrico. Hay fotos de Solita Silveyra. Siempre con rostro adolescente y rodeada de gente. Y pétalos de rosas rojas secas. Velas, piedras, máscaras, dos estatuillas Martín Fierro y una pintura que muestra a Borges.
Un rato después, la conductora de Gran Hermano 3 (Telefé) y actual coprotagonista de la obra Made in Lanús (en la cartelera marplatense) baja las escaleras enfundada en un vestido sugerente que pone de relieve su extrema delgadez.
Hace una semana terminó su contrato con Telefé, al frente de Gran Hermano 3. Y en Mar del Plata también se despedirá en breve del escenario de Made in Lanús, que en abril vendrá a Buenos Aires.
Solita mantiene intacto el oficio y la simpatía que le ha ganado el corazón del público desde hace casi 40 años (debutó artísticamente a los 12).
Fuera del tiempo laboral, cuyo futuro le preocupa, la actriz trabaja en un documental: registra las fábricas recuperadas, con guión de Saula Benavente. Aspira a que el video se convierta en una obra colectiva para exhibir en festivales.
“Ahora que no tengo novio joven, la típica pregunta machista es qué me mantiene joven. Es el contacto con lo social, con la gente, más allá de cualquier bandera política”, dice, con sus típicos ojos achinados, la eternamente joven Silveyra, de 51 años, mientras la jefa de prensa de Telefé, María Laura Anselmi, atiende solícita el pedido de agua y té de la actriz.
Subir la cuesta
–¿El balance del año 2002 le dejó saldo positivo o negativo?
–Tuve trabajo en un año muy difícil para mucha gente. Pero también parte del pueblo empezó a entender que hacen falta la organización y la participación para salir adelante. Nació el país del yo me meto.
–¿Cómo repercutió la devaluación en su cachet como conductora de Gran Hermano 3?
–Yo gano la mitad de lo que ganaba el año último. Y en dólares, menos de la mitad.
–Con 38 años de carrera, ¿2002 fue el peor año de la TV argentina?
–No digo que haya sido el peor año de la televisión, pero va en un deterioro permanente. Creo que el año último hizo eclosión. El lenguaje estuvo más bastardeado que nunca. En una sociedad tan castigada, los medios de comunicación y los conductores tenemos una gran responsabilidad social. Una nación se construye a través de la educación.
–¿Qué diferencia a la TV que se hacía en Rolando Rivas, taxista y ésta, de Gran Hermano?
–Se ha avanzado mucho. En el contenido, Rolando... tenía una enorme identidad. Ahora está volviendo una estética del barrio, de la pobreza, de la identidad nacional. En Campeones, esa estética empezaba.
–¿Qué le dejó Rolando Rivas?
–La irreversible e impresionante memoria y el afecto de la gente. Pasaron 30 años; si hoy me subo a un taxi y digo: Lavalle y Pasteur, el taxista se da vuelta y, si tiene mi edad, me dice: “¡Mi novia!” Si tiene 25 años, dice: “¡Huyyy, la novia de mi viejo!” También es uno de los mayores actos de contrición de mi vida con Alberto Migré. En 1972 yo tenía 20 años y quería ser una actriz intelectual. Y Rolando... me parecía un cacherío. Le hacía la vida imposible a Migré. Para peor, yo venía de San Isidro.
–¿Qué le dejaron las tres temporadas de Gran Hermano?
–El saldo de haber peleado una batalla, después de sentirme cuestionada y maltratada. Defendí mi trabajo a muerte. Siento que me hice más fuerte y que se me abre el campo de la conducción. Tengo la necesidad de seguir en esto. Si hoy me ofrecen un proyecto de ficción y otro de conducción, elijo éste si está más cerca de lo que quiero.
–¿Cuál de todas las versiones de Gran Hermano le gustó más?
–Esta tercera casa. La primera tuvo personajes maravillosos, como Gastón Trezeguet. Pero ésta me conmovió por las historias. Apuntó más a reflejar una situación del país. Las conversaciones de los chicos tenían que ver con la preocupación por el futuro.
–¿Creció el cariño de la audiencia?
–Sí. A Gran Hermano le debo el hecho de llegar al interior y que haya 25 chiquilinas esperándome en la puerta del hotel en Mar del Plata. Y el amor a la salida del teatro. Es como si se hubieran dado cuenta de que no era un programa tan nocivo.
–¿Por qué tomó la decisión de saltar de la actuación a la conducción?
–Primero, porque quería hacer algo diferente. La actriz seguirá siempre en el teatro y en la ficción. Yo mantengo mi grado de compromiso. Pero en este momento del país, quiero hacer un programa de contenido social para la mujer.
–¿Ya tiene pantalla?
–Me propusieron trabajar con Sandra Russo. Queremos que sea en TV abierta. Vamos a ver si Telefé me da bolilla. Quiero llegar a todo el público, pero principalmente que la adolescencia sea muy protagónica.
–¿Trabajaría hoy en Canal 9?
(Piensa detenidamente la respuesta.) –Si uno está haciendo un producto, puede decir lo que quiere y mantiene su independencia, sí. Este es un momento para ocupar espacios con el discurso de la honradez, la solidaridad, la justicia. Pero quiero tener el derecho de hablar desde el lugar que la Argentina perdió. Si no le puedo preguntar a Menem qué pasó con los US$ 55 millones de las privatizaciones, entonces no acepto.
–¿Se siente más segura en la conducción?
–Soy una conductora guionada. Estoy sujeta a la producción. No puedo improvisar porque meto la pata. Eso me dio precisión. Me siento capacitada para manejar el programa, mirar a la cámara y comunicar mirando a la lente, cuando siempre lo hice con un personaje.
–Usted es carismática y glamorosa, ¿se siente sucesora de Susana Giménez?
–No, con Susana tenemos dos estilos diferentes y ése no es mi proyecto de conducción. En Gran Hermano puede que sólo aparecieran el glamour y la comunicación, pero yo pretendo meter los pies en el barro, ir a los lugares y mostrar lo que pasa. Tiro más hacia el modelo de Juan Castro, sin lo erótico. Si elijo un referente, es María Laura Santillán más que Susana.
–¿Cómo siente el regreso de Susana Giménez a Telefé?
(Sonríe con picardía.) –Siento que es reina y señora. Como madame Mirtha Legrand. Son estrellas.Y yo, como decía Simone Signoret, y con el mayor respeto, prefiero tener los pies en la tierra. A mí el papel de estrella no me va. Prefiero ser la laburante.
–¿Cómo sobrelleva la presión del rating?
–No me siento presionada, sobre todo este año. Tengo contrato por tres meses, de modo que no vivo obsesionada. Siempre trato de ponerme un objetivo.
–De la nueva generación de actrices, ¿quiénes le gustan?
–Leticia Brédice me parece una excelente actriz. También Carolina Fal, Dolores Fonzi y Belén Blanco. Y esta piba nueva, Celeste Cid, me encanta.
–Como otras famosas, ¿usted también vive pendiente del fotoshop cuidando del cuerpo?
–Si Carola del Bianco está en el fotoshop, ¡mirá si yo no voy a estar! Cuidarse está bien, pero sale carísimo. Yo vivo de mi cuerpo. Es una herramienta de trabajo.
–¿Cómo se lleva con la edad?
–No la oculto, porque no tengo demasiado conflicto con eso. Quiero envejecer con dignidad. Si uno tiene referentes como China Zorrilla, no hay esa presión de ser eternamente joven.
–¿Qué le dejó su experiencia política con Elisa Carrió?
–Le puse el cuerpo, laburé como una bestia. Viajé por todas partes. Fue una experiencia rica, me costó mucho. Lamento que las cosas no se dieron como para seguir. No se armaron los cuadros técnicos rápidamente. Yo respeto mucho a Carrió, en cuyo contrato moral creo. Pero me dolió mucho lo de Luis Zamora y Alfredo Bravo.
–¿Cuáles son sus asignaturas pendientes?
–Tener un nieto. Pensé que iba a ser la abuela más joven del ambiente. Después, trabajar en el San Martín. Quiero hacer una obra con 30 actores en escena y ser una actriz federal, e ir a poner el cuerpo en el interior. Tengo un proyecto que tiene al zapato como recurso dramático, y estoy buscando quién me la escriba. Quiero contar 50 años de historia a través de todos los zapatos de mi vida, comenzando por los de mi abuelo.






